Unas perspectivas de la CE 2025-2035 poco esperanzadoras

No se puede decir que 2026 haya empezado muy bien.

A la preocupante acción emprendida por Estados Unidos en Venezuela (y que provoca el enésimo “escenario geopolítico complejo”, como ahora se denominan a los conflictos internacionales; cuyas consecuencias, seguro negativas para el comercio mundial del que tanto depende nuestro sector vitivinícola, están por ver). Se unen informes de la categoría del presentado recientemente por la Comisión Europea sobre la actualización anual de las “Perspectivas de las producciones agrícolas 2025-2035”, que va un paso más allá en la calificación del descenso del consumo en la UE y lo sitúa como “estructural”, previendo que seguirá su senda bajista en los próximos años a razón de un 0,9% anual hasta situarse en los 19,3 litros por persona y año en 2035 frente los 21,2 actuales.

Las razones que justificarían esta pérdida, las de siempre: cambios en los hábitos (preocupación por la salud, políticas nacionales antialcohol, creciente competencia de otras bebidas…) y preferencias de los consumidores (predilección por vinos más caros que disminuyen la frecuencia; blancos y espumosos -más frescos, ligeros y fáciles- frente tintos y fortificados…).

En el lado positivo, si es que puede considerarse así, que la pérdida será proporcional al volumen de consumo. Por lo tanto, un país como España, donde el consumo es el más bajo de todos los países productores, perderá menos que Italia, Francia o Alemania.

En el negativo: que esto acarreará una disminución de la producción, a razón de un 0,5% anual y una pérdida de superficie del 0,6% anual. Lo que haría prácticamente irreversible la situación a medio plazo, dadas las condiciones de cultivo que tiene la viña.

Un marco vitivinícola que podríamos calificar de gran pesimismo y que, sin embargo, puede suponer una gran oportunidad para nuestro sector.

Los bajos precios a los que operamos y el gran sacrificio, en forma de baja rentabilidad; “ruinosa” como la califican las organizaciones agrarias, de nuestras producciones vitícolas. Así como los estrechos márgenes bajo los que operan nuestras bodegas (en las que están incluidas las cooperativas), nos sitúan en una posición de competitividad privilegiada.

Y, si bien, hay que reconocer que los miles de millones de euros procedentes de los fondos PASVE (hoy ISV) que hemos dedicado en estos últimos años a mejorarla, no han tenido los resultados esperados. Habrá que confiar en que esto cambie algún día y el recién aprobado “Paquete Vino” acabe siendo el revulsivo que nuestro sector necesita.

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