Una ordenación sectorial que no llega

Una vez hemos asumido que nos enfrentamos a cambios profundos en el consumo de vino, que tendrán consecuencias en su estructura productiva; queda por determinar cuáles serán las medidas que se adopten, el calado de las mismas y si tendrán lugar de una forma ordenada o (como ha sido habitual) de forma discrecional.

De momento, nada parece indicar que las cosas vayan a ser diferentes a los ajustes de otros momentos y nadie parece abanderar esta iniciativa de ordenación que los mercados reclaman con insistencia. Por más que todos coincidan en que resulta ineludible y las consecuencias de no llevarla a cabo pudieran resultar traumáticas para algunas zonas y tipologías de producción.

Nunca antes el sector ha dispuesto de tantos estudios, análisis e información sectorial como en la actualidad para tomar medidas y actuar de forma consecuente. Y, aun así, nada de todo esto parece ser suficiente para que las diferentes organizaciones que representan a los colectivos implicados se pongan manos a la obra y consigan estructurar un plan estratégico que vaya más allá de medidas enfocadas a la recuperación del consumo. Pero que se olvidan de la otra parte de la ecuación, tan importante o más que la primera, como es la ordenación de la producción.

Según el propio avance de producción publicado por el Ministerio de Agricultura correspondiente al mes de enero, la estimación final de la producción vitivinícola 2025/26 ha sido de 32,58 Mhl, lo que representa un 11,5% menos que una campaña antes. Consecuencia (esto no lo dice el avance) de las tres intensas olas de calor de los meses de julio y agosto. Nada que objetar. Pues estamos hablando de una producción agrícola y, como tal, está expuesta a estos avatares.

La alarma no surge por la pérdida de producción, que dicho sea de paso dada la situación de comercialización hasta incluso pudiera considerarse una buena noticia. El problema lo tenemos en su estructura: su viñedo. Ya que, la superficie de la que se han obtenido los 4,48 millones de toneladas de uva (-10’7%) se ha situado, por primera vez, por debajo de las ochocientas mil hectáreas, 798.700 ha. Cuando los datos de superficie de viñedo de uva de vinificación, eran, según el mismo Ministerio, de 903.170 ha. O, dicho de otra manera, por una razón (helada, pedrisco, enfermedades, cosecha en verde…) más de cien mil hectáreas de las que disponíamos para la elaboración de vinos y mostos resultaron improductivas.

Un preludio que nos anuncia lo que sucederá con nuestro potencial vitícola. Abocado a perder ¿cien, doscientas mil hectáreas? Y cuya velocidad y, también cuantía, estará directamente relacionada con la implantación, o no, de la ayuda al abandono que permite el “Paquete Vino”.

Y, a pesar de todo, hay grandes posibilidades

Hay viticultores y bodegueros a los que las cosas les están yendo muy bien en estos últimos tiempos. Quienes con su trabajo son capaces de obtener unos ingresos dignos con los que cubrir costes y obtener un beneficio que permita rentabilizar la inversión y el riesgo que conlleva su actividad.

Y, aunque no sería capaz de concretar cuántos de esos hay (no muchos, desde luego, a juzgar por el desánimo con el que me voy encontrando y la incertidumbre reinante sobre lo que nos puede deparar el futuro). Por más que repitan insistentemente, no sé si porque se lo creen o porque necesitan escucharlo para animarse: “este siempre ha sido un sector en problemas”. Pese a todo ello, hay futuro y grandes oportunidades.

Lo que, repasando la hemeroteca de nuestra publicación, con más de ochenta años a sus espaldas, no es algo que nos suceda por primera vez, ni por segunda, ni por… Pues si algo caracteriza a este sector es que “vivimos en permanente crisis”. Entendiéndose como crisis ese momento de cambio en el que hay que adaptarse.

Quizás es porque nunca hemos sido capaces de adelantarnos a los cambios. Quizás porque el sector es tan variopinto que cuando les va bien a unos, no les va tan bien a otros. Quizás porque las ayudas de la intervención en los mercados requieren de “esos malos momentos”. Quizás porque se trata de un producto más sensible que otros. O, sencillamente, quizás porque es lo que nos afecta directamente.

En los últimos cien años, nos venimos enfrentando a un escaso valor, a una baja rentabilidad… Y en el último medio siglo, también, a una caída del consumo.

Circunstancias que hemos achacado a la atomización del sector, falta de profesionalización como alternativa a la actividad secundaria, la escasez de economías de escala suficientes que nos hicieran más competitivos, información escasa y desfasada del mercado… Y nos hemos planteado insistentemente la alternativa de una mayor concentración y profesionalización. O nos hemos cuestionado si el mapa de variedades era el adecuado a la demanda del mercado para alcanzar una mayor valorización.

Han pasado ¿cincuenta, cuarenta, treinta años? escuchando lo mismo y seguimos igual. Aunque, quizá con una nada despreciable diferencia y es que, cada vez, nuestra estructura sectorial va mermándose y las reservas de hectáreas, bodegas o valor con las que resistir los envites, menguando.

Ahora parece ser la crisis de consumo la que se ha extendido por el mundo entero, no dejando país o región que, en una u otra medida, no esté viéndose afectado. Podemos decir que los problemas se han globalizado.

Y las soluciones, ¿pueden ser globales?

Estamos hablando de cambios sociales que afectan al consumo, de una brecha en la transmisión del conocimiento intergeneracional, en un cambio en la concepción del Vino como alimento a un bien de lujo… De un mercado saturado, consecuencia de una tecnificación que nos ha permitido cultivar donde antes no era posible, obtener rendimientos impensables y calidades muy superiores.

Con superficies, producciones y consumo de los que es imposible saber dónde se sitúa su suelo.

Recuperemos consumidores de tinto

No son datos para tirar cohetes. Mucho menos para dar por resuelto un tema que nos está trayendo de cabeza, y no es previsible que deje de hacerlo en el corto plazo, como es el consumo. Pero, al menos, los datos del consumo aparente que se desprenden del Infovi correspondiente al mes de febrero, presentan una ligera recuperación, poco menos de sesenta y ocho mil hectolitros. Lo que, comparado con lo que llevamos perdido en esta campaña, más de cuatrocientos mil hectolitros (431.980), no es que sea una cifra para alegrarnos, pero sí, al menos, para mirar al futuro con algo más de optimismo y que nos permiten abrazar la idea de una ruptura de tendencia y albergar la esperanza de una recuperación (si no, al menos, pensar que ya hemos tocado fondo).

Una vez más son los tintos los responsables de esta situación. Y, del mismo modo que cuando ha caído el consumo han jugado un papel preponderante en esta pérdida de consumo, en esta ocasión, cuando se recupera, es esta categoría la que lo hace posible con un aumento del 1,22% sobre el dato del mes anterior, en tanto en cuanto, los blancos apenas crecen un 0,07%.

Aspecto, en mi opinión, nada desdeñable si queremos recuperar consumo, ya que, a juzgar por estos datos, no parece que los blancos tengan mucho más recorrido de crecimiento y que tendrán que ser los tintos los que crezcan si queremos volver a cifras de meses anteriores.

Es una cuestión de ¿frescura, ligereza, sencillez, precio…? Que cada uno saque sus propias conclusiones. Pero, que lo haga pronto, porque estos niveles de consumo hacen imposible sostener la actual estructura del sector vitivinícola español y… cuando el problema es estructural, ya sabemos todos por dónde van las medidas que hay que adoptar.

Ahora sólo falta que, en dos semanas, cuando conozcamos los datos de exportación de febrero, estos presenten también un cambio de tendencia en sus cifras. Aunque los conflictos geopolíticos, como han acordado llamar a lo que toda la vida hemos conocido como guerras, no resulten muy favorables.

Pero quién sabe, igual en esta ocasión sí somos capaces de aprovechar el factor “bajo precio” de nuestros vinos para recuperar ventas. Cosa que a la salida de la pandemia no supimos (o pudimos) hacer y hemos tenido que ver cómo todos los demás países productores han crecido mucho más que nosotros. Lo que, por cierto, igual también nos debería hacer reflexionar sobre esa teórica ventaja competitiva de los bajos precios.

La relatividad de las cifras

Al panorama en el que nos estamos desenvolviendo, en el que ya no sólo cambian los hábitos sociales, los momentos de consumo, la alimentación, las bebidas, la ingesta de alcohol… todo lo que de una forma directa afecta al consumo de vino y la tipología de sus producciones; hay que añadir la fuerte convulsión que ha sacudido el orden mundial, con la ruptura de acuerdos que hasta el momento se consideraban líneas rojas y que nos sitúan en un momento de indefinición total. Y, por si no fuera poco, la acumulación de tres cosechas que, a nivel mundial se han situado en la franja baja de los últimos cincuenta años.

Un horizonte al que, esperemos que con cierta celeridad, nos amoldaremos y cuyas consecuencias en el sector vitivinícola, a modo de reajuste de tejido productivo y oferta de productos, veremos en un corto periodo de tiempo.

Estamos hablando de mucho más que de elaborar más blancos que tintos, de hacerlo con un grado alcohólico más contenido, de presentarlos de una manera diferente al mercado o de utilizar otros mensajes en otros medios de comunicarnos con el consumidor. Estamos refiriéndonos a un cambio que deberá responder a las profundísimas transformaciones que están afectando a la sociedad en general.

Las cifras que venimos manejando en los últimos tiempos analizadas de manera individualizada deberían ser calificadas de malísimas. Todo son datos negativos que podrían conducirnos al más oscuro pesimismo. Si no fuera porque en ellos mismos se esconde la realidad de un sector que está en plena crisis de adecuación. Analizar la historia con el punto de vista de la actualidad es dispararnos un tiro en el pie. Es hundirnos en una miseria que ni es cierta, ni supone un cataclismo para el sector.

De los últimos datos de exportación de enero, facilitados por la Organización Interprofesional del Vino de España (OIVE), se evidencia un fuerte retroceso mensual, que consolida la tendencia negativa que se prolonga ya durante cinco meses consecutivos, tanto en valor como en volumen. Con caídas en el valor del -15,1% y del volumen del -21,4%. Contracción que en términos interanuales suponen el -4,9% y -3,3% respectivamente. Situándonos en niveles de cifras por debajo de los 19 millones de hectolitros, lo que supone llevarnos hasta de 2014. Lo que es posible hasta considerar positivo si reflexionamos que, según los datos analizados por Del Rey AWM sobre el comercio internacional en 2025, la pérdida en valor alcanza el -6,3% y el -4,7% en volumen.

Destaca el mejor comportamiento de los graneles frente los envasados, que aumentan en el valor un 5,1% y se mantiene en los mismos niveles de volumen. Mientras los envasados pierden el -7,4% y -7,1% respectivamente. Y, a pesar de estas menos malas cifras, nadie sería capaz de decir que el futuro del sector pasa por un abandono del envasado.

Por categorías sólo resisten el envite del mercado, en lo que respecta al valor en los envasados, los vinos de licor (+1,7%) y el BiB (+0,2%), mientras que son los de I.G.P. (-13,2%), varietales (-9,7%) y con D.O.P. (-7,6%) los que más sufren. Sin que tampoco nadie pueda negar que si con D.O.P. o con I.G.P., estos seguirán siendo los que más fidelización y diferenciación tienen.

Cifras, sin duda, preocupantes que no nos deben hacer perder la vista del Valor como objetivo y la diferenciación como fortaleza.

Preparados para lo que venga

Una de las primeras, si no la primera, cuestiones que todos nos planteamos ante un cambio en el comportamiento de los consumidores es si nos estamos enfrentando a una situación transitoria, motivada por cuestiones puntuales y cuya reversión puede ser más o menos inmediata; o si, por el contrario, responde a cuestiones de un mayor calado y cuyos efectos perdurarán en el medio y largo plazo.

Y, aunque en el sector vitivinícola ya pocos son los que no consideran que los cambios a los que nos estamos enfrentando son de carácter coyuntural, y su adecuación requerirá medidas de hondo calado. No todos (o al menos no se pronuncian al respecto) llegan a asumir públicamente que sus consecuencias afectarán directamente a la superficie de viñedo. Y que sólo con cambios de la magnitud de la disminución del potencial de producción, como supone el arranque del viñedo, será posible hacer frente a la actual situación de disminución de consumo que estamos viendo en las cifras de consumo interno y comercio exterior.

Cómo de profunda puede ser esta crisis, definida esta como momento de cambio sustancial, y qué número de bodegas, viticultores, superficie e incluso cooperativas se va a llevar por delante es la gran incógnita a la que nadie es capaz de “ponerle el cascabel”.

Para lo bueno y para lo malo, el sector vitivinícola mundial no está inmerso en un modelo económico dirigido y, consecuentemente, es imposible ordenar el cambio. Si bien, sí podría ser posible contar con análisis y estrategias que, a cada uno de los colectivos, les permitieran tomar medidas que fueran en la misma dirección y persiguieran los mismos objetivos.

Perder hectáreas y despoblar pueblos son realidades a los que nos deberemos enfrentar irremediablemente. Hacerlo de una forma ordenada podría ser, además de más eficiente, menos traumático.

Francia, según los datos consolidados por FranceAgriMer, eliminará cerca de 28.000 hectáreas, un 3,6% de las 766.608 con las que cuenta actualmente. Si bien el plan nacional de arranque aprobado afectaría a 32.500 hectáreas y su dotación alcance los 130 millones de euros (4.000 euros por hectárea)

Con datos tan preocupantes como que el departamento de La Gironda (Burdeos) concentre el 28% de esas solicitudes de abandono y Gard (Côtes-du-Rhone) el 12%. Siendo las hectáreas dedicadas a la elaboración de vinos tintos las que acumulan el 83% de las hectáreas que desaparecerán y el 65% operen amparados por algún sello de Indicación de Calidad (denominación de origen).