Las Vendimias en España

Por encima de volúmenes, calidades y precios, dos acontecimientos marcarán esta cosecha para el resto de la historia. Uno, confiemos en que totalmente excepcional y al que no tengamos que referirnos nunca más, ha sido la pandemia del coronavirus Covid-19 que nos asola y que lleva cambiándonos la vida de forma inimaginable desde marzo, amenazando con seguir haciéndolo hasta principios de mayo. Esta situación ha supuesto la puesta en marcha de unos protocolos sanitarios jamás vistos y ha condicionado la vendimia con un sobrecoste que, de una forma directa, teniendo que hacerle frente cada bodega, o indirecta, a través de los Consejos Reguladores o Consejerías, han llegado en el momento más delicado que viven nuestras bodegas, con una pérdida sustancial de sus ventas y un futuro totalmente incierto.

La segunda, mucho más “normal”, pero no por ello habitual, afortunadamente, han sido las enfermedades criptogámicas, porque han sido dos: mildiu y oídio. Dos hongos que, cada cierto tiempo, y, siempre que las condiciones de humedad y temperatura les sean favorables, atacan a la viña de manera continuada y acaban haciendo muy difícil y costoso su tratamiento. Con efectos sobre la cantidad y calidad del fruto que pueden ser, desde apenas considerable, a suponer la pérdida de la totalidad de la cosecha.

Ambos acontecimientos se han unido en una campaña para formar una tormenta perfecta en la que las necesidades del mercado aconsejaban una producción corta que permitiera aliviar las importantes existencias almacenadas como consecuencia de la paralización de la hostelería, pero que, en algunos lugares, se ha visto fuertemente superada, afectando a la calidad del fruto. Estar confinado durante los meses de marzo, abril y mayo, cuando el hongo se cebaba con la viña y no poder ir al viñedo a tratarlo preventivamente, han representado un quebranto para muchos viticultores.

Y, a pesar de ello, los precios de las uvas han vuelto a adquirir el protagonismo de otras campañas ante la denuncia de las organizaciones agrarias de resultar insuficientes para hacer frente a los propios costes Politécnica de Valencia para la Interprofesional del Vino sobre la determinación de los costes de producción en las diferentes comunidades autónomas, según diferentes sistemas de conducción y disposición de regadío o no. Cuyo objetivo era dotar al sector de un modelo con el que facilitar que cada viticultor pudiera acceder a un conocimiento preciso de sus costes de producción y que ha sido utilizado como referencia del precio mínimo que debiera pagarse por las uvas. Acusando a las bodegas de estar obligando a los viticultores de vender a pérdidas. Lo que resultaría totalmente inaceptable, al impedir la Ley de la Cadena de Valor que esto pueda producirse.

Aún con todo y con ello, la cosecha ha seguido su ritmo y las vendimias han acabado por llevar hasta los lagares un volumen que, según nuestras estimaciones, se situará entre los cuarenta y dos millones y medio de hectolitros y los cuarenta y cuatro, con un fruto de gran calidad. Una producción un quince por ciento superior a la del pasado año y que será la que mayor crecimiento presente de todos los grandes países productores.

Por regiones, destaca, de manera muy especial, Castilla-La Mancha, no ya solo por el hecho de que ella sola suponga más de la mitad de toda la producción española, sino porque junto con Navarra es la que mayor variación positiva presenta. Justo lo contrario que Cataluña, que con una pérdida de un tercio de la cosecha del año pasado es la que más va a ver menguada su producción, debido a la alta concentración de viñedo ecológico que presenta y que los tratamientos sin sistémicos han resultado insuficientes para dominar los hongos y evitar pérdidas que llegan a superar la mitad de la uva en algunos casos.

Las Vendimias en España

Este año no ocurre como en otros, en los que la superación del Día del Pilar suponía la disposición de una información relativa a las vendimias en España, mucho más precisa. La conclusión de los trabajos en la gran mayoría de los territorios permitía acercarse a la cifra de la cosecha con mucha más precisión de aquellos primeros vaticinios de las primeras semanas de septiembre en las que los aforos realizados en los viñedos o las notas de prensa de los operadores, contenían un alto grado de provisionalidad que, por más que en nuestras estimaciones procurásemos conjugar para acercarnos lo máximo posible a la realidad del momento, no siempre era fácil superar.

Quizá por las medidas puestas en marcha en las últimas semanas de la pasada campaña, referentes a la destilación de crisis, la inmovilización mediante los contratos de almacenamiento a largo plazo, o la vendimia en verde. Así como la limitación de rendimientos que muchas (que no todas) de nuestras indicaciones de calidad incluyeron en sus normas de campaña, hayan contribuido a este cierto descontrol.

Quizá haya sido el motivo el gran temor con el que desde el sector productor se mira la campaña 2020/21, plagada de grandes incertidumbres sobre cuál será la evolución del mercado y las verdaderas posibilidades de darle salida a sus existencias que, con no ser tan diferentes a las de los últimos cinco años, cifra en la que se encuentra el volumen a partir del cual es posible establecer medidas excepcionales, preocupa mucho a los operadores.

Quizá la enorme provisionalidad que envuelve cualquier decisión, en cualquier ámbito de nuestra vida, que se ha visto fuertemente afectada por una situación nunca antes vivida y sobre la que cada día nos sorprenden quienes tienen la capacidad de imponer medidas, con nuevas restricciones que siempre tienen el efecto de disminuir el consumo en bares y restaurantes ante el mantra de que hay que controlar la vida social.

Quizá por tratarse de un sector con escasos recursos, que lo hace altamente vulnerable a la inestabilidad y limitadamente capacitado para tomar medidas que vayan en la dirección de autorregularse.

Quizá porque unos y otros intentan forzar la situación y aprovechar este momento de incertidumbre para salir lo menos perjudicados posibles.

El caso es que, ahora mismo, todavía no podemos decir si estamos hablando de una cosecha de cuarenta y dos millones de hectolitros, o de cuarenta seis. Muchos millones de diferencia para un año en el que con las medidas excepcionales a las que antes hacía referencia, dedicamos cerca de noventa millones de euros para retirar, definitiva y temporalmente del mercado cuatro millones de hectolitros. en nuestro país y 305 millones de euros en el conjunto de la Unión Europea.

Sea por lo que fuere, parece, cada vez más claro, que nos enfrentamos a una campaña extraña, en la que las cifras tendrán un carácter más orientativo que nunca sobre lo sucedido y menos premonitorio sobre lo que nos enfrentamos.

Las vendimias en España

Al contrario de lo que sería lógico pensar, los últimos coletazos de las vendimias están provocando más dudas y desconcierto, que certeza y seguridad, en un sector que, con la mirada puesta en el Covid-19 y sus posibles repercusiones sobre el mercado, contempla cómo se está haciendo bueno aquel dicho que advertía de que, cuando se habla de estimaciones al alza, las cosechas terminan por ser más voluminosas de lo previsto.

Hasta la fecha, lo cierto es que no podemos decir que las cantidades que nos llegan de las diferentes comarcas vitivinícolas españolas difieran cuantitativamente mucho de las cifras que manejábamos hace una semana. Si bien es de destacar la sensación, cada vez más extendida, de que el volumen pudiera acabar resultando muy superior al inicialmente previsto.

Si con los números en la mano, los cuarenta y dos millones de hectolitros podrían ser un volumen muy indicado para centrar la estimación de producción. La sensación que nos transmiten algunos operadores es que cuarenta y cinco millones podrían no quedar lejos de la realidad de la cosecha cuando se conozcan las declaraciones de producción.

Es cierto que solo Cataluña y Andalucía presentan datos claramente inferiores a los del año pasado. Tanto como que Castilla y León, Navarra o Aragón estarán con total seguridad por encima de la producción de 2019. El problema está en que en ese grupo de cabeza también se encuentra la comunidad que concentra más de la mitad de toda la producción española, Castilla-La Mancha y el hecho de que su variación sea cinco puntos arriba o abajo representa millón y medio de hectolitros. Si a eso le añadimos lo que está sucediendo en la Comunidad Valenciana (tercer productor tras Extremadura), donde las uvas que están entrando en los lagares están siendo muy superiores a las estimadas en un primer momento, podríamos tener una explicación a ese baile tan importante de cifras al que nos enfrentamos.

Y aunque, a juzgar por los graves problemas que nos acechan con el tema de la pandemia y los efectos que los confinamientos y limitación de la actividad de bares y restaurantes, que ocupan el primer puesto entre nuestros dolores de cabeza, dejando en un muy segundo plano el volumen de la cosecha; su importancia no es menor, como así lo han reflejado las tensiones generadas por los bajos precios de la uva. Desde los mismos problemas para almacenar lo que quedaba de la pasada campaña y darle cabida a la nueva. Hasta las alternativas que podrían quedarnos ante la posibilidad de que el consumo tarde más de lo esperado en recuperar una actividad adecuada, que nunca será suficiente para digerir lo que el mercado exterior previsiblemente tarde más en normalizar. Todo ello le confiere a este baile de números una importancia que va mucho más allá de cifras absolutas.

Las vendimias en España

Próximo el Día del Pilar, las vendimias 2020 van tocando a su fin y, aunque todavía son muchas las zonas que mantienen abiertos sus lagares, recepcionando las uvas que se convertirán en la añada 2020, poco a poco, se van dando por concluidas las labores de recogida en muchos de nuestros pueblos.

Los resultados, todavía pendientes de agregar, apuntan hacia una cosecha en el entorno de los cuarenta y un millones de hectolitros. Si bien, todavía es muy pronto para poder establecer una cifra tan precisa, ya que, dado el fuerte crecimiento de la cosecha que ha experimentado Castilla-La Mancha, con respecto al año anterior y, considerando que en ella se concentra la mitad de la vendimia de todo nuestro país, cualquier pequeña desviación en algunos de sus grandes pueblos vitivinícolas podría hacerla variar, casi seguro al alza, en una cantidad importante sin muchos problemas.

Algunas noticias publicadas días atrás y que no han tenido mucho eco, ni seguimiento por parte de los diferentes colectivos que tienen algo que decir al respecto, apuntaban hacia un volumen considerablemente mayor, casi cinco millones de hectolitros más. Aunque nuestra impresión, publicada semanalmente en estas páginas, se mantenga en el entorno de lo que ya hicieron Cooperativas, Ministerio y algunas organizaciones agrarias.

En cuanto a la calidad y, a pesar de los grandes problemas a los que han tenido que enfrentarse nuestros viticultores para hacer frente a enfermedades criptogámicas como mildiu y oídio, es muy buena y no se espera que las afecciones tengan ningún reflejo en la calidad de unos vinos que presentarán unos valores de grado y acidez muy adecuados a las demandas del mercado.

Lo que nos lleva de lleno al gran problema de esta campaña que, como ya sucediera en años anteriores, no es ni la cantidad, ni la calidad y sí los precios a los que están entregando los viticultores sus cosechas. Insuficientes para hacer frente a sus costes de producción y muy por debajo de los publicados en el estudio encargado por la Interprofesional y que lejos de su cometido, que no era otro que servir de modelo de cálculo, para que cada viticultor pudiera concretar sus costes; los datos publicados de diferentes condiciones de cultivo y zonas de producción, más que para generar tranquilidad en el sector, para lo único que han servido ha sido para enrarecer más los ánimos y ser utilizados como aval en el enfrentamiento crónico que mantienen bodegueros y viticultores en un claro ejemplo de su incapacidad para ponerse de acuerdo en alcanzar acuerdos plurianuales que resulten beneficiosos para todos y doten de la estabilidad necesaria que requieren los mercados.

Las vendimias en España

Sabemos que estimar la cosecha siempre resulta complicado y acaba siendo motivo de enfrentamiento entre las diferentes partes implicadas. Unos, que si no va a resultar tan baja como dicen y que los precios no pueden sostenerse ante las dificultades para darle salida a la producción. Otros, que si eso no es excusa ya que, a pesar del desequilibrio estructural de nuestro sector, todas las campañas acabamos encontrándole acomodo a la producción, como así lo avalan las cifras de existencias finales. El caso es que nunca, en algo tan sencillo como debiera ser realizar un aforo de lo que hay, resulta fácil manejar una estimación de cosecha, pululando siempre por el ambiente un cierto tufillo a intereses ocultos que justifiquen esas cifras.

Lamentablemente, los organismos sectoriales, como pudiera ser la Interprofesional (OIVE), aquellos que tienen su razón de ser en estudiar el mercado, como es el caso del Observatorio (OEMV), o el propio Ministerio de Agricultura (MAPA), entre cuyas atribuciones está la de presentar avances de cosecha mensuales; no lo hacen, por la razón que sea, que eso ahora mismo no viene al caso, aunque en algún momento tendremos que profundizar en ese asunto. Otorgándole a las estimaciones que sí se publican (cooperativas, organizaciones agrarias…) una relevancia en los medios de comunicación que va mucho más allá de la que deberían tener al tratarse de parte interesada.

Y aunque en todas las campañas hay alguna razón que justifique esta situación, el Covid-19 y la reducción de consumo hace especialmente dedicada la campaña 20/21, pues son muchas las incertidumbres que sobre la evolución del mercado están por responder. Escasos los recursos financieros con los que poder hacer frente a posibles estados excepcionales. Y muy pocas las alternativas para una cosecha que, sea cual sea la cifra que acabe vinificándose, corre serio peligro de ser la mayor de su historia por lo complicado de su colocación.

Con todo y con ello y, a pesar de que la pasada semana aparecían publicadas estimaciones que elevaban la cosecha en nada menos que cinco millones de hectolitros por encima de las previsiones que hasta entonces se manejaban, anunciando que podía llegar a alcanzar los cuarenta y seis millones de hectolitros; nuestra impresión sigue siendo la de que estaremos más cerca de los cuarenta y uno que de los cuarenta y seis millones de hectolitros, pues tenemos que hablar de una España con dos vendimias, aquella que hace referencia a Castilla-La Mancha y en la que la producción estará muy por encima (20-25%) de la vendimia anterior; y el resto con zonas, como Cataluña, donde la reducción puede alcanzar un tercio de lo vendimiado el pasado año.

Las vendimias en España

A diferencia de lo que ha venido sucediendo tradicionalmente, este año el avance de la vendimia, lejos de confirmar el aumento de cosecha, está provocando que cada semana que pasa las previsiones desciendan con respecto a sus precedentes.

No sé muy bien si por un exceso de optimismo en las primeras cifras que manejó el sector, o por las circunstancias tan anómalas que envuelven esta campaña, donde el protagonismo lo ha acaparado, casi por completo, el Covid-19 y sus consecuencias tan nefastas sobre el consumo y las grandes cantidades de vino con las que debían afrontar la nueva vendimia las bodegas. El caso es que, ni las cifras oficiales de existencias del Infovi a 31 de julio que se cifraron en 34,64 millones de hectolitros, un 6,7% y cerca de 2,5 millones por debajo de los 37,1 Mhl de la campaña anterior (aunque eso supusiera un 6,8% más que la media de las últimas 5 campañas); han calmado un mercado que, a juzgar por los precios a los que están cerrándose los contratos con los viticultores, o las cotizaciones de los mostos, podríamos decir que se encuentra fuertemente deprimido.

Está claro que, en estos momentos, pesan mucho más sobre el mercado las negras perspectivas sobre las utilizaciones, que las cifras de las disponibilidades. Lo que, dicho sea de paso, nos lleva a que el Ministerio de Agricultura acaba asumir unas estimaciones “oficiosas” de producción de vino para la actual campaña de 37,5 Mhl, un 11% más que en 2019/20. Lo que nos situaría con unas disponibilidades de vino superiores en un 2,3% y en 1,9 millones a la oferta disponible media del último lustro (70,2 Mhl).

Lo que, viendo lo que está cayendo con las constantes denuncias de las organizaciones agrarias sobre los precios que están comprometiendo las bodegas y que les impiden alcanzar el mínimo suficiente con el que poder hacer frente a los costes de producción, no tendría más explicación que la de unas previsiones de consumo nefastas ante la imposibilidad de recuperación del canal de la hostelería y restauración.

Poco importan los niveles de calidad, o el gran esfuerzo que han tenido que realizar los viticultores por sacar la cosecha adelante ante los constantes episodios de enfermedades criptogámicas (mildiu y oídio) a los que han tenido que enfrentarse, llegando a duplicar el número de tratamientos aplicados. Poco importa que la calidad del fruto sea buena y la selección en bodega garantice una alta calidad de los vinos. Incluso poco parecen estar importando los bajos precios de cara a mejorar la ya de por sí alta competitividad de nuestros productos en el mercado exterior. El consumo cotiza a la baja, las necesidades se estima que se verán fuertemente afectadas, reduciendo la demanda mundial de vino y provocando la ruptura de la tendencia positiva que presentaba desde hace varios lustros.

Bajo estas circunstancias, solo queda esperar a que el mercado vaya recuperando su actividad en el canal Horeca. Los miedos de los ciudadanos a consumir vayan viéndose superados por una adaptación a las nuevas circunstancias que se han impuesto, y las bodegas e instituciones sean capaces de encontrar la forma de llegar a los consumidores en esta nueva realidad que se ha impuesto.

Ls vendimias en España

Aunque las medidas sanitarias impuestas por el Covoid-19 y la vuelta a la fase I de algunas localidades, centren la atención de las vendimias. Es de resaltar que las tareas de recogida se están llevando a cabo con normalidad y que ni el volumen, ni la calidad con la que lleguen las uvas a las tolvas se verán afectadas por la situación excepcional que se vive algunas localidades, por más que se pudieran ir sumando a la lista en los próximos.

Lo que, sí parece traerá consigo toda esta situación es que, al igual que sucediera con el teletrabajo que parece ha llegado para quedarse y cambiar la forma de trabajar de muchas empresas. En el terreno de la viticultura, las vendimiadoras darán un paso de gigante en su implantación en viñedos o zonas donde hasta ahora eran vetadas. La necesidad de implantar medidas muy restrictivas sobre la forma de vendimiar y el correspondiente aumento de coste que ello representa ante la reducción de la cantidad que es posible vendimiar en una jornada bajo esas circunstancias ha hecho que aquellas bodegas que tienen la posibilidad de empezar a utilizarlas lo estén haciendo.

La calidad del fruto parece estar manteniendo unos niveles muy aceptables gracias a una más concienzuda programación de las tareas y la correspondiente separación en las bodegas que permita diferenciar calidades.

Parcelación muy similar a la que está ocurriendo con los precios de las uvas. Gran cuestión que ocupa todas las campañas y que, en estas circunstancias, ha adquirido especial relieve. Ya que la promulgación de la Ley de la Cadena de Valor y la aprobación de los contratos homologados, confiaban los viticultores redujera una parte de esa enorme brecha a la que se enfrentan entre sus costes de producción y los precios percibidos por sus producciones. Lo que lejos de ocurrir esta campaña, sus especiales circunstancias de existencias históricamente elevadas y unas perspectivas de consumo en el corto plazo bastante pesimistas ante el mal comportamiento del canal de la hostelería y restauración. Han provocado precios todavía más bajos con respecto los de años anteriores que solo han encontrado contestación en pequeñas producciones de calidades muy concretas que sí han conseguido mantenerlas.

Las vendimias en España

El Covid-19 ha conseguido que ni volúmenes de producción, ni calidades, casi ni precios, importen.

Limpieza de manos, uso obligatorio de mascarilla en todo momento, gel hidroalcohólico, cuadrillas fijas y registradas, ordenamiento de los trabajos de corte por filas para que no se crucen, pruebas serológicas o PCR, control de las condiciones en las que viven los que no disponen de casa… Son algunas de las medidas más generalizadas impuestas que, hasta el momento, y confiemos en que así siga siendo, están sirviendo para contener los temidos nuevos focos.

Con el consiguiente encarecimiento de los costes, ahondando en las tradicionales discrepancias entre los precios ofertados por las bodegas y los pretendidos por los viticultores, que se declaran incapaces de poder vender constantemente por debajo de sus costes de producción.

La climatología se ha mostrado especialmente beligerante con el viñedo. Pues si bien le ha dotado de agua cuando todo parecía indicar un nuevo año caracterizado por la sequía allá por el mes de marzo, el alto grado de humedad del ambiente y unas temperaturas elevadas han representado un idílico escenario para el desarrollo de enfermedades criptogámicas como el mildiu u oídio. Sin que la botrytis haya pasado de largo, aunque, es cierto, con un grado de afección muchísimo menor.

Con mayor o menor esfuerzo, las bodegas están consiguiendo seleccionar y elaborar mostos de una buena calidad. Pero lo que no están consiguiendo es apaciguar los ánimos entre los viticultores, algo que, ni cadena de valor, ni estudios de costes, están consiguiendo solucionar.

Un consumo fuertemente afectado por el cierre de la hostelería y la pérdida de una parte importantísima del turismo, ha reducido considerablemente las salidas de bodega, con depósitos llenos que amenazan con llegar a ser un problema de capacidad y generar una delicada situación económica.

Ante este panorama, que el volumen sea de cuarenta y tres millones como pronosticó a finales de julio cooperativas, o por debajo de los cuarenta y uno que estimamos nosotros, con unos rendimientos en bodega inferiores a los habituales, carece de importancia en una cosecha que parece llamada, desde el principio, a ser de pura transición.

Las Vendimias en España

Si bien hay que reconocer que estas vendimias vendrán marcadas por el Covid-19, toda nuestra vida lo está siendo. Hay que admitir que, a diferencia de otras campañas, las discrepancias entre las distintas estimaciones de producción manejadas por los operadores no son, ni de lejos, a las que estábamos acostumbrados. Con diferencias que llegaban a los cinco millones de hectolitros se hacía muy complicado poder realizar cualquier planificación de campaña que fuera más allá de la propia o, a lo sumo, la referida a una comarca. Hacerlo con una margen de dos millones de hectolitros se hace muy extraño. Al menos de momento, que a tiempo estamos de que salga alguien con previsiones totalmente fuera de las cifras que hasta ahora se están manejando.

Este año, entre coronavirus, pérdidas de consumidores, acumulación de existencias en las bodegas y, sobre todo, una gran incertidumbre sobre lo que pudiera depararnos el mercado en los próximos meses… Ante unas pésimas expectativas para el sector de la hostelería y restauración… No sé si porque es lo que menos importa o porque los precios de las uvas y mostos estarán mucho más condicionados por otras cuestiones que poco tienen que ver con producciones, utilizaciones y excedentes, el caso es que las únicas discrepancias entre las primeras estimaciones publicadas por Cooperativas y las que van siendo manejadas por los operadores, son las naturales de la evolución de una campaña en la que enfermedades criptogámicas como el mildiu o el oídio están resultando mucho más importantes de lo que lo son normalmente.

Lluvias en primavera de cierta cuantía y calor posterior han sido un perfecto caldo de cultivo para el desarrollo de estos hongos a los que o no se les ha podido hacer frente adecuadamente, o no se ha querido por el coste y trabajo que ello representaba en un mercado fuertemente deprimido.

El caso es que, por una cuestión u otra, la cosecha no superará (eso parece) los cuarenta y dos millones de hectolitros y su calidad, como siempre, no se verá afectada más allá del esfuerzo necesario en la selección del producto a su llegada a la bodega y su correspondiente separación por calidades.

Sobre la otra gran cuestión: los precios, de momento tampoco es que haya sucedido algo diferente a lo que viene pasando campaña tras campaña. Los grandes operadores abren con precios, ligeramente diferentes a los del año anterior, esta vez más bajos, como corresponde a un incremento en la producción. Y las organizaciones agrarias ponen el grito en el cielo ante la incapacidad de cubrir unos teóricos costes de producción que nadie explica muy bien de donde salen o si sería posible reducir mejorando la eficiencia de las explotaciones.

Comentario vendimias

Si tuviéramos que definir la cosecha 2019 en pocas palabras y de una manera lo suficientemente elocuente, estas serían, sin ninguna duda: escasa y de calidad. Si además tuviéramos que hacer referencia a sus precios y comercialización: estables y en recuperación.

Términos que podríamos definir como plenamente satisfactorios… Bueno, casi, porque los precios de las uvas siguen por debajo de los umbrales de rentabilidad, según los estudios publicados por las organizaciones agrarias en la mayoría de las zonas y variedades; manteniéndose la vertebración del sector como la gran asignatura pendiente que tienen sus integrantes y cuya complejidad va mucho más de volúmenes o calidades y está mucho más relacionado con valor, reconocimiento de marca, profesionalidad, estructura productiva… y toda una serie de características estructurales cuyos cambios están fuera del alcance de acciones individuales o circunstanciales de campaña.

Todas las regiones españolas han dispuesto de una cantidad inferior a la del pasado año, en mayor o menor medida, con variaciones que van desde el ocho por ciento de Galicia o Cataluña, hasta el treinta y cinco de Aragón o Canarias, con mención especial al treinta de Castilla-La Mancha por concentrar algo más de la mitad del total de la producción nacional.

¿Las razones que explican esta importante pérdida? Pues, fundamentalmente, la sequía. La escasez de lluvia que hemos sufrido en España y el hecho de que solo un tercio de nuestro viñedo de vinificación disponga de riego, hace que la dependencia de la climatología sea extraordinariamente alta en este cultivo, originando un menor vigor en los viñedos, que ha tenido como consecuencia racimos menos compactos y de menor tamaño.

Claro que lo que no va en llantos, va en suspiros. Y es que, es precisamente esta circunstancia la que ha propiciado que la calidad del fruto, salvedad hecha de algunas comarcas muy concretas en las que sus enólogos han debido emplearse a fondo para hacer frente pequeños brotes de podredumbre con índices glucónicos que marcaban la barrera de lo preocupante; lo que ha permitido recepcionar una uva con un estado sanitario envidiable de la que se están obteniendo mostos de gran calidad y grado propio de nuestra climatología.

Recuperar los doce, trece grados Baumé en la gran mayoría de blancas y rozar, o incluso superar, los catorce en las tintas es algo que lleva implícito nuestro cultivo y nos permite recibir uvas con un coeficiente de madurez fenólica adecuado.

Los bajos precios a los que se han comprometido las uvas, en niveles muy similares a los que se hicieron el año pasado, cuando la cosecha fue de casi de doce millones de hectolitros más que la actual, encuentran su explicación, precisamente, en ese gran volumen del pasado año a nivel mundial y que provocó que las existencias al inicio de campaña se situaran muy por encima de las “normales”, ocho millones setecientos mil hectolitros de más en el caso de España de vinos y mostos. Arrojándonos unas disponibilidades, que al final es lo que acaba contando en el mercado, muy similares a las de la campaña anterior. Lo que explicaría que los precios de las uvas resultasen igualmente similares, a pesar del considerable descalabro de la producción.

Una campaña que no debiera presentar grandes problemas de comercialización, especialmente en las exportaciones, donde destinamos prácticamente más de dos veces lo que consumimos en nuestro país, si no fuera porque acontecimientos políticos, como el Brexit o la guerra comercial que ha emprendido el presidente estadounidense con Europa y que ha acabado afectando de lleno al vino envasado español, serán una nueva piedra en el zapato a la que deberán encontrarle acomodo nuestras bodegas en su batalla por comercializar unos vinos de gran calidad y elaborados a precios muy competitivos que serán los de la cosecha 2019.