Ignoro completamente si el nuevo conflicto global en el que nos ha metido nuestro querido presidente Trump va para largo o cuáles las consecuencias, de toda índole, que acabará teniendo sobre nosotros. Desconozco si el precio del petróleo superará la barrera de los ciento cincuenta dólares y cuál la repercusión que sobre el comercio marítimo (fletes) acabará provocando. Pero, de lo que no tengo ninguna duda es de que esto acabará impactando en nuestra renta, en la capacidad adquisitiva de todas las familias y en la composición de la cesta de la compra.
Desde el sector, llevamos mucho tiempo denunciando una caída estrepitosa del consumo. Achacándolo a políticas sanitarias errantes y fuertemente sectarias donde la campaña antialcohol ha tomado el protagonismo; cambios en los hábitos de consumo y alejamiento de los nuevos consumidores a los que no somos capaces de atraer a un consumo siempre moderado e inteligente, que también esa batalla por el autocontrol la hemos intentando ganar, sin mucho éxito, al menos por el momento.
Pero, nos olvidamos con cierta facilidad de que mucho más allá de la botella de vino hay una capacidad económica, una renta, que es la que marca las prioridades en los productos que componen la cesta de la compra. Asumimos, porque no nos ha quedado otra que rendirnos a la más empecinada evidencia de que el vino, podremos haber conseguido que se mantenga en su definición como un alimento; pero que lleva mucho tiempo habiendo dejado de ser parte de nuestra alimentación y, en consecuencia, de nuestro gasto básico.
Cada nuevo conflicto geopolítico, cada barrera comercial en forma de arancel o traba burocrática, cada incremento de la inflación o los impuestos… son unas copas de vino menos que serán consumidas sin la más mínima posibilidad por parte de nuestro sector de evitarlo.
Asumida esta situación, luego vendrá la discusión sobre si, desde el sector, estamos haciendo todo lo posible, si el mensaje es el adecuado, si el público objetivo al que nos dirigimos es el conveniente, si el producto con el que vamos cumple las expectativas y necesidades de los consumidores… Y así un largo etcétera que (totalmente convencido de que no hemos sido capaces de dar una respuesta satisfactoria) resultan secundarias.
¿Significa esto que no debamos hacer nada? ¿Que cruzarnos de brazos y confiar en que la caída de consumo se frene sola y adecuar, entonces, nuestra estructura productiva sea la solución?
Nada más lejos de la realidad. Hay que seguir trabajando para, desde el sector, cambiar las cosas. Pero también debemos ser conscientes de que el entorno, las circunstancias, los imponderables… (llámenlos como quieran), escapan de nuestro ámbito de influencia y sobre ellos definir nuestras estrategias.
Y, lo que es todavía más importante, no venirnos abajo.
El pesimismo y la desilusión se están apoderando de nuestras bodegas y viticultores. El presente es definido como horripilante y el futuro como incierto y con grandes desafíos que traerán, forzosamente, cambios profundos estructurales.
Pero tenemos que seguir confiando en nuestra calidad, profesionales, variedades, potencial… Un sinfín de fortalezas con las que hacer frente a estas amenazas que parecen haber tomado el protagonismo.
