¿Cuánto tiempo podemos estar lamentándonos sin tomar medidas?

Según los últimos datos publicados por el Ministerio de Agricultura (MAPA) sobre la Encuesta de Cánones de Arrendamiento Rústico referidos al año 2024 (base 2020), el precio del arrendamiento de viñedo de vinificación en secano bajó un 3,5% respecto al año anterior. Siendo la Comunidad Valenciana (-45,7%) la que peor comportamiento presentó, seguida de Cataluña (-6,9%) y Castilla-La Mancha (-2,3%). En el lado positivo destaca la subida de Castilla y León (+21,3%), Comunidad de Madrid (+16,5%) y más moderadas en Galicia (+7,4%), Canarias (+4,1%), País Vasco (+3,4%) y Aragón (+1,5%).

Si hablamos de viñedo en regadío, por encima del arrendamiento medio (734,7 €/ha) la que más destaca es Castilla y León, con una media de 1.305 €/ha; seguida de la Región de Murcia, con 1.300 €/ha (dato que podría estar distorsionado por la uva de mesa) y Castilla-La Mancha, con 748,9 €/ha de media. Y, por debajo de la media, volvemos a encontrar a la C. Valenciana (579,5 €/ha); Navarra (482,2 €/ha); Extremadura (397 €/ha) y La Rioja (356,7 €/ha).

Cifras que, junto con la de superficie de uva de vinificación con la que se obtuvo efectivamente la cosecha del 2025 (798.700 hectáreas) o la de superficie vitícola plantada de la campaña 2024/25 (903.170 ha), no dejan ninguna duda sobre el problema de abandono de superficie al que nos enfrentamos y las graves amenazas que supone para algunas zonas de nuestra geografía.

Tampoco las conclusiones extraídas del informe “Análisis de las exportaciones agroalimentarias 2025”, elaborado recientemente por Cajamar, en el que se constata un nuevo retroceso de las ventas exteriores en valor del 2,5%, frente al crecimiento del 2% registrado el año anterior, en un contexto de desaceleración global del consumo y del comercio del vino. En el que sitúa nuevamente al vino entre los segmentos más rezagados dentro del conjunto agroalimentario español, cuyas exportaciones crecieron un 4% en el mismo ejercicio. Evolución que confirma una tendencia de fondo caracterizada por un crecimiento limitado y una pérdida progresiva de peso relativo dentro del comercio exterior.

Nos lo pone mucho mejor.

Porque del consumo, ¿para qué seguir hablando?

Con caídas, según los datos de Nielsen IQ a TAM Enero’26, en la Hostelería del -0,1% en valor y -0,4% en volumen, mientras que la Alimentación pierde un -0,9% en valor y -3,8% en volumen. Manteniendo esta un mayor peso, el 56,3% del valor y el 64,1% del volumen total. Y un retroceso (-13,1%) del “tercer canal” que representa 3,06 Mhl, que añade presión al conjunto del mercado. Configurando un escenario en el que la evolución del consumo interno responde tanto a factores coyunturales (inflación, conflictos geopolíticos, barreras al comercio…) como a cambios estructurales en los hábitos de consumo y en la elección de canales.

Podemos seguir confiando en que la solución vendrá desde las medidas contempladas en el “Paquete Vino”, o que el paso del tiempo acabará por solucionarlo todo. Pero a lo único a lo que con total certeza nos conducirá, será a un empobrecimiento del sector y a un agravamiento de las consecuencias que sobre la estructura vitivinícola española debamos soportar.

La calidad y el potencial de nuestro sector está fuera de toda duda. La capacidad de nuestros operadores en ordenar esos cambios es, cuando menos, cuestionable.