Malos datos que no deben sorprendernos

Valorar los datos de consumo aparente que arroja el Infovi de noviembre, la evolución de las exportaciones o la distribución aprobada por la Conferencia Sectorial de Agricultura sobre el reparto autonómico de los las ayudas a los programas de promoción del vino en mercados de terceros países para 2027 (sin tener en cuenta el ambiente de paralización y desánimo que estamos viviendo a nivel mundial, y del que no ha sido ajeno el sector vitivinícola), podría llevarnos a conclusiones que nos hicieran tomar decisiones equivocadas y hundirnos en un pozo de pesimismo que nos dificultara sobreponernos y aprovechar las oportunidades. Que las hay.

Es cierto que todos los datos son negativos y suponen un jarro de agua fría sobre un sector que ya se encontraba desincentivado y con el problema del relevo generacional como una pesada espada de Damocles sobre su cabeza. Pero, no es menos cierto que nuestro país presenta unas condiciones de cultivo de la vid y una competitividad en sus vinos que nos permiten afrontar el futuro con algo más de esperanza que los demás.

Por supuesto que esta situación nos va a traer malas noticias, en forma de hectáreas abandonadas, cierre de bodegas o reducción de cifras de consumo. La clave está en que sean las menos de las posibles y, sobre todo, salir fortalecidos de ellas.

La bajada del consumo aparente de en España hasta los 9,38 millones de hectolitros. Suponiendo un descenso de 395.296 hl (-4%) respecto al interanual a noviembre de 2024, es una realidad negativa en sí misma. Lo es más aún si tenemos en cuenta que esta situación, el de perder consumo, se viene repitiendo durante los tres últimos meses. Pero lo es menos si consideramos que algo parecido está sucediendo en el resto de países tradicionalmente productores.

El desglose por colores muestra un comportamiento, para el caso de los vinos tintos y rosados, de una caída del 2%, hasta situarse en 5,54 millones de hectolitros. En tanto que para los blancos la caída fue del 6,8% respecto al mismo periodo del año anterior, quedando en 3,84 Mhl.

Tampoco las exportaciones nos han aportado buenas noticias en este mes de noviembre, ya que hemos perdido un 1,9% en volumen, bajando de los veinticinco millones de hectolitros, para situarnos en 24,79. Y el 2,0% en valor con una facturación de 3.179,1 millones de euros.

Aunque, quizás, lo más preocupante sea que son todas las categorías, salvo los vinos de licor, las que presentaron datos negativos en comparación con el interanual del año pasado. Con especial incidencia en los vinos tranquilos que caen un 6,2% y 5,5% en volumen y valor respectivamente. Mientras que los espumosos reducen esos porcentajes hasta el 5,7% y 3,4% respectivamente.

Bajo este panorama, nada sorprendente, no es de extrañar que se hayan presentado programadas de promoción en terceros países por valor de 46,6 millones de euros, cuando se disponía de un presupuesto de 55,6 M€. Nueve millones que, aún cumpliéndose todos los programas aprobados (ahora está por ver que las bodegas puedan hacer frente a ese otro 50% que deben ejecutar con fondos propios), se han perdido.

Por un bien mayor

No corren buenos tiempos para el sector vitivinícola.

Lo cierto es que para ninguno.

La llegada al poder del país más poderoso del mundo del presidente Trump ha hecho saltar por los aires el orden mundial que hemos venido construyendo, cuando menos, desde la Segunda Guerra Mundial. Principios tan básicos como la legalidad y el respeto a los acuerdos firmados han sido dinamitados, los contrapoderes definidos para que esto no sucediese aniquilados y, a modo de matón de colegio, las amenazas de invasión y las venganzas y represalias en forma de aranceles se imponen. Poniendo en peligro el equilibrio mundial de fuerzas bajo el que se aseguraba el respeto de las naciones.

Situación que se asemeja bastante a las vividas en otras épocas de nuestra historia de ingrato recuerdo y que ha tenido importantes precursores en algunas de las acciones que últimamente han venido emprendiendo otros líderes de las otras más importantes potencias mundiales. Los que parecen haber llegado al acuerdo de “repartirse el mundo”. Como si hablásemos de un tablero de “Risk”. Partida a la que, bajo el eufemismo de “situaciones geopolíticas”, asistimos el resto de países con la esperanza de no situarnos en su punto de mira.

Y claro que el sector vitivinícola se está viendo afectado, especialmente en el consumo. Cómo no lo va a estar, cuando la seguridad sobre la que se basa el desarrollo y su consiguiente gasto está en cuestión.

Y si es cierto que la situación excede con mucho la capacidad de acción del sector y de sus operadores. Sólo bajo la fortaleza de la unión será posible sobreponernos a estos tiempos tan difíciles que, esperemos en no mucho tiempo, sean sólo una pesadilla que no debiéramos olvidar en muchos años.

Es posible que aquellos que defienden que el consumo de alcohol es perjudicial para la salud desde el primer gramo, tengan razón. Yo prefiero ponerme del lado de aquellos que siguen creyendo en la famosa curva en “J”.

O que la Cultura del Vino y la Dieta Mediterránea no sean más que excusas para justificar el consumo de vino. Aunque tampoco en esto esté de acuerdo.

Pero es que, ahora mismo, lo que cada uno de nosotros pensemos carece de importancia frente a los problemas a los que nos enfrentamos. Y apoyar a los viticultores y bodegueros que hacen posible el mantenimiento de la población en las zonas rurales, la generación de riqueza mediante la economía circular y la minimización de los efectos que sobre nuestra geografía están teniendo los episodios de largas sequías o torrenciales lluvias son objetivos mayores.

Controlar el relato no es suficiente

Si algo parece estar bastante claro en este recién estrenado 2026 es que el sector vitivinícola deberá tomar medidas de forma urgente y contundente.

Urgente porque el desgaste que está sufriendo va mucho más allá de campañas y modas. Así como sus consecuencias, que empiezan a afectar a la propia estructura productiva; desde la superficie de viñedo de uva de trasformación, al número de bodegas, valor de la producción…, con claras afecciones en el consumo interno y las exportaciones.

Contundente y preocupante porque no es un tema que afecte solamente a nuestro país o se limite a la Unión Europea. Se trata de un problema mundial sobre el que influyen cuestiones de índole geopolítica o social de compleja solución y que escapan a las propias posibilidades estrictamente sectoriales.

Y, aunque la Unión Europea, en su trílogo: Comisión, Parlamento y Consejo, con la aprobación de su “Paquete Vino”, ha demostrado estar dispuesta a tomar medidas de manera apremiante; caben serias dudas sobre la eficacia que estas pudieran tener en el mercado y, muchas más sobre la inmediatez con la que empiecen a obtenerse los resultados o la contundencia de estos.

Tampoco es que ayude mucho la nacionalización en la aplicación de las medidas o el copago de algunas de ellas. Pues es sabido que nuestro Ministerio se viene mostrando bastante reacio a destinar fondos nacionales al sector vitivinícola. Ya sea porque no los tiene (argumento repetido hasta la saciedad) o porque los que tiene los prefiere destinar a otro producto que no contenga alcohol.

Sea como sea, se hace más necesaria que nunca la unidad del sector y la elaboración y propagación de un mensaje que ayude a recuperar la esperanza entre los operadores y que evite que se deteriore más la imagen sectorial que estamos trasladando al consumidor.

Nosotros mismos, con continuos mensajes negativos sobre la falta de futuro, el abandono del campo, el empobrecimiento de los operadores, la caída del consumo… estamos consiguiendo forjar una imagen ruinosa, carente de futuro y destinada a soportar una reconversión profunda y traumática que vaya mucho más allá de medidas de reestructuración o reconversión del viñedo, inversiones en bodega o medidas de promoción. Propiciando la búsqueda de cultivos alternativos al viñedo allá donde hasta hace apenas unas décadas no existían; y expulsando a nuestros jóvenes, impidiendo el necesario relevo generacional.

Posiblemente, dentro de unos años, estemos vendiendo nuestros productos a un precio más alto del que lo hacemos actualmente. Pero, muy posiblemente también, lo haremos en una cuantía menor. Evitar que esta pérdida de tejido se convierta en una sangría es nuestra obligación. Más allá de siglas políticas, indicaciones de calidad, diferencias regionales o engañosos bandos enfrentados que no hacen sino empobrecernos.

La crispación y la polarización parecen haberse adueñado de nuestra sociedad y los grises haber dado paso a los blancos o negros. Necesitamos imperiosamente comportarnos como un solo sector, abordar el asunto con generosidad y realismo. Pero, por encima de todo, tomar medidas.

Unas perspectivas de la CE 2025-2035 poco esperanzadoras

No se puede decir que 2026 haya empezado muy bien.

A la preocupante acción emprendida por Estados Unidos en Venezuela (y que provoca el enésimo “escenario geopolítico complejo”, como ahora se denominan a los conflictos internacionales; cuyas consecuencias, seguro negativas para el comercio mundial del que tanto depende nuestro sector vitivinícola, están por ver). Se unen informes de la categoría del presentado recientemente por la Comisión Europea sobre la actualización anual de las “Perspectivas de las producciones agrícolas 2025-2035”, que va un paso más allá en la calificación del descenso del consumo en la UE y lo sitúa como “estructural”, previendo que seguirá su senda bajista en los próximos años a razón de un 0,9% anual hasta situarse en los 19,3 litros por persona y año en 2035 frente los 21,2 actuales.

Las razones que justificarían esta pérdida, las de siempre: cambios en los hábitos (preocupación por la salud, políticas nacionales antialcohol, creciente competencia de otras bebidas…) y preferencias de los consumidores (predilección por vinos más caros que disminuyen la frecuencia; blancos y espumosos -más frescos, ligeros y fáciles- frente tintos y fortificados…).

En el lado positivo, si es que puede considerarse así, que la pérdida será proporcional al volumen de consumo. Por lo tanto, un país como España, donde el consumo es el más bajo de todos los países productores, perderá menos que Italia, Francia o Alemania.

En el negativo: que esto acarreará una disminución de la producción, a razón de un 0,5% anual y una pérdida de superficie del 0,6% anual. Lo que haría prácticamente irreversible la situación a medio plazo, dadas las condiciones de cultivo que tiene la viña.

Un marco vitivinícola que podríamos calificar de gran pesimismo y que, sin embargo, puede suponer una gran oportunidad para nuestro sector.

Los bajos precios a los que operamos y el gran sacrificio, en forma de baja rentabilidad; “ruinosa” como la califican las organizaciones agrarias, de nuestras producciones vitícolas. Así como los estrechos márgenes bajo los que operan nuestras bodegas (en las que están incluidas las cooperativas), nos sitúan en una posición de competitividad privilegiada.

Y, si bien, hay que reconocer que los miles de millones de euros procedentes de los fondos PASVE (hoy ISV) que hemos dedicado en estos últimos años a mejorarla, no han tenido los resultados esperados. Habrá que confiar en que esto cambie algún día y el recién aprobado “Paquete Vino” acabe siendo el revulsivo que nuestro sector necesita.