Estar preparados y aprender la lección

Seis meses. Ese es el tiempo que llevamos inmersos en una preocupante caída del consumo, a la que nadie se atreve a poner ahora suelo y que, se teme, podría llevarnos a cifras históricamente bajas, cuando nos enfrentemos a los datos interanuales de marzo, mes en el que se ha producido el ataque a Irán.

La frágil estabilidad geopolítica que envuelve el mundo y las graves consecuencias económicas que ya está teniendo en los bolsillos de los consumidores hacen que el futuro se tiña de negro para un sector que lleva varios años inmerso en una profunda crisis de consumo.

Nunca antes hemos tenido mejor calidad de producto, nunca (sesenta años es tiempo suficiente) menos producción y existencias. Y, aun así, el mercado presenta una nominalidad propia de su inoperancia y falta de confianza en un futuro poco halagüeño.

Sin duda, los acontecimientos que estamos viviendo y la magnitud de la crisis energética en la que nos han situado los conflictos bélicos podrían ser calificados de históricos y llevarnos a niveles de consumo cercanos (o incluso por debajo) a los alcanzados en los peores momentos (febrero’21) de la pandemia, cuando el consumo aparente extraído de los datos del Infovi, cayó hasta los 8,8 Mhl.

Situación que, de manera irremediable, acabará derivando en el abandono de un notable número de hectáreas y el cierre de un considerable número de bodegas. Amén de caída de las exportaciones y acumulación de existencias.

Y, aun así, deberíamos entender que poco, o nada de lo que pudiéramos hacer pondría solución a un problema que nos supera y para el que no tenemos capacidad alguna de abordarlo.

Regodearnos en las malas cifras podría llevarnos a entrar en una peligrosa espiral de pesimismo que tuviera como consecuencia agravar los efectos que irremediablemente se producirán. Confundiendo una situación transitoria con una situación estructural, basada en cambios sociales que resultan completamente ajenos al vino.

Si esto no cambia de manera inmediata (y aun así los efectos de lo que ya está sucediendo tardarán varios meses en recobrar la normalidad), las consecuencias que pudiera tener sobre la economía son inimaginables.

Aspirar a que esta situación no tenga un reflejo directo sobre el consumo de vino, un alimento desplazado de la dieta y centrado en momentos marcados por el disfrute; sencillamente es una utopía en la que no deberíamos caer. Tenemos que estar preparados.

Y, sin embargo, hay algunos aspectos que no deberíamos perder la oportunidad de analizar con cierta profundidad y extraer un mayor aprendizaje de cara posible soluciones.

Dos de ellas, bien podrían ser, primero, la fuerte rigidez de la elasticidad que presenta el vino a la bajada de precios, con muy baja traslación de la reducción de los precios al aumento de ventas. O, segundo, el comportamiento que muestran los vinos por colores a la caída de consumo, que bien podría ser otra. Pues han sido los tintos y rosados los que han concentrado la caída, con una disminución del 7,55% en estos últimos meses, mientras que los blancos apenas pierden el 0,95%. Situando la pérdida del consumo en 474.873 hl (-4,88%).

No nos podemos venir abajo

Ignoro completamente si el nuevo conflicto global en el que nos ha metido nuestro querido presidente Trump va para largo o cuáles las consecuencias, de toda índole, que acabará teniendo sobre nosotros. Desconozco si el precio del petróleo superará la barrera de los ciento cincuenta dólares y cuál la repercusión que sobre el comercio marítimo (fletes) acabará provocando. Pero, de lo que no tengo ninguna duda es de que esto acabará impactando en nuestra renta, en la capacidad adquisitiva de todas las familias y en la composición de la cesta de la compra.

Desde el sector, llevamos mucho tiempo denunciando una caída estrepitosa del consumo. Achacándolo a políticas sanitarias errantes y fuertemente sectarias donde la campaña antialcohol ha tomado el protagonismo; cambios en los hábitos de consumo y alejamiento de los nuevos consumidores a los que no somos capaces de atraer a un consumo siempre moderado e inteligente, que también esa batalla por el autocontrol la hemos intentando ganar, sin mucho éxito, al menos por el momento.

Pero, nos olvidamos con cierta facilidad de que mucho más allá de la botella de vino hay una capacidad económica, una renta, que es la que marca las prioridades en los productos que componen la cesta de la compra. Asumimos, porque no nos ha quedado otra que rendirnos a la más empecinada evidencia de que el vino, podremos haber conseguido que se mantenga en su definición como un alimento; pero que lleva mucho tiempo habiendo dejado de ser parte de nuestra alimentación y, en consecuencia, de nuestro gasto básico.

Cada nuevo conflicto geopolítico, cada barrera comercial en forma de arancel o traba burocrática, cada incremento de la inflación o los impuestos… son unas copas de vino menos que serán consumidas sin la más mínima posibilidad por parte de nuestro sector de evitarlo.

Asumida esta situación, luego vendrá la discusión sobre si, desde el sector, estamos haciendo todo lo posible, si el mensaje es el adecuado, si el público objetivo al que nos dirigimos es el conveniente, si el producto con el que vamos cumple las expectativas y necesidades de los consumidores… Y así un largo etcétera que (totalmente convencido de que no hemos sido capaces de dar una respuesta satisfactoria) resultan secundarias.

¿Significa esto que no debamos hacer nada? ¿Que cruzarnos de brazos y confiar en que la caída de consumo se frene sola y adecuar, entonces, nuestra estructura productiva sea la solución?

Nada más lejos de la realidad. Hay que seguir trabajando para, desde el sector, cambiar las cosas. Pero también debemos ser conscientes de que el entorno, las circunstancias, los imponderables… (llámenlos como quieran), escapan de nuestro ámbito de influencia y sobre ellos definir nuestras estrategias.

Y, lo que es todavía más importante, no venirnos abajo.

El pesimismo y la desilusión se están apoderando de nuestras bodegas y viticultores. El presente es definido como horripilante y el futuro como incierto y con grandes desafíos que traerán, forzosamente, cambios profundos estructurales.

Pero tenemos que seguir confiando en nuestra calidad, profesionales, variedades, potencial… Un sinfín de fortalezas con las que hacer frente a estas amenazas que parecen haber tomado el protagonismo.

La UE muestra su apoyo al sector en un momento delicado

La publicación en el Diario Oficial de la Unión Europea (DOUE) del Reglamento marco 2026/471, por el que modifica determinadas normas de comercialización y medidas de apoyo sectorial en el sector vitivinícola, conocido como “Paquete Vino”, y que comportará la modificación del reglamento de la Organización Común de Mercados (OCM), de los Planes Estratégicos de la PAC (ISV), así como del reglamento de descripción, presentación y etiquetado de productos vitivinícolas, pone punto y final a un largo proceso de negociación entre Comisión, Consejo y Parlamento Europeo cuyo objetivo es convertirse en una herramienta clave con la que el sector vitivinícola europeo pueda hacer frente a los numerosos y transcendentales desafíos que se le presentan.

Entre otros, los cambios en los hábitos de consumo y su descenso, la reducción de superficie y producción, así como hacer frente al reto climático. Buscando un mejor equilibrio entre la oferta y la demanda, mejorando la adaptación al cambio climático, simplificando y armonizando las prácticas de etiquetado, fomentando la innovación, ampliando la flexibilidad de plantación y estimulando las economías rurales.

Cambios legislativos que vienen a sumarse a los acuerdos comerciales recientemente firmados con India e Indonesia, así como con Mercosur, este último, que, según anunció la presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, se aplicará “provisionalmente” una vez ratificado por el bloque de los países latinoamericanos.

La entrada en vigor del “Paquete Vino” se producirá el próximo 18 de marzo, salvo en dos cuestiones: una relativa a la Regla de minimis, que afecta a países con superficie inferior a 10.000 hectáreas y que será efectiva a partir del 19 de marzo de 2030; y otra, esta de mayor calado pues afecta a las denominaciones de la categoría de producto que se haya sometido en su totalidad o en parte a un tratamiento de desalcoholización, dando origen a los términos “sin alcohol”, “reducido en alcohol” y “producido por desalcoholización”; así como la excepción a la mención nutricional para aquellas exportaciones fuera de la Unión Europea que no las exijan. Cuya aplicación no se produciría hasta el 19 de septiembre de 2027.

En otro orden de cosas, destacar la activación, por parte del Ministerio, de la cosecha en verde, con una dotación presupuestaria de 1509 M€ y a aplicar en seis Comunidades Autónomas que son las que la han solicitado.

Una nutrida batería de acuerdos y legislación que desafía con resultar insuficientes, dada la magnitud de los problemas que los conflictos bélicos están ocasionando en la economía mundial. Y cuyos efectos en la microeconomía que afecta a las familias, todavía por cuantificar, amenazan con afectar gravemente al consumo.