Durante demasiado tiempo, la respuesta a los excedentes ha sido la misma: mirar al cielo, calcular la cosecha, pedir medidas de crisis y esperar que algún mecanismo público amortigüe las consecuencias. Pero el mercado no funciona a golpe de vendimia ni de subvención. Si el consumidor bebe menos, si determinados vinos pierden atractivo y si las exportaciones retroceden, seguir produciendo como si nada hubiera cambiado es, sencillamente, irresponsable.
Los números son contundentes. España ha exportado en el primer semestre del año 157,1 millones de litros menos que en el mismo periodo de 2025 y ha perdido 118,2 millones de euros de facturación. Y en casa tampoco hay refugio: el consumo ha caído un 7,2%, hasta 9,05 millones de hectolitros. El consumidor español bebe menos y, además, cambia sus preferencias. Los tintos y rosados se desploman un 12,9%, mientras los blancos apenas crecen un 1,2%.
La pregunta no debería ser cuánto vino podemos producir, sino qué vino podemos vender, a quién y con qué margen. Porque una cosecha extraordinaria puede ser una excelente noticia agronómica y una pésima noticia económica. De nada sirve presumir de calidad si después la uva se paga a precios que no permiten vivir al viticultor. El campo no necesita únicamente buenas cosechas: necesita que esas cosechas sean rentables.
El viticultor no puede seguir siendo el pagano de todas las contradicciones del sistema. No puede soportar el coste de una oferta sobredimensionada mientras bodegas, organizaciones y administraciones siguen aplazando decisiones que llevan años siendo evidentes.
Tampoco sirve convertir el arranque de viñedo en la única respuesta. Arrancar puede ser necesario, pero es el reconocimiento final de un fracaso, no una estrategia de futuro. Si se llega continuamente al punto de tener que retirar producción porque no existe demanda suficiente, habrá que preguntarse antes por qué se ha producido de espaldas al mercado.
Los varietales avanzan y también lo hace el bag-in-box. Eso demuestra que el consumidor no ha desaparecido: ha cambiado. El problema es que una parte de la industria continúa intentando venderle el vino que tiene, en lugar de producir y presentarle el vino que quiere comprar.
El exterior tampoco puede utilizarse como excusa. Brasil, por ejemplo, incrementó sus importaciones de vino un 9,1% en volumen durante el primer semestre de 2026. Sin embargo, las ventas españolas allí cayeron un 8,6%. El mercado crece, pero España pierde posiciones.
El problema no es que el mundo haya dejado de beber vino. El problema es que no necesariamente quiere beber el vino que España insiste en ofrecerle.
Ha llegado la hora de dejar de confundir hectolitros con éxito. Una industria que produce mucho y gana poco no es una industria fuerte; es una industria atrapada en su propio modelo.
Seguir haciendo lo mismo esperando resultados diferentes ya no es resistencia. Es negarse a reconocer un problema que nos está matando.
