Si algo parece estar bastante claro en este recién estrenado 2026 es que el sector vitivinícola deberá tomar medidas de forma urgente y contundente.
Urgente porque el desgaste que está sufriendo va mucho más allá de campañas y modas. Así como sus consecuencias, que empiezan a afectar a la propia estructura productiva; desde la superficie de viñedo de uva de trasformación, al número de bodegas, valor de la producción…, con claras afecciones en el consumo interno y las exportaciones.
Contundente y preocupante porque no es un tema que afecte solamente a nuestro país o se limite a la Unión Europea. Se trata de un problema mundial sobre el que influyen cuestiones de índole geopolítica o social de compleja solución y que escapan a las propias posibilidades estrictamente sectoriales.
Y, aunque la Unión Europea, en su trílogo: Comisión, Parlamento y Consejo, con la aprobación de su “Paquete Vino”, ha demostrado estar dispuesta a tomar medidas de manera apremiante; caben serias dudas sobre la eficacia que estas pudieran tener en el mercado y, muchas más sobre la inmediatez con la que empiecen a obtenerse los resultados o la contundencia de estos.
Tampoco es que ayude mucho la nacionalización en la aplicación de las medidas o el copago de algunas de ellas. Pues es sabido que nuestro Ministerio se viene mostrando bastante reacio a destinar fondos nacionales al sector vitivinícola. Ya sea porque no los tiene (argumento repetido hasta la saciedad) o porque los que tiene los prefiere destinar a otro producto que no contenga alcohol.
Sea como sea, se hace más necesaria que nunca la unidad del sector y la elaboración y propagación de un mensaje que ayude a recuperar la esperanza entre los operadores y que evite que se deteriore más la imagen sectorial que estamos trasladando al consumidor.
Nosotros mismos, con continuos mensajes negativos sobre la falta de futuro, el abandono del campo, el empobrecimiento de los operadores, la caída del consumo… estamos consiguiendo forjar una imagen ruinosa, carente de futuro y destinada a soportar una reconversión profunda y traumática que vaya mucho más allá de medidas de reestructuración o reconversión del viñedo, inversiones en bodega o medidas de promoción. Propiciando la búsqueda de cultivos alternativos al viñedo allá donde hasta hace apenas unas décadas no existían; y expulsando a nuestros jóvenes, impidiendo el necesario relevo generacional.
Posiblemente, dentro de unos años, estemos vendiendo nuestros productos a un precio más alto del que lo hacemos actualmente. Pero, muy posiblemente también, lo haremos en una cuantía menor. Evitar que esta pérdida de tejido se convierta en una sangría es nuestra obligación. Más allá de siglas políticas, indicaciones de calidad, diferencias regionales o engañosos bandos enfrentados que no hacen sino empobrecernos.
La crispación y la polarización parecen haberse adueñado de nuestra sociedad y los grises haber dado paso a los blancos o negros. Necesitamos imperiosamente comportarnos como un solo sector, abordar el asunto con generosidad y realismo. Pero, por encima de todo, tomar medidas.

