La OIV prevé un 10% menos de vino en el mundo

De las múltiples estimaciones de cosecha que se publican, la de la Organización Internacional de la Viña y el Vino (OIV) era la que faltaba para poder completar este puzle que debe conducirnos a la composición del lienzo sobre el que cada bodega y organización dibujar su estrategia para esta campaña y definir los pasos a seguir en aspectos que van desde la propia segmentación de volúmenes por categorías y precios, hasta aquellas decisiones propias de nuevos productos o modificación de los existentes.

Sabíamos que la campaña 2019 no iba a ser muy grande, como así lo confirman los 263 millones de hectolitros estimados por la OIV. Pero faltaba saber hasta dónde podía llegar ese descenso y si las mayores existencias de las que disponía el sector para enlazar la campaña compensarían esta pérdida.

Conociendo que la cosecha a nivel mundial es un diez por ciento inferior a la del pasado año, podríamos asegurar, sin mucho riesgo a equivocarnos, que las declaraciones de existencias en la UE se acercarán lo suficiente a la pérdida de cosecha como para poder afirmar que las disponibilidades serán muy similares a las de la campaña anterior.

Además, las previsiones de la OIV también constatan otro dato que veníamos adelantando hace semanas: España será, de entre los principales productores, el que más cosecha pierda respecto a la abultada vendimia de 2018. En concreto, y según el informe de estimación del organismo internacional, con un retroceso del 24%, frente a las mermas del 15% que deberían experimentar en sus producciones de vino italianos y franceses, a la sazón primeros y segundos productores mundiales en 2019, respectivamente.

Otra cosa es lo que pueda suceder con los precios y las transacciones internacionales. Cotizaciones que, tras el primer tirón del inicio de la vendimia, han experimentado un frenazo bastante importante, con precios que mantienen sus valores, pero cuya nominalidad les resta la robustez suficiente para asegurar que seguirán así cuando los operadores decidan retornar al mercado recuperando una actividad comercial, que en estos momentos podríamos definir como de “extrañamente” paralizada.

Es posible que a la incertidumbre propia de los primeros momentos de la campaña se unan aquellos aspectos derivados de asuntos políticos, como pudieran ser el Brexit o la guerra comercial emprendida por Estados Unidos y que ya nos ha afectado de lleno con el incremento arancelario a nuestros vinos. Pero el caso es que la actividad de operadores internacionales en nuestro mercado, tan importante para nuestro sector, está siendo más escasa de lo que una cosecha tan corta como esta hacía presagiar.

Tampoco es que ayude mucho el hecho de que los grandes operadores del mercado interior estén presionando fuertemente a la baja en la aceptación de ofertas para sus lineales, obligando a los productores a aceptar descuentos, ya sea en nominales o promociones, que están tirando hacia abajo de sus exiguas rentabilidades.

Al contrario que la medida puesta en marcha por el FEGA que, enmarcada dentro de la “Hoja de Ruta” de medidas para la estabilidad y la calidad del sector del vino, aprobada por el Ministerio, se encuadra en el nuevo Plan Nacional dentro de la medida de destilación de subproductos y con la que se pretende evitar que el alcohol contenido en los subproductos pueda ser vinificado para su consumo. La medida, consistente en intensificar y reforzar los controles sobre el terreno en las destilerías autorizadas, pretende detectar posibles fraudes y constatar que realmente se entregan a las destilerías los subproductos para su destilación y que estos no son utilizados para producir vino. Verificar que los subproductos entregados tienen el mínimo de alcohol exigido: 2,8% en el caso de los orujos y 4% en el de las lías.

España ajusta cuentas

Apenas hace una semana desde la publicación de nuestro Extraordinario dedicado a las vendimias, cuando las Cooperativas Agro-alimentarias de España avanzan una nueva estimación de cosecha para nuestro de 36.647.300 hectolitros, ligeramente por debajo de los 37.080.964 que estimábamos nosotros como rango inferior de la horquilla en la que situamos la cosecha española de 2019.

Diferencia que, en ninguno de los casos, ni tan siquiera considerando el rango superior de los 38,59 Mhl, debiera suponer ningún cambio de estimaciones que modifiquen en lo más mínimo la evolución de los mercados, tanto en operaciones, como en la posible evolución de sus cotizaciones.

Mientras que Europa, a través de Dirección General Agri, revisa a la baja su primera estimación y cifra ya la cosecha 2019/20 en 160,9 millones de hectolitros para el conjunto de sus Estados Miembros. Destacando entre los principales productores como país que más cosecha pierde: España con un 23%, mientras que Italia lo hace un 15%, Francia un 13%, Alemania 12% y Portugal aumenta un 10%. Vendimia muy alejada de los 189,13 de la anterior (2018) y muy cercana a los 168,36 Mhl que es la media de las últimas cinco campañas.

Más preocupante, sin duda, por lo que de pérdida de patrimonio vitícola representa y los motivos que de falta de rentabilidad económica o ausencia de relevo generacional pudiera representar, es la merma que nuestro potencial vitícola ha experimentado al final de la campaña 2018/19. Momento en el que contábamos con 995.622 hectáreas de potencial vitícola frente los 996.728 con los que la iniciamos; o las 950.077 hectáreas plantadas, cinco mil trescientas menos. Pero es que no acaba aquí la cosa. Es que los derechos de plantación también pasaban de 14.619 a 10.531 ha, un 27,96% inferiores.

Una mala noticia, sin duda. Pues si bien seguimos teniendo el privilegio de ser el país con mayor superficie de vitis vinífera del mundo, la reducción de potencial, superficie plantada y derechos de plantación, ponen en evidencia algunas de las debilidades de un sector que podríamos llegar a calificar de endémicas y muy preocupantes para nuestro patrimonio medioambiental y población rural.

El viñedo ecológico, una apuesta del sector

Altas temperaturas, un elevado número de horas de sol, escasa pluviometría y terrenos con una fertilidad media o baja; son unas condiciones que no podrían definirse como de muy esperanzadoras, pero son con las que contamos en España y a las que nuestros viticultores han tenido que ir adaptándose para encontrar la forma de producir y hacerlo con la máxima eficiencia y calidad. En el lado positivo de todo esto está la gran capacidad para producir de manera natural, sin el empleo de fertilizantes, fitosanitarios o sulfuroso en dosis más allá de pequeñas cantidades que se encuentren dentro de los márgenes establecidos para la certificación ecológica.

No en vano, las 113.420 hectáreas de viñedo ecológico con la que contábamos en 2018 en España nos sitúan como el primer país del mundo en cultivo ecológico vitivinícola, y creciendo.

Lo que, sin ningún género de dudas y al margen de las ideas que cada uno tenga y la sensibilidad y compromiso que muestre hacia este tema; representa un hecho diferenciador de gran importancia y con una gran proyección de consumo en las próximas décadas.

Los jóvenes consumen poco vino, se muestran reacios a hacerlo de una forma continuada y los valores que encuentran en él están bastante alejados de sus cualidades intrínsecas y mucho más cercanas a las sociales. Pero su preocupación por el medio ambiente, su concienciación por el respeto al ecosistema, su compromiso con la naturaleza, hasta sus propias necesidades fisiológicas de buscar productos que no pongan en riesgo sus, cada vez más frecuentes, sensibilidades y alergias alimenticias; hacen de los productos ecológicos un gran filón con el que acercarnos a ellos y ofrecerles productos ajustados a sus inquietudes y compromisos personales.

Castilla-La Mancha vuelve a ser en superficie inscrita la que cuenta con mayor número de hectáreas, 59.251,36. Pero es Castilla y León, con un aumento del 19,7% con respecto al año anterior la que proporcionalmente más crece. Siendo Extremadura (-13,5%), Galicia (-7%) y Murcia (-0,6%) las tres únicas autonomías que pierden superficie de viñedo ecológico con respecto a 2017.

Buena prueba de que el producto ecológico vende y encuentra un nicho de mercado al que resulta más sencillo llegar es, también, el incremento en el número de bodegas y embotelladoras de vinos y cavas bajo control, que ha aumentado en 94 hasta alcanzar las 1.033, superando la barrera mítica de las mil, con especial mención a Cataluña que concentra algo más de un tercio de todas las nuevas industrias bajo control.

Lástima que todo no sean tan buenas noticias pues si bien el primer ministro del Reino Unido, Boris Johnson, se ha visto obligado a solicitar una nueva prórroga a la Unión Europea en la que poder llegar a un acuerdo para formalizar el Brexit, alejándose de esta manera la amenaza de una salida no negociada y caótica; su intención sigue siendo la de abandonar la UE lo antes posible, sin más vuelta atrás que la presión a la que tengan la capacidad de someterle la oposición a su Gobierno, sin descartar del todo la celebración de un segundo referéndum.

Pero, la que sin duda es la peor noticia de todas, es la entrada en vigor de los nuevos aranceles al vino tranquilo envasado con la que amenazaba la semana pasada la Administración Trump. De todos los países afectados será Francia la que con un comercio de 1.200 millones de euros en esta categoría sea la más afectada, estimándose, por parte de la patronal de empresas exportadoras de vinos y espumosos (FEVS), un descenso pronunciado en aquellas botellas con precio por debajo de los 15 dólares. Lo que, por otro lado, es una excelente oportunidad para aquellos países que no se vean afectados por la subida, caso de Italia, pero también por aquellos otros que, aun viéndose implicados, sus precios estén por debajo de los vinos galos. Como es el caso de España, que, si sabe gestionarlo convenientemente, puede convertir la amenaza en una gran oportunidad.

Días decisivos para la economía

Muy posiblemente, dentro de cuatro días, cuando finaliza el plazo para la entrada en vigor de los nuevos aranceles a los vinos españoles en Estados Unidos, o la posibilidad de que el Reino Unido opte por un Brexit duro; podamos concretar algo más sobre en qué quedan estos dos asuntos tan importantes para la economía europea. Pero, lamentablemente, hoy solo podemos decir que la Comisaria de Comercio Cecilia Malmström sigue trabajando por, al menos, aplazar la entrada en vigor de los aranceles de Trump, prevista para el día 18, y el ministro español, Luis Planas, presionando para que haya compensaciones a los sectores afectados.

Mientras tanto, y ante el escaso avance en las negociaciones, desde el Ministerio de Agricultura se recomienda estar preparados para las medidas de apoyo, corrección, promoción y mercados que puedan implantarse. Así como insuflar ánimos a un sector soliviantado al haber sido tomado como rehén de un conflicto comercial que poco, o nada, tiene que ver con sus productos y por el trabajo realizado durante años por abrirse un hueco en el principal país consumidor de vino del mundo.

Pero de lo que no se habla apenas en este asunto es de la situación de fortalecimiento en la que quedaría otro de los grandes productores de vino comunitario, Italia, al que no le afectarían las medidas anunciadas por la Administración Trump y que pasaría, de cumplirse las amenazas, a poder colocar en el gigante norteamericano sus vinos un veinticinco por ciento más baratos que los españoles o franceses.

En cuanto al tema del Brexit, casi mejor no opinar sobre lo que pueda acabar sucediendo cuando finalice el plazo que tiene el premier Boris Johnson, el día 17, para llegar a un acuerdo que ratifique el Parlamento británico. De momento, todo parece indicar que se va avanzando y que será posible contar con un texto legal que pueda ser ratificado por los Jefes de Estado y de Gobierno en su cumbre de este jueves y viernes, pero el tema es tan delicado y existen tantas sensibilidades que cualquier pequeño detalle podría hacer saltar por los aires la posibilidad de evitar el Brexit duro.

Y, por si todo esto no fuera suficiente, el Fondo Monetario Internacional anuncia un crecimiento del 3% de la economía mundial para el 2019, el más bajo desde la Gran Recesión, con la guerra comercial y el aumento de las barreras comerciales como uno de los principales motivos que explicarían esta desaceleración sincronizada.

Días decisivos e importantes para nuestro futuro más inmediato a los que nos enfrentamos.

Unos días de gran transcendencia

¿Recuerdan lo que pasó hace unos años con China y las placas fotovoltaicas alemanas, conflicto comercial por el que algunas bodegas españolas se vieron obligadas a facilitar su “know how” a las bodegas chinas, además de grandes costes en despachos de abogados y seminarios a los dirigentes de las bodegas chinas? Pues, para aquellos con tan poca memoria que ya lo hayan olvidado, les diré que fue un duro y traicionero golpe al comercio vitivinícola español.

Ahora es EE.UU., el otro gran contendiente de esta guerra comercial, que han emprendido las dos mayores potencias mundiales, el que amenaza con subidas del veinticinco por ciento de los aranceles a productos agroalimentarios españoles, afectando de manera muy especial al vino. Y todo porque el Sr. Trump ha decidido declararle la guerra a Europa, la que otrora fuera su gran aliada comercial y militar. Una Vieja Europa que otorgó ayudas a la compañía aeronáutica Airbus en algunos países de la Unión Europea (Francia, España, Alemania y Reino Unido) en contra del otro gran fabricante mundial, la norteamericana Boeing.

La imposición de un arancel adicional del 25% a los vinos tranquilos de menos de 14 grados y envases de capacidad inferior a dos litros, procedentes de algunos de los cuatro países mencionados se aplicaría a partir del 18 de octubre y afectaría no solo al vino a Estados Unidos que con datos interanuales julio 2019 se presenta como el principal país importador por precio, 4,14 €/litro, cuarto destino mundial por valor con un total de 301,4 millones de euros y 73 millones de litros de vino español, de los que 240 millones de euros serían los que se verían afectados. También otros muchos como el olivar, cítricos o textiles se verían afectados de manera directa.

La reacción, tanto de la comisaria Europea de Comercio, Cecilia Malmström, como del Ministerio de Agricultura español, Luis Planas, ha sido de contrariedad y esperanza en que el próximo día 14 pueda llegarse a un acuerdo que no abra lo que han calificado como “medidas miopes” y contraproducentes que empujarían a la Unión Europea a una situación en la que no tendría otra opción que hacer lo mismo.

Acabe como acabe el asunto, el caso es que, una vez más, es el vino el que resulta secuestrado por los gobiernos de turno para redimir viejas rencillas que nada tienen que ver con él. Atrás quedan los grandes esfuerzos que bodegas y consejos reguladores han venido haciendo por exportar al primer consumidor mundial. Por situar sus mejores vinos y hacer de este destino palanca de promoción para el resto de su comercio mundial.

Algo vital, si queremos encontrar acomodo a una producción que el Ministerio ha estimado en 38,1 millones de hectolitros para la campaña 2019/20 según las cifras facilitadas a la Unión Europea, un 24,3% inferior a la del año anterior, 12,2 millones de hectolitros menos. Estimación que afectaría de especial manera a los mostos, para los que calcula la pérdida en el 29,6% hasta dejarlos en 3,8 Mhl y vinos con I.G.P. (3,4 Mhl) que rozaría el 29,2% de reducción. En el lado contrario encontraríamos los vinos sin indicación de calidad ni variedad (antiguos mesa) en los que la reducción sería tan solo del 20,6% cifrando su producción en 11,2 Mhl. Los acogidos a alguna denominación de Origen (-24,1% y 12,6 Mhl) y los varietales (-24,5% con 7,1 Mhl) completarían una producción que elevaría hasta las 77,2 Mhl las disponibilidades del sector para esta campaña. Una cifra que, considerando la reducción generalizada de la vendimia del resto de países productores comunitarios, es considerada por las organizaciones agrarias como aceptable de gestionar, sin necesidad de entrar en “guerras” comerciales que acaban siendo perjudiciales para todos.

Interesante futuro el que nos espera al que deberemos permanecer muy atentos.

Por la vertebración del sector

Si queremos ser un sector potente y tener alguna posibilidad de hacerlo atractivo para generaciones futuras, lo primero que debemos conseguir es hacerlo sostenible económicamente. Se hace muy difícil imaginar que aquellas personas que tengan una alternativa de futuro laboral escojan quedarse cultivando la viña si no reciben unos ingresos suficientes como para obtener una renta digna de ella.

Lo de la sostenibilidad medioambiental es posible que sea mucho más importante que la económica y sus consecuencias, sin duda, mucho más transcendentales para el futuro de la humanidad. Pero no nos equivoquemos, que los ideales, sin un plato caliente garantizado, lo tienen muy difícil para salir adelante.

Y eso, que dicho así puede llegar a sonar obsceno, es una realidad que mejor haríamos en asumir cuanto antes si queremos encontrar la forma de avanzar.

Para ello hay que seguir insistiendo en eso de “valorizar” el producto. Lo que como objetivo a largo plazo está genial. Pero, para llegar a ello, tenemos que ir cubriendo ciertas etapas que resultan ineludibles. Y aún con todo y con eso, todavía seguiríamos teniendo el mayor de los problemas sin resolver: su venta. Porque, no lo olvidemos, producimos vino para venderlo, no para almacenarlo, quemarlo o retirarlo temporalmente del circuito. Nuestro objetivo es que la gente consuma nuestros vinos.

Para alcanzarlo es necesario definir con cierto detalle: producciones, rendimientos, grados, zonas, técnicas de cultivo, rentabilidades, precios… En definitiva: cuál es el modelo de producción con el que soñamos. Después, concretar a un cierto nivel de detalle todos estos parámetros. Y, por si todo esto no fuera ya lo bastante complicado, encontrar la forma de hacerlo sin entrar en conflicto con la libertad de mercado y la competencia.

Y mientras esto llega (si es que lo conseguimos), parece necesario dotar al sector de herramientas con las que poder actuar. Así como de organizaciones con la capacidad para implantarlas. Sobre lo segundo, está bastante claro que está la Interprofesional, como así lo indican sus objetivos fundacionales. Y en cuanto a lo primero, las propuestas presentadas al Ministerio, órgano con capacidad legislativa para implantarlas, se han concretado en un documento que bajo la denominación “Hoja de Ruta” para la estabilidad y la mejora de la calidad de los vinos, pretende exigir unos requisitos mínimos de calidad para la uva de vinificación, intensificar el control de subproductos para la destilación y establecer mecanismos de regulación de la oferta. Todo ello con el plazo de puesta en marcha del primero de noviembre próximo para la intensificación de los controles en los subproductos destinados a la destilación; y la campaña 20/21 para las relacionadas con la norma de calidad y mecanismos de regulación, de tal forma que sean conocidas por los operadores antes de que comience la campaña.

Cada vez nos quedan menos oportunidades

Son precisamente los momentos buenos en los que hay que tomar las decisiones clave en una empresa, de cara a su estrategia a medio y largo plazo. Hacerlo cuando el agua te está llegando al cuello y las dificultades económicas, y de cualquier tipo, te van asfixiando es muy difícil. Y, cuando se toman, es de manera restrictiva, con el único objetivo de ajustarse, con recortes, a la nueva situación.

Aprovechar la excelente calidad con la que están llegando las uvas a las bodegas, los grandes mostos y vinos que se están obteniendo para ir un poco más allá en la valorización de nuestros productos y la mejora en su comercialización; es una necesidad que muchas bodegas no están dispuestas a dejar pasar. Los acontecimientos ahora se suceden a velocidades de vértigo. Viéndose muchas veces sorprendidas las propias empresas por situaciones que no esperaban encontrarse hasta pasados unos años. Tomar decisiones y hacerlo de manera colectiva, de tal forma que sea todo el sector el que defina y se vea beneficiado, es algo más que un sueño utópico. Es una obligación de aquellas personas que se encuentran al frente de organizaciones, administraciones y colectivos que congregan a todos los agentes del sector.

Los dientes de sierra son una característica intrínseca de cualquier mercado libre. El famoso ajuste de la ley de la oferta y la demanda así lo requiere. El problema está en que todos debemos trabajar por conseguir que estas oscilaciones no vayan más allá de horquillas comedidas que permitan disfrutar de una cierta estabilidad con la que llevar a cabo planes expansivos para nuestro sector en el terreno comercial.

Hemos luchado por modernizar nuestras instalaciones, adaptado nuestros viñedos a variedades demandadas por los consumidores, mejorando sustancialmente la productividad de esas viñas. Invertido en ofrecer una imagen de calidad que haga atractivos nuestros vinos y gastado mucho dinero en promocionar nuestras zonas en el exterior. Pero seguimos teniendo pendiente la apuesta por el sentimiento de colectividad, necesario para unir fuerzas y alcanzar sinergias que aceleren estos procesos.

Ya nadie aspira a que sean las administraciones, en sus diferentes niveles, las que solucionen nuestros problemas. Hemos tenido ocasión de comprobarlo recientemente cuando, hace unos meses, los precios se desplomaban como consecuencia de la histórica cosecha a la que teníamos que hacer frente a nivel europeo y quienes tenían las competencias para hacerlo fueron totalmente incapaces de adoptar una sola medida encaminada a paliar la situación. Es cierto que tampoco las organizaciones que representan a los diferentes colectivos, o la que debiera hacerlo de toda la interprofesión lo consiguieron. Pero, a diferencia de otras ocasiones, hubo sus intentos, con discusiones profundas, sobre qué y cómo aplicar las diferentes medidas que la legislación actual les hubiera permitido. El hacerlo en una próxima ocasión que fuera necesario está mucho más cerca. Pero ahora hay que ir un paso más allá y tomar la iniciativa. Aprovechar esa concienciación de que hay que evitar que las oscilaciones se conviertan en profundos dientes de sierra que dejen en el camino a alguien y seguir avanzando en la definición de las condiciones bajo las que, de manera automática, entren en vigor dichas medidas.

Aspirar a que sean nuestros políticos los que lo hagan hubiera sido una aspiración lícita en otros momentos distintos a los actuales, donde tenemos a la vista unas elecciones generales. Hacerlo en la actualidad, vista la capacidad de maniobra con la que cuentan, o el escaso interés que han demostrado por hacerlo, sería, sencillamente, de una candidez inadmisible.

Es el sector el que debe definir qué quiere ser de mayor. El que defina sus estrategias y los medios con los que llegar a alcanzarlo. Cada vez nos quedan menos oportunidades.

España inicia la campaña con un +29,03% de existencias

Por extraño que nos pueda parecer, nuestras bodegas y viticultores también planifican sus campañas y deben disponer de una información actualizada y veraz con la que poder hacerlo. Especialmente en momentos tan decisivos como los inicios de campaña en los que las decisiones de volúmenes de compra y precios a los que hacerlo, tanto de uvas como mostos, e incluso vinos a medio plazo, representan un punto de difícil retorno que marcará el resto de temporada.

Conocer bien las disponibilidades con las que se vaya a contar es el primer dato con el que hay que trabajar, si se quieren hacer las cosas bien. Lamentablemente el Ministerio hace ya varios años renunció a aportar esta información de estimación de cosecha y, escudándose en los datos que facilita del Infovi, ha eludido la parte de responsabilidad que en ese aspecto le compete. Afortunadamente no es así en todas las organizaciones, las cuales siguen haciendo públicas sus estimaciones de cosecha que, con mayor o menor grado de intencionalidad, porque también aquí hay que reconocer que los datos deben tomarse con cierta dosis de prudencia, sirven para que los operadores dispongan de una visión general bastante cercana a la realidad. De hecho, hoy, prácticamente las diferencias entre unas estimaciones y otras no existen más allá del momento en el que se han hecho públicas, pues con un margen de dos millones de hectolitros arriba o abajo podríamos decir que se encuentran todas en la misma horquilla.

Caso distinto son las existencias de inicio de campaña, la otra gran partida con la que conocer las disponibilidades del sector vitivinícola. Información que gracias al Infovi está disponible mucho antes de lo que era habitual cuando la tenía que hacer pública el MAPA y que nos ha permitido conocer con total exactitud que España inició la campaña 2019/20 con un veintinueve por ciento más de vino y mosto sin concentrar que lo hizo la pasada, e incluso la distribución por categorías y regiones de esos 38.846.179 hectolitros de stock.

Primeros precios y gran nerviosismo en el mercado

Aunque hay previsiones que llegan hasta los treinta y ocho millones y medio de hectolitros, la cifra de los cuarenta millones podría ser un buen punto de partida a partir del cual comenzar a planificar una campaña que, a priori, promete resultar bastante ajetreada.

Más como consecuencia de unas existencias considerablemente más elevadas que las de campañas anteriores (aunque hasta dentro de unos días no tendremos datos concretos del Infovi sobre las existencias a 31 de julio), que fruto de la producción, que a nivel europeo se presenta considerablemente más baja, con previsiones en Francia e Italia un doce y dieciséis por ciento respectivamente inferiores, y del veinte por ciento en lo que respecta a nuestro país. El sector productor parece haberse puesto nervioso con la reducción de campaña y haber encontrado en estas previsiones esa mínima excusa con la que justificar pretensiones que van mucho más allá de los precios a los que cerraron los vinos la pasada campaña.

Recuperar parte de lo mucho perdido durante la campaña anterior en las cotizaciones de los vinos con las pretensiones por los mostos actuales, está muy bien y es totalmente legítimo. Medir bien las consecuencias que estos altibajos tienen en los mercados, especialmente internacionales y de los que tan fuertemente dependemos, otra cuestión que está demostrado que no sabemos controlar. Con las repercusiones que al final acaban teniendo en el posicionamiento de nuestros vinos y la capacidad de abrir nuevos mercados con los que ir cambiando poco a poco el mix de nuestros productos. Cuestiones que, teóricamente, todos compartimos, pero por las que cada uno hace la guerra por su cuenta, con resultados que no hacen sino poner en evidencia la pérdida de las oportunidades que nos van dando los mercados.

Veintiséis millones de hectolitros, cifra que llevamos exportados en datos interanuales julio 2018-junio 2019 de vinos, mostos y vinagres, es una parte muy importante de una producción de cincuenta millones como la que obtuvimos el pasado año. Mantener la estabilidad, con crecimientos suaves y continuados en los precios, es la única forma de aumentar esos 1,20 €/litro de precio medio, que están muy lejos del verdadero valor de nuestros productos. Pero ya sabemos que las cosas valen lo que alguien está dispuesto a pagar por ellas. Así es que, o encontramos al comprador que esté dispuesto a quedarse con más de dos mil quinientos millones de litros a un mayor precio, o perseveramos en la idea de que la calidad se imponga. Permitiéndonos desbancar a vinos procedentes de otros países que encuentran en la calidad percibida por los consumidores (que no la intrínseca) la razón por la que los mercados están dispuestos a pagar ese diferencial de precio.

No sabemos lo que va a suceder con las pretensiones de los elaboradores y hasta dónde pueden llevar a las cotizaciones. Pero sí podemos intuir que el consumo no va a cambiar mucho de un año a otro. Ni el interno, sobre el que las campañas que se están realizando son lentas y de resultados tímidos. Ni el de nuestras exportaciones, cuya rigidez es tal que, prácticamente, cualquier variación que se produzca en los precios es respondida con una alteración en el volumen en sentido contrario en la misma intensidad.

En fin, que unas veces porque la cosecha es alta, otras porque los precios son bajos y otras porque el consumo interno no consigue despegar. El caso es que el sector sigue enfrentándose a los mismos males a los que lo hicieron nuestros antecesores, sin más horizonte que el de pequeñas producciones que siendo notables casos de éxito, apenas representan al sector español, ni tienen relevancia sobre el conjunto de sus empresas.

Atentos y prevenidos

Muy posiblemente no sea el momento más indicado para hablar de este tema y de las consecuencias que podría acabar teniendo sobre un sector tan delicado y sensible a las malas noticias como es el vitivinícola, especialmente el español. Pero es que llevamos ya muchos meses escuchando que nos enfrentamos a un nuevo periodo de recesión, en el que economías tan potentes en nuestro ámbito económico más cercano, como es la Unión Europea: Alemania y Francia, o lo han hecho ya (dos trimestres consecutivos de crecimiento negativo) o están a punto de hacerlo.

Las consecuencias que esto pueda llegar a tener sobre nuestro sector son imprevisibles, pero, en el mejor de los casos, nada bueno.

Tampoco es que ayude mucho a afrontar con optimismo el futuro más cercano el hecho de que el primer ministro del Reino Unido siga empeñado en sacar a su país de la Unión Europea sin acuerdo. O que el presidente de Estados Unidos se haya enfrascado en una guerra comercial cuyo primer damnificado es China, pero de gran impacto en la Unión Europea, a la que parece haber puesto proa con sus anuncios de un acuerdo con el Reino Unido, el día siguiente a su salida de la UE.

Pensar en economías autárquicas es una gran estupidez (o eso creo yo). Casi tanto como defender políticas proteccionistas. Y, aunque la importancia del sector vitivinícola en el conjunto del comercio es apenas insignificante, el peso del mercado exterior en el sector español resulta vital.

Producciones en términos mundiales inferiores a las del año pasado nos ayudan y pueden hacernos afrontar el futuro inmediato con cierto optimismo, pero, aunque solo sea porque no nos pillen desprevenidos los giros que puedan dar los acontecimientos económicos mundiales, convendría estar atentos e ir tomando las medidas que estén a nuestro alcance.

Momentos como estos, de perspectivas de una cosecha muy ajustada y calidades excelentes, deberían servirnos para plantearnos posibles cambios en las estrategias comerciales en aquellos casos que se consideren necesarias.