Mucho más allá del consumo

Son innumerables las ocasiones en las que desde estas mismas páginas nos hemos referido a la necesidad de recuperar el consumo de vino en España. Y no ya tanto por el hecho de qué hacer con nuestros cincuenta millones de hectolitros que potencialmente tenemos, sino más bien por el peso cultural que en nuestra sociedad tiene.

Vender el vino (o cuántos productos y subproductos podamos obtener de las uvas) lo haremos de una manera u otra. Conseguiremos mejor precio y unas rentabilidades que nos permitan considerar al viñedo como un patrimonio familiar o simplemente un cultivo sostenido en el recuerdo de nuestros ascendientes. Pero lo haremos.

Necesitaremos depósitos y barricas donde almacenar lo no vendido en una cosecha para darle salida en la siguiente. O, por el contrario, habrá que acortar los periodos de crianza con el fin de atender la demanda. Pero acabaremos dándoles salida.

Nuestras afamadas zonas productoras seguirán abriéndose un hueco cada vez mayor en el mercado internacional avalado en la calidad y reconocimiento de sus vinos.

De igual manera, los grandes y cualificados empresarios vitivinícolas encontrarán la forma de hacer de sus bodegas rentables negocios con dividendos suculentos que hagan interesante su inversión.

Y hasta es posible que siga formando parte de nuestro acervo popular y familiar su presencia en los momentos extraordinarios de celebración.

Al fin y al cabo no podemos olvidar que nada, ni nadie, obliga a un viticultor a serlo, ni a una bodega a mantener su actividad. Si unos y otros lo hacen es porque existen razones que así lo recomiendan.

El problema está en que si esas razones están muy alejadas de las económicas de rentabilidad y sostenibilidad, las cosas se complican mucho y hacen muy difícil que su supervivencia se sostenga en el tiempo.

Sabemos, porque estamos cansados de oírlo, e incluso comprobarlo en algún otro sector, que las tradiciones están muy bien y conforman y un patrimonio cultural a proteger, pero que suponen un coste económico muy alto que los ciudadanos no están dispuestos a asumir de manera individualizada.

Cuando se produjo la modificación de la OCM vitivinícola y se establecieron los planes de apoyo al sector nacionales ya denunciamos que si se quería mantener el viñedo en algunas zonas que no eran rentables por una cuestión medioambiental, sería necesario establecer una ayuda para ello.

Ahora, o desde hace ya varios lustros, pero de forma mucho más evidente ahora con la entrada en funcionamiento de la Organización Interprofesional del Vino de España (OIVE) y su extensión de norma que hace obligatoria su contribución; el sector debe tomar medidas y definir lo que quiere que sea su futuro.

Realizar campañas de recuperación de consumo basadas en no sé qué conclusiones de un estudio, que cualquiera de los que estamos familiarizados con este sector podríamos elaborar en sus líneas generales, es necesario y recomendable. Hacerlo desde la planificación de lo que queremos ser en un horizonte de cinco, diez y veinte años, una necesidad a la que nadie parece prestarle mucha atención.

La falta de organización y planificación genera desorden e ineficacia, ausencia de sinergias y desigualdades entre los agentes implicados. En este sector vitivinícola sabemos muy bien de lo que hablamos porque lo llevamos sufriendo desde hace décadas, con precios ridículamente bajos que hacen imposible retribuciones sostenibles en el sector primario.

La pregunta es si estamos dispuestos a buscar una solución o volvemos a plantear un parche a esta situación.

La UE confirma una cosecha muy corta

Ciento cuarenta y cinco millones de hectolitros, con una más que probable revisión a la baja en las próximas semanas, es la cosecha estimada por la DG Agri de la Comisión Europea para la campaña vitivinícola 2017/18. Esto supondría un 14,4% menos de vino y mosto que la anterior, lo que representa poco más de veinticuatro millones de hectolitros menos que los 169.495 obtenidos en la campaña 2016/17.

No es este un sector muy dado a alarmarse fácilmente. Precios que suben y bajan con demasiada facilidad en función de la posición mantenida por unos pocos operadores, que sin apenas movimiento de vino son capaces de alterarlas, nos han demostrado históricamente que es posible. Y aunque la gran mayoría se suben a este carro, más en la esperanza de saber bajarse en el último momento aprovechado todo el rango de subida que hayan sido capaces de reflejar sus cotizaciones; que convencidos de que se traten de cotizaciones reales y sostenibles en el tiempo. Hoy es prácticamente imposible acercarse al mercado a por algo que no sean partidas muy específicas de cualidades muy concretas y por las que, en estas o cualquier otras circunstancias, se estaría dispuesto a pagar precios que nada tienen que ver con los pretendidos por la producción.

Luego también están aquellos que conscientes de la perentoriedad de la situación buscan aprovecharla, y con pretensiones un poco más razonables buscan darle salida a la producción en pocas semanas, garantizándose el cobro y la retirada del producto y aprovechándola para fidelizar clientes. Naturalmente son muchos menos que los que están convencidos del poder dominante que tienen sobre el mercado y que aspiran a doblar los precios de la pasada campaña. Pero los hay, y es importante destacar que cada vez más.

También está ayudando mucho a que haya quien esté dispuesto a quitarse de en medio cuanto antes dándole salida a la cosecha de manera inmediata, el hecho de que los grandes distribuidores no se cansen de advertir que sus negocios no admiten subidas como las pretendidas y que la situación actual que están viviendo les obligará a buscar políticas imaginativas en precios y productos.

Se confirman los peores augurios

Antes de entrar en temas más áridos convendría pasearnos por las vendimias y, cuando menos, comentar que conforme se van actualizando las estimaciones, estas no hacen sino corregirse a la baja. Correcciones que generan cierta preocupación en un sector que contempla con estupor la evolución de unas cotizaciones que sitúan a los elaborados españoles muy alejados de los valores hasta ahora operativos. Hasta tal punto estas pretensiones pueden tener consecuencias calamitosas para nuestro mercado, que algunas organizaciones han optado por reservarse sus actualizaciones de cosecha para uso interno y renunciar a hacer públicas cifras que incentiven estas posiciones.

Y es que a la menor cantidad de racimos que se están encontrando las bodegas, hay que añadirle una reducción importante en los rendimientos de un fruto poco desarrollado.

Aquí la duda está en saber hasta dónde podemos llegar con nuestras pretensiones en precio. Sabemos que nuestras necesidades interiores no sobrepasan los diez millones de hectolitros para consumo interno, que el mercado de mosto con tres millones podría pasar la campaña, y que nuestro mercado exterior va a reaccionar de manera inversamente proporcional a como lo hagan sus cotizaciones, de tal forma que aumentos del veinte por ciento en precio supongan una pérdida de volumen del mismo porcentaje. O así al menos ha sucedido en los últimos años.

Treinta y cinco millones de hectolitros, cifra por la que van nuestras estimaciones, son más de nueve millones menos que el año pasado. El aumento de nuestras existencias iniciales en 2.847.507 hl no parece suficiente para compensar semejante pérdida de cosecha, aunque su desglose nos debiera poner en alerta ante la evolución de los varietales, categoría que ha aumentado un 33,31% su stock con respecto a las cifras del año anterior.

Confiamos en que las pérdidas que también están sufriendo franceses (-18%) e italianos (-26,1%) les obliguen a tener que aceptar precios mucho más elevados de lo que han pagado en estos últimos años. Aunque olvidemos la principal razón por la que nos compran: nuestros bajos precios. Y desdeñemos la posibilidad de que a las cotizaciones pretendidas no sean viables sus importaciones, ya que los segmentos de mercado a los que van destinadas no los pueden soportar.

Pasamos por alto la gran oportunidad que se nos presenta de hacernos con un hueco en el mercado con marcas propias a precios con los que franceses e italianos no van a poder competir y parece que lo único que nos interesa es el camino fácil de la venta de un vino anónimo sin más valor añadido que la reducción de cosecha a nivel mundial.

Una verdadera lástima para un país que ha destinado 877,3 M€ en el periodo 2009-16 a la reestructuración de su viñedo. Claro que si tenemos en cuenta que esos a los que mayoritariamente les vendemos nuestros vinos baratos le han dedicado 1.327,85 M€ en el caso de Italia y 993,6 M€ Francia a la misma medida y ni un solo euro de sus presupuestos PNA al Pago Único; cuando en España nos hemos gastado 1.161,5 M€ (un 36% de nuestro presupuesto); a lo mejor podemos entender mejor que nuestra política cortoplacista sigue muy alejada de criterios de estabilidad, renta y valor añadido.

Nos lamentamos de haber perdido consumo, de que nuestros jóvenes no se interesen por el mundo del vino, de que cada vez la brecha entre de edad entre los consumidores frecuentes se haga más grande. Pero, ¿qué hacemos por solucionarlo?

Nos lamentamos, hacemos actos de contrición, juramos en arameo viendo nuestros precios. Pero, aparte de iniciativas individuales de gran mérito, no hacemos nada por solucionarlo.

Tenemos una gran oportunidad y todo parece indicar que volveremos a dejarla pasar.

El equilibrio de la cosecha

Decir que en estos momentos toda la atención del sector se encuentra dirigida a las vendimias y sus consecuencias sobre los precios de uvas, mostos y vinos, sería tanto como no decir nada. Parece lógico que en los primeros compases de la campaña, viticultores y bodegueros establezcan sus estrategias y organicen sus equipos de cara cumplir con esos objetivos marcados.

En esta especie de ecuación que marca las estrategias, las existencias con las que partimos juegan un papel preponderante, ya que son un punto de partida que no solo se sumará a lo que podamos obtener, sino que condicionará esos primeros meses que van hasta que se encuentran disponibles los nuevos mostos y vinos.

Pues bien, este pasado lunes 18 de septiembre, el Mapama reunía al sector para informarle sobre los datos del Infovi correspondientes al mes de julio (último de la campaña 2016/17) y concretarle que las existencias ascendían (a 31 de julio de 2017) a 33.533.021 hectolitros entre vinos y mostos, lo que representa un 9,21% más sobre la cantidad con la que se inició la anterior campaña. De estos, 21.577.507 lo son de vino (+9,81%) y 1.654.320 (-1,11%) de mosto sin concentrar y concentrados. Destacando los vinos varietales y mostos parcialmente fermentados que representan volúmenes un 33,31% y un 434,24% respectivamente mayores.

Pero no nos entretengamos mucho más en cifras, que pueden encontrar en La Semana Vitivinícola con un gran detalle. Aquí la pregunta que surge es si esos 2.847.378 hectolitros que disponemos de más vino serán suficientes para hacer frente a la reducción de cosecha que vamos a tener.

Las estimaciones señalan que los treinta y cinco millones de hectolitros pudieran ser una cifra sobre la que oscile la cantidad de vinos y mostos de la campaña 2017/18. No en vano las que nosotros realizamos, y vamos actualizando diariamente en nuestra web, nos arrojan una horquilla entre los treinta y seis y treinta y siete millones de hectolitros, y bajando. Lo que supone que esos tres millones de más en los stocks están muy lejos de poder compensar la pérdida de nueve millones de hectolitros que pudiéramos acabar teniendo respecto a la campaña anterior.

Así se explica lo que está sucediendo con los precios de las uvas, que marcan niveles claramente superiores a los del pasado año, con pretensiones por parte de los bodegueros por sus mostos que prácticamente doblan las del inicio de la anterior campaña.

¿Son sostenibles esas pretensiones? ¿Resultan competitivos nuestros elaborados?

Esas son las cuestiones que cada bodega deberá plantearse a la hora de definir su estrategia.

Una carrera de fondo

Hablar del sector vitivinícola y no hacerlo del volumen de cosecha que las diferentes organizaciones y profesionales manejamos es prácticamente imposible. Es más, incluso podríamos decir que resulta carente de toda actualidad informativa, si consideramos las importantes consecuencias que ya está teniendo en los mercados, especialmente en sus cotizaciones, que se están viendo fuertemente alteradas como resultado de lo sucedido con las vendimias en España, pero también en Francia e Italia, dos de nuestros principales países compradores y que se están viendo con importantes reducciones de cosecha.

Y aunque hablar de su vertiente cualitativa pudiera parecer un aspecto relevante, lo bien cierto es que, porque así lo señalan los datos analíticos u organolépticos, nadie cuestiona la calidad de los mostos y vinos que van produciéndose fruto de esta cosecha. Muy posiblemente por la ausencia de enfermedades que afecten al estado sanitario que presenta la uva en el momento de su descarga en la tolva de la bodega.

Lo que sí preocupa mucho es lo que puede acabar sucediendo con los precios, en clara escalada alcista desde que se iniciara la vendimia, y a la que nadie se atreve a ponerle límite. Todos son conscientes de que esto no puede llegar a ser una cuestión transcendental con consecuencias de las que, no muy tarde, debamos estar arrepintiéndonos. Pero, de momento, nadie parece querer saber de esas posibles consecuencias y todos aspiran a aprovechar la ocasión de una reducción muy considerable de la oferta existente en el mercado mundial para, así, hacer valer la ley de la oferta y la demanda.

De cualquier forma, una circunstancia que nos ayudará mucho, o al menos en eso confiamos, a ser prudentes en nuestras aspiraciones (y no matar la gran oportunidad que se nos presenta de elevar el precio medio de nuestros vinos y andar en el camino que toda la colectividad vitivinícola española se ha marcado, aunque no hayan sido capaces de concretar y reflejar negro sobre blanco cómo hacerlo y las diferentes fases y acciones por las que hay que pasar hasta conseguirlo) serán los datos mensuales que a través del Infovi dispondrá el sector de las ventas y existencias. Información con la que hasta ahora era imposible conocer su evolución, ya que no se disponían de datos de campañas anteriores, y que a partir de ahora, aunque, eso sí, con una demora de dos meses (en septiembre conoceremos los referentes al mes de julio), nos permitirán saber si las pretensiones de nuestros operadores están muy por encima de lo dispuesto a pagar por los posibles compradores y nuestras existencias no disminuyen al ritmo en el que deberían hacerlo o, por el contrario, somos capaces de aunar volúmenes y precios para que en el mercado exterior sigamos colocando dos veces y media lo que consumimos interiormente.

Por extraño que pueda parecer, nuestro objetivo a medio y largo plazo no puede ser el mantener ese nivel de exportaciones. Ser la bodega de la que se abastecen nuestros competidores directos, y a los que les estamos haciendo el juego con nuestros graneles, tiene un futuro tan negro como cierto. Nuestro objetivo tiene que seguir siendo colocar nuestros vinos, debidamente envasados, con nuestra marca y origen español, en los mercados internacionales.

Campañas como esta 2017/18 debieran ser una excelente oportunidad para intentar desplazar de los lineales de las grandes cadenas de distribución mundiales a nuestra competencia, con productos de calidad y precios más competitivos de los que serán capaces de hacerlos ellos. Para ello solo tenemos que definir muy bien nuestro objetivo, actuar en consecuencia y no lamentarnos cuando las cifras de exportación de graneles de bajo precio bajen, más de lo que nuestros vinos envasados o a granel con indicación de origen crezcan. El mercado es una carrera de fondo que ganan los que más resisten.

Falta imaginación

Asumiendo, porque así lo siento y creo que puedo erigirme en representante del colectivo vitivinícola español en este asunto, que el tema del consumo abusivo de alcohol entre los jóvenes es un asunto muy preocupante, sobre el que todos los que lo componemos este sector, de una u otra manera, nos sentimos implicados en su lucha. La clase política española confía en hacer frente a esta lacra mediante la publicación de una Ley antes de noviembre con la que prohibirles su acceso al alcohol. Ofreciendo como toda solución una mayor coordinación entre las distintas administraciones: ayuntamientos y comunidades autónomas, a las que se les dotaría de las herramientas necesarias para que pudieran desarrollar y aplicar la Ley.

Planteamiento que tampoco difiere mucho del sostenido por el Comité Europeo de las Regiones, quien emitió un dictamen sobre “La necesidad y la vía hacia una estrategia de la UE sobre cuestiones relacionadas con el alcohol” en el que incide sobre la conveniencia de definir, con criterios científicos los términos de consumo “excesivo”, “nocivo” y “abusivo”.

En ninguno de los dos casos se hace la más mínima referencia a la educación, la formación y concienciación. Parece que en una sociedad abierta, dialogante, alfabetizada como la nuestra, los principios de la libre circulación de personas y mercancías, que marcan políticas económicas y sociales de cientos de millones de personas, funcionan en cualquier ámbito, menos en el de la educación en el consumo de alcohol.

Destacan las repercusiones sociales y económicas que tiene el consumo excesivo de alcohol sobre la sociedad, poniendo en relieve que el bienestar y la salud de los ciudadanos europeos deben pasar por delante de los “intereses económicos” de un sector que da trabajo a cerca de seis millones de personas en toda su cadena de producción y atrae a la industria turística. Incluso llegan a reconocer que en materia de comercialización se recurre a la autorregulación, pero esta no es suficiente para proteger a colectivos concretos de embarazadas, niños y jóvenes.

El consumo de vino ha evolucionado, al igual que la sociedad española de estos últimos cincuenta años. La educación que los niños y jóvenes recibían en sus hogares, con la presencia del vino como ingrediente de la Dieta Mediterránea, ha desaparecido. Y todo lo que se les ocurre a nuestros legisladores son medidas de carácter restrictivo y coercitivo para solucionarlo.

Claro que como nos descuidemos nos añaden también las fiscales para solucionar el problema.

Una gran oportunidad

Todo parece indicar que nos enfrentamos a una gran oportunidad para nuestro desarrollo como sector vitivinícola de calidad, con fuerza suficiente con la que reclamar en los mercados internacionales un valor para nuestros elaborados como pocas veces antes hemos tenido. ¿Sabremos aprovecharlo? Esa es la gran pregunta que todos nos hacemos.

Las estimaciones, claramente a la baja, presentadas por los otros dos grandes productores mundiales, Francia e Italia, nos colocan en una posición muy competitiva de cara a defender un incremento en el precio de nuestros vinos y mostos con el que se aproximen al valor de su calidad. Pero también sabemos, porque nos ha pasado en otras ocasiones, que en situaciones parecidas, en las que teníamos una cierta posición dominante en el mercado, nos hemos pasado de frenada y nosotros mismos hemos reventado nuestras expectativas con incrementos en nuestras exigencias que iban mucho más allá de lo que el mercado era capaz de soportar. ¿Haremos lo mismo en esta ocasión?

La sanidad del fruto a causa de la sequía es, en términos generales, extraordinaria, buenísima, como también están resultando los mostos obtenidos. Y aunque los episodios de fuertes y abundantes lluvias en toda la geografía española de esta semana podrían obligarnos a poner en cuarentena esta afirmación en algunos lugares, mucho tendrían que cambiar las cosas como para que tuviéramos que hacerlo.

Los precios de la uva, aunque sensiblemente superiores a los establecidos el año pasado para las uvas, están más o menos acordes a lo que está previsto suceda con la producción, por lo que tampoco parece que estos puedan llegar a suponer un grave problema para contener esa “fiebre del oro” que invade a los productores que, de momento, se niegan a ceder su producción en aras de conocer con más detalle lo sucedido en el mercado internacional y valorar la fuerza de sus existencias.

Sabemos que los consumidores, o los que más próximos están a ellos, que son los distribuidores, especialmente los grandes líderes mundiales; no están por la labor de aceptar incrementos que vayan más allá de lo razonable y que cualquier intento de superar esa barrera supone la paralización y el posterior hundimiento del mercado.

¿Dónde está lo razonable? Esa sería la cuestión. El problema está en que no lo sabemos.

Si queremos trasladar la pérdida de cosecha a los precios para mantener la renta de los viticultores, tal y como parecen haber hecho los dos grandes grupos bodegueros de Castilla-La Mancha, con incrementos que oscilan entre el quince y veinte por ciento con respecto a las cotizaciones de la campaña pasada; muy posiblemente vayamos a tener un problema serio. Si este incremento es asumido en parte por las bodegas con cargo a reducir sus márgenes operativos y aumentar la productividad, es posible que salgamos fortalecidos de la situación. Y si esta oscilación de cosecha es asumida en su parte por la distribución y trasladada en una parte proporcional al precio final de producto, podríamos encontrarnos ante la primera oportunidad de ese objetivo que el sector se ha marcado de sostener el volumen y aumentar el valor de unas exportaciones que suponen dos veces y media el consumo interno.

Herramientas para conocer lo que va sucediendo de forma más o menos actualizada tenemos. Conocimiento sobre lo que deben ser nuestros objetivos a medio y largo plazo en los mercados, tanto nacionales como internacionales, y por donde deben ir nuestras estrategias comerciales; también. Profesionalidad en los departamentos comerciales y de dirección de nuestras bodegas es quizá nuestro punto débil y por el que podría darse al traste con la gran oportunidad que se nos presenta. Confiemos en que esto no suceda y que dentro de un año podamos felicitarnos por el trabajo bien hecho.

Inusitado adelanto

Con un inusitado adelanto, buena parte de la España vitivinícola, se encuentra ya con las vendimias generalizadas. Algo excepcional y fruto de las características del año agronómico que hemos vivido. El campo nos está hablando, nos grita y nos alerta sobre los cambios que el clima está sufriendo y no deberíamos obviarlo.

Conforme han ido pasando las semanas de recogida, con trabajos ya en julio en los puntos más tempranos de nuestra geografía, se han ido confirmando las previsiones de una menor producción. Las causas hay que buscarlas en la sequía que han padecido las regiones vitivinícolas y en las heladas de primavera que asolaron los viñedos de la parte norte del país. Luego, habrá que ver si los viñedos más jóvenes y vigorosos, implantados en las zonas más productivas de España y con el apoyo de riego, y que entrarán en producción en esta campaña son capaces de paliar (veremos en qué porcentaje) algo de esa merma, que podría dejar la producción española por debajo de los 38 Mhl.

Estos trabajos de recogida también han permitido constatar que la uva que está entrando en las bodegas muestra, en términos generales, una gran calidad y un estado sanitario óptimo, lo que redundará en la calidad de los vinos resultantes.

Y ante este escenario de menor producción (no solo en España, sino también en Francia e Italia) los grandes industriales han apostado por incrementar los precios a los que pagarán la uva esta vendimia. Las primeras tablillas hablan de aumentos de entre el 12 y el 20% según variedades en la zona de Valdepeñas. Algo que no es baladí, pues es la gran referencia que estaban esperando en otras zonas productoras para marcar los precios de inicio en esta campaña que se presenta prometedora. Buena vendimia a todos.

Más datos para menos información

Nada me gustaría más que, antes de tomarnos un par de semanas de vacaciones, poder dejar una amplia información de la vendimia que nos espera. Y, aunque lo vamos a intentar, debería comenzar por decir que no va a ser nada fácil.

En primer lugar porque nunca lo es. Predecir el comportamiento que vaya a tener cualquier cultivo, cuando todavía restan varias semanas para ser vendimiado es, siempre, muy complicado. Especialmente cuando ese cultivo es la uva, como es nuestro caso. Un fruto especialmente agradecido, que puede cambiar de manera sustancial con unas lluvias apropiadas en las últimas semanas de maduración.

En segundo lugar, pero no por ello menos importante, porque el desconocimiento que ahora mismo tenemos de nuestro potencial es bastante grande. Las informaciones mensuales del Infovi, lejos de aportar luz y taquígrafos a los mercados con estadísticas puntuales y periódicas de producción y existencias, se han convertido en un nuevo galimatías que todavía habrá que descifrar. Dos ejemplos con que ilustrarlo. A diferencia de lo que sucedía con el anterior sistema de declaraciones de producción, hoy es imposible saber cuánto de lo producido corresponde a vino y cuánto a mosto. Otro ejemplo, en los meses en los que se publican los datos de los productores, incluidos los de menos de 1.000 hl que solo están obligados a hacerlo de manera trimestral (noviembre y marzo hasta el momento) no se facilita información sobre las entradas y salidas, ni el movimiento, consumo y usos industriales.

Como además se trata de una información nueva, a estos inconvenientes habría que añadirle el de carecer de un periodo con el que poder comparar los datos, para tener una visión relativa de la evolución del mercado y si, efectivamente, su concepción numérica responde verdaderamente a lo que parece, o se trata de un efecto estacional.

Todo eso por no entrar en detalles sobre el propio desconcierto en el que los operadores se mueven, no sé si de una forma intencionada o no, pero que nos ha llevado en años recientes (el pasado mismo es un ejemplo perfecto) a situaciones tan incomprensibles como pasar de hablar de una cosecha histórica que estuviera cercana a los cincuenta millones de hectolitros, a otra por debajo de los cuarenta, para acabar con una cifra muy similar a la del año anterior. ¿Voluntario? ¿Fruto del desconocimiento? ¿Capricho de la naturaleza?… ¡No sé! Que cada uno saque sus propias conclusiones.

Lo cierto y verdad es que, aunque no abandono la esperanza, seguimos igual o peor con el tratamiento estadístico de los datos de producción, consumo, movimiento y existencias que pudieran ofrecernos una información fiable con la que operar en los mercados.

Porque esa es otra, los mercados, que han disfrutado de una campaña con cierta estabilidad, dado que los crecimientos en los precios han sido moderados y continuados, sin una ruptura muy pronunciada a lo largo de la campaña; en estos momentos viven un retraimiento de la oferta casi absoluto, motivado por unas estimaciones de cosecha a nivel europeo, según las cuales no solo España, sino también Italia, Francia o Portugal están en la misma situación: vendimias notablemente inferiores a las del pasado año. ¿Cómo para no tener vino suficiente? Ni mucho menos, pero sí para que la oferta y la demanda estén mucho más equilibradas y los precios medios puedan experimentar una subida. Tal y como ya ponen en evidencia las primeras operaciones que se han cerrado de uvas, con incrementos que en algunos casos llegan a estar por encima del treinta por ciento con respecto a las del año anterior.

De momento quédense con esta cifra, cuarenta millones de hectolitros. Volumen por el que podría andar nuestra próxima vendimia

Ya están aquí

Las vendimias, y todo lo que con ellas está relacionado, son uno de los temas que más interés despierta en el sector, no ya solo el productor (que se juega una parte muy importante de la campaña en estas semanas con la fijación de los precios de las uvas y sus fuertes condicionantes sobre los que acaben fijándose para los primeros meses de campaña de los mostos y vinos); sino también para la distribución, cuyas plantillas anuales deberán confeccionarse atendiendo a estas previsiones de mercado.

Además, en este año, como consecuencia del cambio climático, dicen algunos, las tareas de vendimia se están viendo adelantadas de manera espectacular. Tres, incluso cuatro, semanas sobre las del año pasado son muchos días como para poder pensar que detrás de esta circunstancia se esconde solo un efecto estacional.

Y aunque este adelanto no es en sí mismo ni bueno, ni malo; solo una alteración importante en los calendarios de trabajo marcados por las bodegas (nada que no se solucione con un reajuste). El hecho de no darle a la planta la oportunidad de que lleguen las lluvias necesarias con las que paliar los importantes efectos negativos que están teniendo sobre la cantidad de la cosecha, la fuerte sequía vivida en la práctica generalidad de España, pero de manera muy marcada en el tercio norte peninsular; tendrá importantes consecuencias.

La primera, y de la que ya venimos informando hace ya varias ediciones, está siendo la evolución de los precios en origen. Con una propiedad que actúa como si se fuera a acabar el mundo y no fuéramos a ser capaces de contar con la producción suficiente como para cubrir las necesidades comerciales que se nos fueran presentando, y que ha provocado una retirada de la oferta prácticamente absoluta. Desde la creencia firme de que los precios experimentarán mayores crecimientos en las próximas semanas y que las bodegas pueden verse obligadas a tener que asumir incrementos que vayan mucho más allá de los que ya hoy reflejan los contratos. Los que todavía cuentan con alguna partida la retienen, sin mostrar el más mínimo interés por las ofertas que les puedan llegar.

Los que estuvieron atentos a la evolución y los acontecimientos han ido cerrando operaciones con las que garantizarse sus necesidades de las primeras semanas de campaña. Las suficientes para darle tiempo al mercado a normalizarse y superar la vorágine desmesurada que se considera que pudiera marcar los inicios de la campaña.

Estimaciones muy poco por debajo de los treinta y nueve millones de hectolitros no son cifras que en sí mismo pudieran hacer pensar en importantes problemas de abastecimiento que justifiquen este proceder, pero imagino que experiencias de años anteriores (como la que tuvieron grandes operadores el pasado año, y en el que los incrementos en el precio de las uvas por ellos marcados difícilmente se vieron correspondidos con la evolución de la campaña); así como las noticias que nos llegan de estimaciones de cosecha en Francia e Italia y que van en la misma dirección que la nuestra hacia una caída de cierta importancia, un diecisiete en el caso de Francia según la recientemente publicada por Agreste hace escasos días; digamos que no son un llamamiento a la calma y el mantenimiento de una prudencia en un sector, que por otro lado, ha dado sobradas muestras de que la estabilidad o el mantenimiento de un crecimiento moderado y sostenido, no figura entre sus cualidades.

No así en todo lo relacionado con la calidad. Parámetro que no solo resulta muy elevado para el conjunto de la cosecha, sino que cada año va un paso más allá, haciendo posible contar con los vinos y mostos más competitivos del mercado internacional por su relación calidad/precio.

Valor que, por otra parte, no es suficiente para asegurarnos una mayor presencia en los mercados internacionales con productos de mayor valor añadido.