Aunque podríamos enumerar unos cuantos más elementos de primer orden de importancia, como el confinamiento de la población consecuencia de una pandemia mundial. “Conflictos geopolíticos”, un eufemismo para lo que siempre han sido, llanamente, guerras. U otras cuestiones derivadas del giro radical del “orden mundial” motivado por el incumplimiento discrecional de quien se cree el amo del mundo.
El caso es que ya nada es “como antes” y que esto está teniendo un claro reflejo en el consumo y nuestro sector.
Un sector vitivinícola que, ya de por sí, estaba sufriendo una importante revolución en su consumo, principalmente como consecuencia de un relevo generacional que cambios sociales truncaron. Así como importantes transformaciones en la propia estructura productiva (viñedo y bodegas), incentivadas por la misma necesidad de dotarse de herramientas con las que girar la mirada del sector al consumidor, pero que provocó efectos colaterales como pudiera ser el aumento desmesurado de una producción para la que no se había previsto su colocación.
Hasta la propia globalización, bajo la que se desarrolló el comercio de finales del siglo XX y la gran mayoría de lo que llevamos del XXI, se vio truncada, volviendo a los principios imperantes, de la primera mitad del pasado siglo, basados en el proteccionismo.
Bajo este entorno, ¿hay alguien que todavía piense que no es necesario revisar las políticas y estrategias definidas hace apenas cinco años?
Esgrimimos la valorización como tabla de salvación y objetivo por el que pasa el porvenir de nuestro futuro. Pero no sólo nosotros. Todos los productores del mundo lo están haciendo. También los de Champagne que son los que tienen un precio medio por sus vinos más alto del mundo (que no los ha librado de una profunda crisis).
Conscientes de esta situación la Unión Europea ha tomado cartas en el asunto y el Consejo de la UE del pasado día 23 adoptaba el Reglamento sobre un marco de modernización que haga al sector más competitivo, resiliente y orientado al futuro,
Mirando hacia los “nuevos consumidores” incluye los vinos con menor graduación alcohólica. Una desnaturalización de nuestros vinos, que persigue un producto “más frescos”, ligero y con menos alcohol, mucho menos alcohol; hasta nada de alcohol.
Y, muy posiblemente, estemos en lo correcto y de igual forma que cuando, en 2008, nos enfrentamos al arranque de trescientas mil hectáreas con la que nos amenazaban desde Bruselas, bajo el argumento de que destinar seis o siete millones de hectolitros para la obtención de alcohol vínico no se podía considerar una “utilización” sino la retirada de un producto para la que no había mercado; la elaboración de productos de “bajo contenido alcohólico” pueda ser una solución a los excedentes actuales.
Pero, cuidado, no vaya a ser que, cuando haya mercado para este tipo de producto, la consecuencia no vaya a ser que se incremente la producción de vinos de bajísima calidad y los rendimientos aumenten, puesto que lo contrario (elevada calidad y rendimientos controlados) no es fundamental para su nuevo destino bajo en (o sin) alcohol.
