Al panorama en el que nos estamos desenvolviendo, en el que ya no sólo cambian los hábitos sociales, los momentos de consumo, la alimentación, las bebidas, la ingesta de alcohol… todo lo que de una forma directa afecta al consumo de vino y la tipología de sus producciones; hay que añadir la fuerte convulsión que ha sacudido el orden mundial, con la ruptura de acuerdos que hasta el momento se consideraban líneas rojas y que nos sitúan en un momento de indefinición total. Y, por si no fuera poco, la acumulación de tres cosechas que, a nivel mundial se han situado en la franja baja de los últimos cincuenta años.
Un horizonte al que, esperemos que con cierta celeridad, nos amoldaremos y cuyas consecuencias en el sector vitivinícola, a modo de reajuste de tejido productivo y oferta de productos, veremos en un corto periodo de tiempo.
Estamos hablando de mucho más que de elaborar más blancos que tintos, de hacerlo con un grado alcohólico más contenido, de presentarlos de una manera diferente al mercado o de utilizar otros mensajes en otros medios de comunicarnos con el consumidor. Estamos refiriéndonos a un cambio que deberá responder a las profundísimas transformaciones que están afectando a la sociedad en general.
Las cifras que venimos manejando en los últimos tiempos analizadas de manera individualizada deberían ser calificadas de malísimas. Todo son datos negativos que podrían conducirnos al más oscuro pesimismo. Si no fuera porque en ellos mismos se esconde la realidad de un sector que está en plena crisis de adecuación. Analizar la historia con el punto de vista de la actualidad es dispararnos un tiro en el pie. Es hundirnos en una miseria que ni es cierta, ni supone un cataclismo para el sector.
De los últimos datos de exportación de enero, facilitados por la Organización Interprofesional del Vino de España (OIVE), se evidencia un fuerte retroceso mensual, que consolida la tendencia negativa que se prolonga ya durante cinco meses consecutivos, tanto en valor como en volumen. Con caídas en el valor del -15,1% y del volumen del -21,4%. Contracción que en términos interanuales suponen el -4,9% y -3,3% respectivamente. Situándonos en niveles de cifras por debajo de los 19 millones de hectolitros, lo que supone llevarnos hasta de 2014. Lo que es posible hasta considerar positivo si reflexionamos que, según los datos analizados por Del Rey AWM sobre el comercio internacional en 2025, la pérdida en valor alcanza el -6,3% y el -4,7% en volumen.
Destaca el mejor comportamiento de los graneles frente los envasados, que aumentan en el valor un 5,1% y se mantiene en los mismos niveles de volumen. Mientras los envasados pierden el -7,4% y -7,1% respectivamente. Y, a pesar de estas menos malas cifras, nadie sería capaz de decir que el futuro del sector pasa por un abandono del envasado.
Por categorías sólo resisten el envite del mercado, en lo que respecta al valor en los envasados, los vinos de licor (+1,7%) y el BiB (+0,2%), mientras que son los de I.G.P. (-13,2%), varietales (-9,7%) y con D.O.P. (-7,6%) los que más sufren. Sin que tampoco nadie pueda negar que si con D.O.P. o con I.G.P., estos seguirán siendo los que más fidelización y diferenciación tienen.
Cifras, sin duda, preocupantes que no nos deben hacer perder la vista del Valor como objetivo y la diferenciación como fortaleza.
