Se nos presenta una gran oportunidad

En un periodo más o menos breve, al confinamiento al que nos han sometido para luchar contra la propagación del Covid-19 se le pondrá fin y con él pasaremos de tener que preocuparnos por el colapso de la Sanidad y los grandes esfuerzos para atender a los afectados; a tener que hacerle frente a una profunda recesión y a la obligación de reactivar nuestro tejido productivo.

Con una diferencia y es que, hasta ahora, cuando la economía se frenaba lo hacía de manera involuntaria, consecuencia en cadena de situaciones sobre las que no se tenía la capacidad de actuar directamente. En esta ocasión, han sido los propios Estados los que la han frenado, haciéndolo, además, de la manera más brusca que han podido.

Dado que es la primera vez que sucede, lo que vaya a pasar es una incógnita. Por más que la teoría sea que la recuperación debe producirse en un periodo de tiempo muy breve, según quienes la han provocado, y será algo mucho menos rápida (de doce o dieciocho meses), según algunos expertos. Por el bien de todos, vamos a confiar en que esto sea así y que la vuelta al trabajo de los cientos de miles de personas afectadas por los ERTE (o que, directamente, han sido despedidas o, sencillamente, sus empresas han cerrado) vuelvan a tener un salario que les permita recuperar el consumo y, con él, el crecimiento de nuestra economía, rápidamente.

Aún con ello esta reactivación tendrá efectos sobre nuestra sociedad más allá de los estrictamente sociales o políticos que, por profundas que sean, nunca serán comparables con las consecuencias a las que en el terreno económico y laboral debamos hacer frente de manera inmediata.

Limitarán temporalmente las grandes concentraciones y establecerán medidas que limiten la natural afectividad que tenemos los latinos. Reducirán los aforos de los establecimientos, nos obligarán a llevar equipos de protección, como mascarillas o guantes… y Dios sabe cuántas más cosas, que ni tan siquiera me puedo llegar a imaginar. Pero lo que no podrán conseguir es que el turismo vuelva a ser lo mismo en unos pocos meses, ni que las visitas a las bodegas se conviertan en una alternativa para una movilidad que dependerá mucho de la capacidad económica de los consumidores.

De hecho, ya se puede asegurar que los hábitos de compra han cambiado y lo que iba a suceder, irremediablemente, en las próximos lustros, se ha visto acelerado de manera exponencial, con una implantación del comercio electrónico obligatorio, que ha venido para quedarse; y que llevará a muchas de nuestras bodegas a tener que hacer grandes esfuerzos por adaptarse a un canal que, aunque existente, era considerado complementario a un modelo en el que alimentación y hostelería seguían figurando como los dos grandes clientes sobre los que centrar sus esfuerzos.

Y es que, si bien el Vino ha tenido unas buenas cifras de venta en estas últimas semanas en los canales “retail”, club de vinos e internet, incluso podríamos considerar las vinotecas y tiendas gourmet que tuviesen servicio a domicilio; todo lo relacionado con Horeca, Canarias y venta directa, bien podríamos decir que se ha perdido por completo.

Valorar cuánto representa esto, hasta la fecha, era completamente imposible, ya que no existía ningún estudio que lo cuantificara. Afortunadamente, desde hace una semana, y con todas las salvedades que queramos ponerle, ya no es así, y el sector dispone de un informe que, elaborado por el OEMV para la Interprofesional y que, previsiblemente, se hará público la próxima semana; hace posible cuantificar el peso de cada uno de estos canales de compra.

Eso, añadido a los cambios que esta situación ha provocado en los consumidores, especialmente en lo relacionado con sus criterios de compra, tal y como podemos leer en el artículo que hemos elaborado con el estudio realizado por Wine Intelligence, nos permite asegurar que la vuelta a la “normalidad” va a estar más cerca de ser un eufemismo que de la realidad. Esperemos que sepamos aprovechar esta gran oportunidad.

Una buena explicación

No sé si pesan más los días o el constante goteo de medidas que van haciendo más difícil el confinamiento de una población que tiene sobre sus cabezas una pesada “Espada de Damocles”, personalizada en un tejido empresarial que el Gobierno ha decidido poner a hibernar durante doce días.

Entrar a discutir sobre la conveniencia de esta medida por la que se regula un permiso retribuido recuperable para las personas trabajadoras por cuenta ajena que no presten servicios esenciales, con el fin de reducir la movilidad de la población en el contexto de la lucha contra el Covid-19; no es, ni debe ser objeto de esta editorial. Tiempo habrá para ver si las consecuencias sobre el sector vitivinícola que se derivan de esta medida, y el resto de las adoptadas con motivo de este estado excepcional de alarma, han resultado adecuadas y proporcionadas.

De momento, lo que debemos hacer entre todos es entender que es obligación nuestra la de intentar adaptarnos. Nosotros, pero también (especialmente) nuestras empresas, a esta situación y hacerla lo más llevadera posible. Manteniendo la confianza en que la recesión económica que se nos viene encima tenga forma de “V” y no de “L”, como fue la derivada de la crisis financiera del 2008 y de la que todavía quedan trazas en nuestras pequeñas empresas.

Hasta ahora, la información que vamos recibiendo es un tanto contradictoria, pues mientras desde el sector productor se nos transmite una paralización casi absoluta de la actividad; la recibida desde la distribución es la contraria, con un crecimiento en las ventas vino, que han aumentado de forma muy considerable. Aquí, cada uno tendrá que valorar qué es para él “considerable”.

Una buena explicación a lo que está sucediendo con estos mensajes la podríamos encontrar en estudios como el que hará público en los próximos días la Organización Interprofesional del Vino en España (OIVE). Elaborado por el Observatorio Español del Mercado del Vino (OEMV) y bajo el título “Estimación del consumo del vino en España”, pretende acercarse a conocer, con cierto grado de detalle, el consumo real de vino en España. Detallando no solo el consumo per cápita estimado, que cifra en 20,76 litros, sino incluso ir un poco más allá y, además de cuantificar su valor, concretar qué parte de ese consumo estimado tiene lugar en hogares, cuál en Horeca, y cuánto en un tercer canal compuesto por: vinotecas y tiendas gourmet, clubes de vinos, internet no “retail”, Canarias, venta directa y autoconsumo; del que hemos oído hablar mucho en estos últimos años, pero sabemos más bien poco, o nada. Tampoco se olvida de otro gran asunto como es el peso de los turistas en el consumo, que en número por encima de los 85 millones nos llevan visitando los últimos años y entre los que la gastronomía (en la que el vino juega un papel importante) es uno de sus principales motivos por el que nos eligen como destino. Un documento interesante al que deberíamos prestarle atención en estos días.

Juntos contra el coronavirus

Pretender encontrar en lo que nos está sucediendo algo positivo puede resultar un tanto complicado, especialmente cuando los resultados de las severas medidas adoptadas distan mucho de ser los que se preveían, o nos transmitía el Ejecutivo; y el desánimo y cansancio de las gentes viene a sumarse al temor de lo que nos vamos a encontrar cuando salgamos de esta.

Sabemos que ninguna de estas duras medidas está encaminada a evitar otro problema que no sea el del colapso de la Sanidad y, con él, la cruda decisión de tener que decidir quién tiene derecho al tratamiento con el que salvar su vida y quién no. Duras palabras, sin duda, pero que reflejan la triste realidad con la que nos está tocando vivir. El documento de recomendaciones UCI y Covid-19 que ha elaborado el Grupo de Trabajo de Bioética de la Sociedad Española de Medicina Intensiva, Crítica y Unidades Coronarias (Semicyuc) y cuyo contenido han consensuado con la Sociedad Española de Medicina Interna (SEMI), así lo especifica.

Solo con que cada uno de nosotros nos pusiéramos en la piel de ese facultativo que tiene que tomar esa decisión cuando nos sentimos agobiados por el confinamiento y dispuestos a saltárnoslo, sería suficiente para dar un paso atrás y asumir la realidad que nos está tocando vivir.

Bien distinta es la situación económica que todo esto nos dejará. Totalmente imprevisible, ya que, nunca en la historia nos hemos enfrentado a una situación así, ni tan siquiera lo vivido durante la II Guerra Mundial es comparable. Nos va a costar un inmenso número de empleos, la desaparición de muchas empresas y el endeudamiento de los Estados hasta niveles que nos obligarán a cuestionarnos el propio modelo económico de crecimiento.

Y, a pesar de todo, saldremos adelante, el sol volverá a brillar con fuerza y, poco a poco, avanzaremos individualmente y como sociedad.

Solo espero que cuando llegue el momento, los responsables de adoptar esas decisiones que supondrán un nuevo escenario bajo el que recuperar ese modelo productivo tengan la humildad y honestidad de mirar lo que cada uno de los individuos a los que van dirigidas esas políticas ha hecho y, dejando a un lado los intereses cortoplacistas de unas elecciones, estén dispuestos a sacrificar sus intereses propios en aras de la colectividad. Es decir, lo mismo que cada uno de nosotros les habremos demostrado haber hecho.

Los datos obtenidos por Gelt, tras analizar las compras en supermercados de toda España, reflejan que la composición de la cesta de la compra ha dado un vuelco en la última semana y el acopio de alimentos parece haber finalizado. Entre los productos cuyo consumo se incrementa más en la última semana está la cerveza (78%). Para Carlos Prieto, consejero delegado y cofundador de Gelt hemos “asumido y desdramatizado” este hecho y empezamos a gestionar nuestro consumo de forma más racional. Lo más positivo es que la semana pasada las compras de vino aumentaron un 42%, con cifras récord, y durante esta aún las mantiene.

¡Que sea de la mejor manera posible!

Es difícil hacer un pronóstico sobre cuáles puedan acabar siendo las consecuencias que la declaración de pandemia por el Covid-19 pueda acabar teniendo en nuestro sector. Sabemos que a nivel sanitario ha llevado a nuestro Gobierno a declarar el estado de alarma y, con él, el confinamiento de las personas. Que los supermercados se han visto “asaltados” y muchos productos básicos arrasados, poniendo en evidencia el comportamiento más deleznable del ser humano. O que las empresas hemos tenido que ponernos las pilas a marchas forzadas con las nuevas tecnologías, convirtiendo el teletrabajo en la menos mala de las formas de mantener una actividad productiva que se verá fuertemente afectada y cuyas consecuencias auguran tiempos muy difíciles para todas las economías del mundo.

Pero también ha puesto en evidencia la solidaridad de mucha gente, que no ha dudado en trabajar hasta límites insospechados por hacer de esta situación lo más llevadera posible y hacerle frente a la enfermedad con el menor daño.

Durante muchos años hemos venido discutiendo sobre las verdaderas razones por las que el consumo de vino ha descendido a las tasas a las que lo ha hecho en los países tradicionales, señalando a su cambio de consideración de un producto alimenticio, a un bien de lujo, como el verdadero motivo de esta disminución.

Lamentablemente, la llegada de una pandemia y la declaración del estado de alarma han puesto en evidencia la verdadera importancia que para los consumidores tiene cada producto. Según un estudio hecho público el pasado viernes 13 de marzo por la plataforma de datos de compra del consumidor Gelt, el vino incrementó sus ventas un 41,9% convirtiéndose, solo después de la leche en polvo (173%) y amoniaco (85,7%) en el producto que más lo ha hecho.

A pesar de ello, lo más llamativo de este comportamiento compulsivo de compra, motivado por la necesidad de aislarse de los consumidores, ha sido lo sucedido con el papel higiénico, literalmente arrasado, cuando sus ventas, según este mismo estudio, realizado con el análisis del comportamiento de la cesta de 860.000 hogares, tan solo ha crecido un 8,2%. Sus grandes dimensiones y las imágenes virales que hemos visto, incluso la gran sorpresa que ha provocado este comportamiento entre los expertos, se podrían explicar con el argumento de que su acopio simboliza el control puesto en el orden y la limpieza personal y del hogar frente a la sensación de caos y suciedad.

Y en cambio, ¿por qué las compras de vino no nos han llamado la atención?

Lo cierto es que no he encontrado ningún experto que explique este comportamiento con respecto al vino. Pero es muy posible que, en el fondo, todos nosotros mantengamos en nuestro interior la creencia de que es un alimento que nos ayuda a hacer esta situación de aislamiento más llevadera, mitigando los sentimientos negativos que genera. Al margen de sus cualidades de producto no perecedero que permite su almacenaje más allá de lo que pueda durar esta crisis, al final va a resultar que, efectivamente, en la conciencia colectiva de nuestro pueblo el vino sigue siendo una parte fundamental de su estilo de vida y que su mera presencia en nuestras alacenas representa un sentimiento de seguridad y bienestar del que puede que no seamos conscientes en toda su extensión.

¡Ya que lo tenemos que pasar, que sea de la mejor manera posible!

Pongamos lo máximo posible de nuestra parte por hacer que esta situación sea lo más corta posible y trabajemos por convertir la amenaza que supone para nuestras exportaciones en una gran oportunidad.

Adelantarnos a lo que nos pueda venir

El hecho de que las repercusiones que pueda llegar a tener el tema del coronavirus en nuestro sector, especialmente en su vertiente exportadora, estén a años luz de lo que vaya a significar este virus para la economía mundial, o los múltiples efectos que sobre la población y su salud pueda llegar a tener; no significa que no vayamos a padecerlas y que sus consecuencias resulten preocupantes e, incluso, alarmantes para el sector vitivinícola.

Es pronto para saber cuál será el impacto que la confinación de los italianos pueda llegar a tener sobre el comercio y las posibles alternativas que busquen los países receptores a los vinos procedentes del país transalpino. Pero también está por ver cuál será el efecto que en el consumo de un bien, que no es de primera necesidad, tenga este virus Covid-19.

Aun así, es fácil predecir que nada bueno.

La puesta en marcha de una “economía de guerra” en la que las bolsas de todo el mundo se desploman, ante las graves consecuencias que va a tener esta crisis, no puede resultar positivo para nadie. Como así lo corroboran los primeros datos del país donde se originó la enfermedad. Las exportaciones a China durante el año pasado fueron altamente negativas, y no ya tanto porque descendieran un cinco por ciento en el volumen, hasta llegar a 77,7 millones de litros y un 11,8% en valor, cifrándolas en 138 millones de euros; sino porque veníamos de un año, en el que la caída del valor había sido del 17,8%, pero la del volumen de un 46,8%, lo que nos situaban en un escenario que nos obligaba a presentar cifras positivas que marcaran una tendencia de recuperación.

Los motivos que explicarían esta ralentización de nuestras exportaciones al gigante asiático las podríamos encontrar en la falta de definición de nuestro vino en ese mercado, según apunta la Ofecomes de España en Shanghái y que concreta en insuficientes labores de promoción, que tienen como consecuencia el desconocimiento de nuestras regiones u otras cuestiones, mucho más difíciles de solucionar, como son los propios nombres de nuestras variedades y las grandes dificultades que tienen los consumidores chinos para pronunciarlas y recordarlas. Pero confiar en que vayan a quedarse ahí los efectos que sobre este y el resto de países del mundo vaya a tener el Covid-19 durante este año, se aleja mucho de lo que sería predecible. Por lo que no estaría de más ir trabajando sobre un escenario de excedentes y la definición de posibles medidas que nos ayuden a paliar sus efectos.

Concretar objetivos y como alcanzarlos

Con los datos de exportación de 2019 en la mano, ya podemos aseverar que no ha sido un buen año para nuestro comercio exterior en lo referente al sector vitivinícola. Perder un 8% del valor con respecto al año anterior, hasta alcanzar los 2.690,64 M€ en el total de vinos, o un 8,8% si tenemos en cuenta mostos, vinagres y aromatizados, en cuyo caso el total del valor alcanza los 3.014,71 M€; es una pésima noticia, si tenemos en cuenta que nuestro volumen aumentaba un 6,5% y 6,2% respectivamente, hasta situar en 21,242 Mhl los vinos y 27,099 Mhl el total de productos vinícolas.

El porqué de lo sucedido es bastante fácil de imaginar, máxime cuando llevamos muchas campañas evidenciando que cualquier modificación en el volumen de exportación tiene una repercusión, muy similar, pero con signo contrario en el valor. Consecuencia de ello, una fuerte alteración en los precios unitarios que, con un descenso del 13,6% nos devuelve a valores muy parecidos a los del 2017, con un precio medio entonces de 1,24 €/litro frente al 1,27 de este año, o los 1,12 €/litro Vs. 1,11 para el conjunto de productos.

Con estas cifras, no parece muy arriesgado afirmar que nuestro vino, en términos generales, se comporta como una especie de commodity, fuertemente sujeto a los vaivenes de la producción y con un escaso valor añadido que le permita disfrutar de la necesaria estabilidad en los precios para generar verdadero valor añadido.

Cierto es que no todos los productos que componen nuestra cesta de exportación han tenido el mismo comportamiento en sus precios; y que, frente al descenso del 28,6% que han soportado los vinos a granel, tenemos apenas una caída del 3,6% en los envasados. Siendo los tintos con D.O.P. y envasados los únicos que presentan crecimiento (del 2,8%), con un precio unitario en 3,9 €/litro. Dándose la paradoja de ser el mayor precio al que vendemos y con un crecimiento constante en la última década. Luego, podemos concluir que no es el precio lo que justifica la alta variabilidad de nuestras exportaciones.

Otro buen ejemplo lo podríamos tener en los BiB, pues si, como decía anteriormente, los graneles presentan cifras de caída muy notables, si entramos en el detalle de esta categoría, mientras los vinos con indicación de variedad crecen, nada menos que un 36,4%, los que exportamos a granel sin mención de variedad, ni origen (los antiguamente conocidos como vinos de mesa) pierden el 32%.

Lo que no sería muy importante si no fuera porque es precisamente en este tipo de vino, de mesa, en el que concentramos el 54,72% del volumen, mientras que el BiB apenas representa el 1,67% y los vinos con D.O.P. envasados el 15,16%.

Con estos números, que tampoco es que difieran mucho de las de otros años, es relativamente sencillo concluir que debemos cambiar el mix de producto si queremos otorgarle el valor añadido necesario para disfrutar de mayor estabilidad y rentabilidad en todas las fases que componen la cadena de valor.

El problema lo tenemos en concretar: conocer cuál puede ser un objetivo real a corto y largo plazo y establecer una estrategia con medidas concretas con las que alcanzarlos. Lo que a nivel particular de cada una de las bodegas puede resultar complicado, pero no les quiero contar si a la complejidad innata de los mercados le añadimos la heterogeneidad del sector, con elaborados y condiciones de producción que no soportan la más mínima comparación.

Intentar seguir lo hecho por otros países puede resultar necesario para plantearnos qué queremos hacer, pero resulta totalmente insuficiente para saber lo que tenemos que hacer. Las condiciones de mercado, los consumidores, la distribución, momentos de consumo, logística… nada tienen que ver con los de hace una década, ya no les digo con los de hace dos o tres.

Pero, aun así, hay algo que resulta totalmente incuestionable, y es que no podemos permanecer quietos. Solo nosotros tenemos la solución y solo de nosotros depende su éxito.

¡Basta ya!

Han tenido que salir a la calle agricultores y ganaderos con sus tractores y pancartas reclamando un trato justo para sus productos para que el Gobierno se haya puesto manos a la obra y adoptado una serie de medidas encaminadas a evitar la venta a pérdidas y garantizar la existencia y cumplimiento de los contratos.

La tan cacareada cadena de valor, con la formación teórica de los precios, desde el origen hasta el consumidor, se sabe, desde el primer momento de su puesta en marcha, que no era más que una falacia. Una aspiración con la que los diferentes gobiernos han querido justificar su inoperancia en el camino a la ruina de nuestros agricultores y ganaderos y el consecuente vaciado de nuestra España rural.

Ahora, “aseguran” que con esta reforma no se realizará venta alguna en origen que no vaya acompañada de su correspondiente contrato en el que, figure, entre otras, el precio al que es adquirido el producto por el comprador; cosa que, por otro lado, ya era obligatorio en nuestro sector. Y que este no podrá ser inferior a los costes propios de producción. Sin concretar muy bien cuál será la fórmula para fijar esos costes, ya que todos sabemos, y aquí sí que ya me estoy refiriendo solo al sector vitivinícola, que no son los mismos, ni en todas las regiones españolas, ni para todas las variedades, ni para todos los tamaños y grado de mecanización. Establecer un mínimo puede llegar a suponer un importante agravio comparativo entre diferentes explotaciones.

Preocupado y ocupado como está el sector por este asunto, ya en los principios fundacionales de la Interprofesional figuraba la obligación de realizar un estudio independiente que aportara cifras concretas que permitieran fijar ese umbral de rentabilidad. El estudio está hecho y presentado. En él se fijan diferentes precios en función de zona, sistema de cultivo y disponibilidad de agua para riego. Confiemos en que sea un primer paso al que sumar la nueva iniciativa legislativa en este tortuoso camino de la dignificación del campo. Pero, cuidado con las expectativas que nos formemos, porque una de las interprofesionales que “mejor” ha funcionado y más años viene existiendo es la del aceite de oliva; y han sido, precisamente, los olivicultores los que han protagonizado las principales protestas que nos han traído hasta aquí.

La unión nos hace fuertes

Ni es la primera vez, ni seguramente será la última, que los agricultores y ganaderos españoles toman la decisión de salir a la calle para mostrar su hartazgo por una situación de precios que califican de insostenible y ante la que exigen soluciones que van mucho más allá de ayudas y subvenciones. Dotar de contenido a la cadena de valor más allá de discursos bonitos con los que defender su supervivencia, pero carentes de contenido ante la evidencia del empobrecimiento de la parte más débil de la cadena, parece haber llegado a un punto de no retorno.

Aprovechar el momento político actual y valerse de la gran preocupación social que la actual coyuntura rural está teniendo sobre el abandono de muchos de nuestros pueblos entre la ciudadanía; hace que las posibilidades de que en esta ocasión consigan algo más concreto que vagas promesas y discursos grandilocuentes con los que acudir a los mítines pidiendo el voto se multipliquen, hasta poder rozar el sueño de hacerlo realidad, rompiendo la barrera de la demagogia.

Hace unas semanas, hacía referencia, precisamente en estas mismas páginas, a la necesidad imperiosa de que el sector vitivinícola alcanzara acuerdos con los que afrontar de manera conjunta y solidaria los grandes retos que el nuevo mercado exige y ante los que nuestra gran competitividad podría tornarlos en una enorme oportunidad. Pero, para conseguirlo, es necesaria una corresponsabilidad que, hasta ahora, apenas ha traspasado la barrera de lo teórico para acabar chocando con el muro de una realidad en la que cada una de las partes que integran esa cadena de valor con la que deben formarse los precios intenta conseguir sus metas a costa de las otras. La idea de que solo es posible crecer a costa de alguien y que solo cuando alguien pierde yo gano es una realidad ante la que nadie está en poder de señalar a los otros. Solo las circunstancias de cada momento hacen que sean unos u otros los que acaben imponiendo sus condiciones.

Ir de la mano es posible. Hacerlo sin señalar a un colectivo al que convertir en chivo expiatorio, cuya dilapidación pública solucione un problema estructural sectorial, básico. La unión nos hace fuertes. La sensibilidad entre los consumidores nos pone en una situación apropiada y la capacidad de nuestros dirigentes es sobrada. Ya solo falta que los intereses colectivos se impongan a los particulares y no permitamos que quienes son parte del problema no den un paso atrás y eviten erigirse como los grandes salvadores.

Para poder tomar alguna decisión sectorial que ponga fin a esta diabólica espiral es necesario conocer en profundidad los costes de producción de la uva, transformación, comercialización y distribución. Afortunadamente, entre los objetivos de la Organización Interprofesional del Vino de España (OIVE) figuraba precisamente la redacción de un estudio independiente que permitiera conocer los costes de producción de un kilo de uva. Por lo que sabemos, esto ya es mucho más que una intención, el estudio está hecho y en su planteamiento se han analizado diferentes sistemas de cultivo: secano en vaso, secano en espaldera, espaldera en riego…, así como diferentes zonas de producción.

Confiemos en que esta información podamos conocerla y poner fin, de una vez por todas (con cifras contrastadas), a las numerosas dudas que surgen cuando las organizaciones agrarias denuncian que están produciendo a pérdidas, pero la situación se repite año tras año sin que nadie le ponga remedio. Con este estudio sabremos a ciencia cierta cuál es el punto de partida desde el que debe comenzar a formarse la cadena de valor que arroje el precio de nuestros vinos. Lo que, por otro lado, tampoco garantiza nada en una economía de libre mercado, en la que cada uno es libre de vender o comprar al precio que acuerden libremente las partes; y siempre y cuando no se produzcan situaciones de dominio. Pero es un paso importante a partir del cual alcanzar esa fuerza necesaria.

Vino y Dieta Mediterránea, simbiosis perfecta

Sabemos, porque así nos lo hacen saber las empresas que se dedican a estudiar los hábitos de los consumidores y sus criterios en la elección del producto, que las características técnicas han pasado a un segundo plano de importancia en la elección, en beneficio de aquellas relacionadas con las experiencias y emociones. Ya no es imprescindible saber de vino para comprar una botella y sí, en cambio, tener la certeza de que su degustación me va a proporcionar un momento emocionalmente satisfactorio o que quedará en mi recuerdo como un momento inolvidable.

Esto, que dicho así parece muy fácil y sencillo, ni ha estado exento de dificultades a la hora de elevarlo como conclusión, ni han sido pocos los estudios, colectivos y tipos de consumidores a los que ha sido necesario analizar. Como tampoco lo está siendo para las bodegas y organizaciones que las agrupan ser capaces de trasladarlo a hechos y mensajes concretos.

Pero no se han quedado aquí los cambios a los que las bodegas han tenido que amoldarse en los últimos años. La proliferación de canales de comunicación que poco o nada tienen que ver con los tradicionales, los lenguajes a utilizar, el peso de la imagen, incluso una cierta resistencia a admitir que me digan lo que debo hacer… Han hecho que la comunicación en el vino haya sufrido una transformación brutal, imponiéndose mensajes subliminales o recomendaciones de compra.

Encontrar elementos atractivos que transformen las amenazas en oportunidades se ha convertido en el objetivo prioritario de cualquier sector relacionado con el consumo de bienes y servicios. Y el vino no ha sido ajeno a esta circunstancia.

De entre los valores que más peso han adquirido entre los consumidores en sus decisiones de compra está la sensibilidad por las cuestiones relacionadas con el medioambiente y la salud. Dos valores en los que el sector vitivinícola lleva mucho tiempo invirtiendo, al considerarlos una parte intrínseca de su razón de ser, tanto por sus efectos ecológicos en el cultivo o fijación de la población rural, como por los posibles beneficios de un consumo moderado.

Y aquí es donde entra con fuerza la figura de lo que conocemos como Dieta Mediterránea, no tanto como concepto de una pauta nutricional, como en su acepción mucho más amplia y que está relacionada con un estilo de vida más equilibrado en el que se combinan recetas, formas de cocinar, productos, costumbres… incluso actividades diversas como el ejercicio.

Consciente de ello, el sector lleva años apoyándose en la Fundación que lleva su nombre para realizar actividades encaminadas a acercar al consumidor a esa realidad. La última: el Foro que, de la mano de la D.O.P. Cava organizó en el marco de la Barcelona Wine Week y en el que reunieron en dos mesas a lo más representativo del sector. Excelente iniciativa a la que hay que darle continuidad.

Conocimiento e interés por el vino

Uno de los mantras a los que el sector del vino se enfrenta constantemente es el de la “Cultura del Vino”. Parece (o eso al menos se nos hace pensar desde los organismos que desarrollan estudios al respecto) que, si alguna vez conseguimos recuperar una parte del consumo del vino que nos hemos dejado con las dos últimas generaciones, esto vendrá de la mano de un mayor conocimiento global del alimento. O dicho de una manera mucho más coloquial: de mano de la Cultura del Vino.

Su complejidad y las barreras de acceso a su consumo que presenta lo erigen como un producto de complicado acceso, regido por múltiples paradigmas y variables sujetos al estilo de vida y tendencias de consumo.

Lo que contrasta directamente con algunas de las cuestiones planteadas por el estudio “Global trends in wine”, publicado por la consultora Wine Intelligence y en el que se concluye que “los consumidores, muy probablemente, tienen una menor necesidad de retener información sobre el vino, a causa de una mayor accesibilidad de la información inmediata y a mano a través de los dispositivos inteligentes”. Induciendo a pensar que los consumidores “pueden ser más aventureros sin tanta investigación previa”.

Lo que no debería ser necesariamente negativo para nuestros intereses, sino fuera por la escasa inversión realizada por el sector en las nuevas tecnologías y que, según exponía el vicepresidente de Ogilvy España, Jordi Urbea, recientemente en la 2ª Conferencia Catalana de la Comunicación del Vino, nuestras bodegas tienen pendiente “sacarle todo el jugo posible al Big Data con el que poder hacer comunicaciones específicas dirigidas a cada usuario”. Provocando que la elección de los vinos procedentes de países tradicionales como el nuestro, pueda ser percibido de manera negativa por unos consumidores que ni entienden, ni a los que les interesa el pasado más allá de cuestiones muy concretas y solo las experiencias y emociones que aspiran a obtener con cada botella de vino les motivan.

También podría resultar contraproducente para nuestros elaborados el hecho de cómo es percibido el vino por parte de los jóvenes, ya que lo encuadran como una bebida propia de gente mayor, donde la tradición podría no ser siempre un valor positivo y que podría ser una explicación al porqué de la gran evolución, especialmente de las etiquetas, pero también en todo lo que tiene que ver con el packaging.

Claro que, si consideramos otro de los grandes dogmas bajo los que se ha desarrollado la comunicación del vino en estos últimos lustros y que no es otro que el de la sencillez en los mensajes bajo el slogan “me gusta o no me gusta” a la hora de valorar los conocimientos y prejuicios con los que debe enfrentarse un consumidor a la elección de un vino; que los consumidores sepan cada vez menos de vino debería satisfacernos si, como afirma el estudio aludido, en cambio, se interesan más por él.

La conclusión de todo esto parece bastante sencilla y sería algo así como preguntarnos qué queremos desde el sector vitivinícola español: ¿Qué los consumidores cada vez sepan más de nuestros vinos, regiones, denominaciones, marcas o bodegas; o que se beba más y se vendan mejor nuestros vinos?

Como todo en esta vida, no creo que la respuesta sea tan sencilla como a simple vista parece. Está claro que todos queremos vender más y mejor, pero tampoco podemos olvidar que, sin un argumento de elección en el producto escogido que vaya más allá del precio o la novedad, es muy difícil generar la fidelidad suficiente con la que construir la masa crítica necesaria con la que hacer sostenible un negocio.

Muy posiblemente la solución esté en la combinación de estas dos visiones: conocimiento e interés. Definir qué, cómo, cuándo, dónde y quién es lo más difícil, pero hacerlo de una forma solidaria, con un objetivo claro y una estrategia de la que participen y se beneficien todos los integrantes de la cadena de valor es una necesidad cada vez más acuciante.