¿Mapa, Mapama, Magrama,…?

Con todo lo importante que pueda resultar conocer que Luis Planas es el nuevo ministro de Agricultura; mucho más relevante será conocer la estructura del próximo Gobierno. Ya que la separación del Medio Ambiente parece un hecho, la gestión del Agua, supuestamente se irá con él, y no sabemos muy bien qué pasará con la Alimentación. Por lo que el peso de esta cartera se verá fuertemente aligerado.

Aunque mucho más trascendente para el sector vitivinícola que sus competencias, será conocer la sensibilidad que tiene hacia el vino. La experiencia de otros Ejecutivos socialistas nos hace pensar que no siempre ha existido esa sensibilidad y aunque una buena parte de las decisiones que nos afecten vengan impuestas desde Bruselas, son muchas las decisiones que el Gobierno nacional debe tomar y mucho lo que nos puede complicar las cosas.

Sin duda, la próxima ley de menores y el consumo de alcohol, o la modificación de la carga impositiva al vino y al sector, serán temas fundamentales a los que, de una u otra manera, deberá hacer frente. La defensa en Bruselas de la PAC y con ella los Planes de Apoyo al Sector Vitivinícola para todo el cuatrienio, otro asunto nada baladí. Incluso la próxima elección del director de la Organización Internacional de la Viña y el Vino (OIV) a la que, por primera vez en la historia aspiramos con serias posibilidades, podría verse afectada a menos de un mes de que se produzca su elección.

Contar con un Ejecutivo en cuya política progresiva y social encaje el Vino es un asunto que en las próximas horas tendremos la ocasión de ir intuyendo y en los próximos días podremos hacernos una idea mucho más precisa con el nombramiento del segundo y tercer escalón del Ministerio.

Entre tanto, la climatología, o las lluvias y el granizo deberíamos decir porque llevamos más de un mes en el que solo han habido dos días en los que no se han producido alguno de estos episodios en algún punto de nuestra geografía; es el tema que más preocupa. Superado ese primer episodio de los meses otoñales en los que la ausencia generalizada de lluvias hacía tener un año hidrológico nefasto y muy preocupante para las propias necesidades de consumo humano. Ahora la preocupación está en que no ha dejado de caer agua, y en las últimas semanas de manera torrencial. Situación que, al margen de inundaciones ante la cantidad caída en espacios de tiempo muy cortos, está generando una enorme preocupación entre nuestros viticultores ante el excelente caldo de cultivo que ello resulta para la proliferación de enfermedades criptogámicas, especialmente mildiu.

Y es que, a diferencia de los granizos, que se dice ni quitan ni dan cosecha, las enfermedades pueden llegar a suponer un serio problema más allá de lo que ya en sí suponen de gastos los tratamientos con los que hacerles frente; ya que episodios constantes de lluvias suponen tener que repetirlos.

Esta situación también está siendo aprovechada por el mercado, donde las cotizaciones están más o menos contenidas, más en tintos que en blancos, ante la imposibilidad de concretar cuáles serán los efectos que acaben teniendo en la próxima cosecha. De momento parece que todo indica que los efectos de la climatología serán muy positivos, manejándose estimaciones de cosecha claramente por encima de las del pasado año, y de una buena calidad.

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