Llevamos demasiados meses y disponemos de suficiente información para poder asegurar que el sector vitivinícola se enfrenta a un problema que va mucho más allá de cosechas o descensos de los intercambios provocados por circunstancias excepcionales; por más importantes que estas pudieran ser, como conflictos bélicos o la vuelta a políticas proteccionistas. Y, aun asumiendo que nos enfrentamos a cambios de gran calado que requerirían acciones contundentes, seguimos sin tomar medidas.
Asumimos que este ajuste supondrá la salida de muchos viticultores que, ante la imposibilidad de desarrollar una actividad con una rentabilidad mínima que asegure su supervivencia, o desalentados por la falta de relevo ante semejantes perspectivas de futuro, decidan abandonar su cultivo.
Según la Esyrce, la media de superficie de viñedo en la década 2015-2025 fue 953.863 hectáreas; el año 2024 se contabilizaban 927.115 ha y en 2025, con cifras provisionales, 905.099 hectáreas de viñedo total. Es decir, con respecto al pasado año, el área de cultivo descendió casi un 2,4% y en 21.914 hectáreas, mientras que la correspondiente a superficie de uva de transformación bajó en un 2,36% y en 21.502 ha, situándose en 889.470, confirmando la ruptura del suelo de las 900.000 hectáreas después de varios años.
Y, aun así, no sabemos muy bien si por la imposibilidad de contar con recursos económicos con los que llevarla a cabo, por falta de voluntad ante el miedo que el efecto llamada pudiera tener sobre aquellos viticultores que dudan entre seguir o abandonar definitivamente… El caso es que pasan los meses sin que el Ministerio utilice la herramienta que ha puesto a su disposición el “Paquete Vino” y termine por dotar el abandono definitivo de un viñedo que, con ayudas o sin ellas, va a ser (es) una realidad.
Las cifras de las exportaciones españolas de vino durante el primer cuatrimestre de 2026, con caídas del 18,1% en volumen y del 8,3% en valor, confirman que el sector atraviesa un periodo de ajuste, marcado por la debilidad de la demanda internacional y, especialmente, por el desplome de las ventas de vino a granel.
Pero es que los datos interanuales, aun siendo algo menos malos, siguen siendo muy preocupantes. Facturar 2.823,2 millones de euros (-4,6%) y exportar 1.786,6 millones de litros (-6,5%); supone una reducción en 135,6 millones de euros y 124,4 millones de litros respecto al interanual anterior y rompe la barrera de los 1.800 millones de litros.
Siendo el vino a granel el que registra un comportamiento más negativo del conjunto exportador durante el primer cuatrimestre, con una caída del -18% en valor y un -25,8% en volumen, hasta 168,1 millones de euros y 304,9 millones de litros. El vino sin indicación, el de mayor peso, desciende un -30% en volumen y un -20,7% en valor.
No menos preocupante resulta lo que sucede con los vinos con D.O.P. envasados, que presentan el mayor peso específico y registran caídas del -7,8% en valor y del -11,1% en volumen, hasta 353 millones de euros y 65,8 millones de litros.
Sin embargo, entre los datos también emerge un mensaje esperanzador: el precio medio de exportación ha aumentado un 12%, alcanzando los 1,57 euros por litro.
