Un cambio de modelo orientado hacia la diferenciación

Ante la transformación que atraviesa el sector vitivinícola resulta fundamental buscar hechos diferenciadores que le otorguen valor a nuestras producciones. El futuro del vino pasa por la identidad territorial, las variedades autóctonas y la generación de valor, más que por el aumento del volumen de producción.

El tradicional lugar que el vino ocupaba en la cultura y la alimentación de países mediterráneos como España en las últimas décadas no volverá. Y este descenso de consumo explicado por cambios sociales, nuevos hábitos de vida, una mayor preocupación por la salud y la competencia de otras bebidas, no debiera entenderse únicamente como una amenaza, sino como una oportunidad para redefinir el modelo productivo y comercial del sector.

Frente a un mercado donde el consumidor bebe menos, pero exige más calidad, autenticidad y conexión emocional con el producto, el sector debe apostar por vinos diferenciados y con mayor valor añadido. En este contexto, las denominaciones de origen adquieren un papel fundamental, ya que representan no sólo una garantía de calidad, sino también la historia, la cultura y el conocimiento acumulado de cada territorio. Una denominación fuerte puede incrementar el prestigio de una región, elevar el precio medio de los vinos y mejorar la rentabilidad de toda la cadena productiva, especialmente de los viticultores.

Condiciones de mercado muy diferentes a las actuales incentivaron que muchas variedades autóctonas fueran sustituidas por otras de carácter internacional. Más productivas y comercialmente reconocidas, lo que provocó una homogeneización de la oferta mundial. Actualmente, numerosas bodegas están recuperando variedades tradicionales adaptadas a las condiciones de cada territorio. Estas cepas aportan singularidad, autenticidad y una mejor adaptación climática, algo especialmente relevante ante los efectos del cambio climático.

Las denominaciones de origen son un ejemplo de esta riqueza varietal, gracias a cepas autóctonas, con las que es posible elaborar vinos únicos, difíciles de reproducir en otras regiones y alineados con la creciente demanda de productos auténticos y ligados al origen.

El vino no sólo tiene una dimensión económica, sino especialmente social y cultural. El viñedo ayuda a conservar paisajes, mantener tradiciones, fijar población rural y fomentar actividades como el enoturismo. Cada vez más consumidores buscan experiencias relacionadas con el vino, la gastronomía y el patrimonio cultural, lo que amplía las posibilidades de desarrollo del sector.

Resulta fundamental abandonar el modelo basado en precios bajos y grandes volúmenes, cada vez menos viable. Apostando por productos de mayor valor añadido, al tiempo que avanzamos en la comunicación, digitalización y fortalecemos la presencia internacional de los vinos españoles.

España cuenta con todos los recursos necesarios para liderar este cambio gracias a su diversidad climática, riqueza varietal y tradición vitivinícola. El objetivo debe ser construir un sector más prestigioso y rentable, basado en la autenticidad, el territorio y el valor cultural del vino.

Una de las transformaciones más profundas

Los últimos datos de la Organización Internacional de la Viña y el Vino muestran un escenario marcado por la reducción continuada de la superficie de viñedo, una producción claramente inferior a la media histórica y un desplome progresivo del consumo mundial, que en 2025 cayó hasta los 208 millones de hectolitros, el nivel más bajo desde 1957.

El retroceso del viñedo mundial refleja un ajuste estructural del sector. La superficie global cultivada descendió por sexto año consecutivo hasta situarse en torno a los siete millones de hectáreas. Países históricamente productores, como Francia, Estados Unidos o Australia, han acelerado programas de arranque de viñas para adaptar la oferta a una demanda cada vez más débil. Esta contracción no responde únicamente a razones económicas; también influyen los efectos del cambio climático, con sequías prolongadas, olas de calor, heladas tardías y fenómenos meteorológicos extremos que han reducido la rentabilidad y dificultado la estabilidad productiva.

La producción mundial de vino permanece igualmente en niveles anormalmente bajos. En 2025 se situó en torno a los 227 millones de hectolitros, apenas por encima del mínimo histórico registrado en 2024 y claramente por debajo de la media de los últimos años. La combinación entre menores rendimientos agrícolas y ajuste deliberado de la oferta ha provocado tres campañas consecutivas de cosechas reducidas. Europa, principal región vitivinícola del planeta, ha sido especialmente golpeada por episodios climáticos adversos, mientras que en otros mercados productores la incertidumbre comercial y el exceso de existencias han frenado nuevas inversiones.

Sin embargo, el principal desafío del sector se encuentra hoy en el consumo. El vino pierde peso dentro de los hábitos sociales y alimentarios, especialmente entre las generaciones jóvenes. El consumidor actual bebe menos alcohol, prioriza estilos de vida más saludables y muestra una preferencia creciente por bebidas alternativas como cerveza premium, combinados, bebidas funcionales o productos sin alcohol. A ello se suma la inflación acumulada de los últimos años y la pérdida de poder adquisitivo en numerosos países, factores que han reducido el gasto en productos considerados no esenciales.

El comercio internacional también refleja esta desaceleración global. En 2025 las exportaciones mundiales de vino descendieron un 4,7% en volumen y un 6,7% en valor, hasta los 94,8 millones de hectolitros y 33.800 millones de euros respectivamente. Las tensiones comerciales, los nuevos aranceles impulsados por Estados Unidos y la debilidad de la demanda en mercados maduros han deteriorado los intercambios internacionales. Aunque el valor medio del vino exportado sigue siendo elevado respecto a la etapa prepandemia, el dinamismo del comercio mundial se ha debilitado de forma evidente.

El sector vitivinícola afronta así un cambio de ciclo. La industria ya no se enfrenta únicamente a fluctuaciones coyunturales, sino a una transformación estructural del consumo y de los modelos de producción. Adaptación climática, sostenibilidad, innovación y diversificación serán claves para determinar qué regiones y empresas logran mantenerse competitivas en un mercado mundial cada vez más reducido y exigente. Para los que no sé si estamos debidamente preparados.

El futuro no pasa por la sustitución, sino por la ampliación

El sector vitivinícola está viviendo una transformación profunda, impulsada por los cambios en los hábitos de consumo, especialmente entre las nuevas generaciones. Hoy el consumidor busca experiencias más flexibles, informales y adaptadas a nuevos estilos de vida. En este contexto, surgen nuevos momentos de consumo donde el vino necesita evolucionar para seguir siendo relevante.

La clave ya no es únicamente la comida o la celebración formal. El consumidor actual busca bebidas más ligeras, refrescantes y versátiles para compartir en terrazas, encuentros informales, eventos al aire libre o momentos de ocio vinculados al aperitivo y al tardeo. Precisamente ahí es donde formatos como los “spritz” y los vinos parcialmente desalcoholizados están adquiriendo un protagonismo creciente.

Los “spritz” representan una nueva forma de acercar el vino a consumidores que valoran frescura, menor graduación alcohólica y perfiles aromáticos más accesibles. Su éxito no responde únicamente a una moda pasajera, sino a un cambio estructural en la manera de consumir bebidas. Son productos asociados a experiencias sociales, desenfadadas y mediterráneas, capaces de conectar especialmente con públicos jóvenes que buscan alternativas más ligeras y fáciles de consumir.

Lejos de representar una amenaza para el vino tradicional, los “spritz” podrían convertirse en una puerta de entrada hacia la cultura vitivinícola. Permiten acercar el vino a consumidores que quizá no se sienten identificados con códigos demasiado técnicos o clásicos. Además, ofrecen una enorme capacidad de innovación para las bodegas y denominaciones de origen, permitiendo desarrollar propuestas adaptadas a nuevos contextos de consumo sin perder la conexión con el territorio y la calidad.

En paralelo, el crecimiento de los vinos parcialmente desalcoholizados refleja otra gran tendencia internacional: el interés por un consumo más moderado y equilibrado. Cada vez más consumidores quieren disfrutar del vino manteniendo hábitos de vida saludables y compatibles con actividades profesionales, deportivas o sociales. Esto no significa renunciar al placer, sino adaptar el producto a nuevas demandas.

La innovación tecnológica está permitiendo elaborar vinos parcialmente desalcoholizados con perfiles aromáticos y cualitativos cada vez más atractivos. Este segmento abre oportunidades importantes para ampliar ocasiones de consumo y llegar a públicos que hasta ahora estaban alejados del vino tradicional. Las denominaciones de origen y las bodegas tienen ante sí el reto de integrar estas nuevas categorías sin perder autenticidad ni identidad. El objetivo no debe ser sustituir el vino clásico, sino ampliar el universo del vino y adaptarlo a una sociedad que consume de forma diferente.

¿Cuánto tiempo podemos estar lamentándonos sin tomar medidas?

Según los últimos datos publicados por el Ministerio de Agricultura (MAPA) sobre la Encuesta de Cánones de Arrendamiento Rústico referidos al año 2024 (base 2020), el precio del arrendamiento de viñedo de vinificación en secano bajó un 3,5% respecto al año anterior. Siendo la Comunidad Valenciana (-45,7%) la que peor comportamiento presentó, seguida de Cataluña (-6,9%) y Castilla-La Mancha (-2,3%). En el lado positivo destaca la subida de Castilla y León (+21,3%), Comunidad de Madrid (+16,5%) y más moderadas en Galicia (+7,4%), Canarias (+4,1%), País Vasco (+3,4%) y Aragón (+1,5%).

Si hablamos de viñedo en regadío, por encima del arrendamiento medio (734,7 €/ha) la que más destaca es Castilla y León, con una media de 1.305 €/ha; seguida de la Región de Murcia, con 1.300 €/ha (dato que podría estar distorsionado por la uva de mesa) y Castilla-La Mancha, con 748,9 €/ha de media. Y, por debajo de la media, volvemos a encontrar a la C. Valenciana (579,5 €/ha); Navarra (482,2 €/ha); Extremadura (397 €/ha) y La Rioja (356,7 €/ha).

Cifras que, junto con la de superficie de uva de vinificación con la que se obtuvo efectivamente la cosecha del 2025 (798.700 hectáreas) o la de superficie vitícola plantada de la campaña 2024/25 (903.170 ha), no dejan ninguna duda sobre el problema de abandono de superficie al que nos enfrentamos y las graves amenazas que supone para algunas zonas de nuestra geografía.

Tampoco las conclusiones extraídas del informe “Análisis de las exportaciones agroalimentarias 2025”, elaborado recientemente por Cajamar, en el que se constata un nuevo retroceso de las ventas exteriores en valor del 2,5%, frente al crecimiento del 2% registrado el año anterior, en un contexto de desaceleración global del consumo y del comercio del vino. En el que sitúa nuevamente al vino entre los segmentos más rezagados dentro del conjunto agroalimentario español, cuyas exportaciones crecieron un 4% en el mismo ejercicio. Evolución que confirma una tendencia de fondo caracterizada por un crecimiento limitado y una pérdida progresiva de peso relativo dentro del comercio exterior.

Nos lo pone mucho mejor.

Porque del consumo, ¿para qué seguir hablando?

Con caídas, según los datos de Nielsen IQ a TAM Enero’26, en la Hostelería del -0,1% en valor y -0,4% en volumen, mientras que la Alimentación pierde un -0,9% en valor y -3,8% en volumen. Manteniendo esta un mayor peso, el 56,3% del valor y el 64,1% del volumen total. Y un retroceso (-13,1%) del “tercer canal” que representa 3,06 Mhl, que añade presión al conjunto del mercado. Configurando un escenario en el que la evolución del consumo interno responde tanto a factores coyunturales (inflación, conflictos geopolíticos, barreras al comercio…) como a cambios estructurales en los hábitos de consumo y en la elección de canales.

Podemos seguir confiando en que la solución vendrá desde las medidas contempladas en el “Paquete Vino”, o que el paso del tiempo acabará por solucionarlo todo. Pero a lo único a lo que con total certeza nos conducirá, será a un empobrecimiento del sector y a un agravamiento de las consecuencias que sobre la estructura vitivinícola española debamos soportar.

La calidad y el potencial de nuestro sector está fuera de toda duda. La capacidad de nuestros operadores en ordenar esos cambios es, cuando menos, cuestionable.