Hay viticultores y bodegueros a los que las cosas les están yendo muy bien en estos últimos tiempos. Quienes con su trabajo son capaces de obtener unos ingresos dignos con los que cubrir costes y obtener un beneficio que permita rentabilizar la inversión y el riesgo que conlleva su actividad.
Y, aunque no sería capaz de concretar cuántos de esos hay (no muchos, desde luego, a juzgar por el desánimo con el que me voy encontrando y la incertidumbre reinante sobre lo que nos puede deparar el futuro). Por más que repitan insistentemente, no sé si porque se lo creen o porque necesitan escucharlo para animarse: “este siempre ha sido un sector en problemas”. Pese a todo ello, hay futuro y grandes oportunidades.
Lo que, repasando la hemeroteca de nuestra publicación, con más de ochenta años a sus espaldas, no es algo que nos suceda por primera vez, ni por segunda, ni por… Pues si algo caracteriza a este sector es que “vivimos en permanente crisis”. Entendiéndose como crisis ese momento de cambio en el que hay que adaptarse.
Quizás es porque nunca hemos sido capaces de adelantarnos a los cambios. Quizás porque el sector es tan variopinto que cuando les va bien a unos, no les va tan bien a otros. Quizás porque las ayudas de la intervención en los mercados requieren de “esos malos momentos”. Quizás porque se trata de un producto más sensible que otros. O, sencillamente, quizás porque es lo que nos afecta directamente.
En los últimos cien años, nos venimos enfrentando a un escaso valor, a una baja rentabilidad… Y en el último medio siglo, también, a una caída del consumo.
Circunstancias que hemos achacado a la atomización del sector, falta de profesionalización como alternativa a la actividad secundaria, la escasez de economías de escala suficientes que nos hicieran más competitivos, información escasa y desfasada del mercado… Y nos hemos planteado insistentemente la alternativa de una mayor concentración y profesionalización. O nos hemos cuestionado si el mapa de variedades era el adecuado a la demanda del mercado para alcanzar una mayor valorización.
Han pasado ¿cincuenta, cuarenta, treinta años? escuchando lo mismo y seguimos igual. Aunque, quizá con una nada despreciable diferencia y es que, cada vez, nuestra estructura sectorial va mermándose y las reservas de hectáreas, bodegas o valor con las que resistir los envites, menguando.
Ahora parece ser la crisis de consumo la que se ha extendido por el mundo entero, no dejando país o región que, en una u otra medida, no esté viéndose afectado. Podemos decir que los problemas se han globalizado.
Y las soluciones, ¿pueden ser globales?
Estamos hablando de cambios sociales que afectan al consumo, de una brecha en la transmisión del conocimiento intergeneracional, en un cambio en la concepción del Vino como alimento a un bien de lujo… De un mercado saturado, consecuencia de una tecnificación que nos ha permitido cultivar donde antes no era posible, obtener rendimientos impensables y calidades muy superiores.
Con superficies, producciones y consumo de los que es imposible saber dónde se sitúa su suelo.

