En busca de rentabilidad en el viñedo

Resulta bastante habitual escuchar, cuando se habla de los problemas de excedentes a los que se enfrenta España y los bajos precios a los que vende sus vinos, que una parte muy importante del asunto se encuentra en una sola región española, donde se concentra alrededor de la mitad de la superficie total del viñedo y en la que se produce un porcentaje bastante similar de vino.

Podemos aplicar la regla de la proporcionalidad a la hora de explicar el número de hectáreas reestructuradas en el total del periodo ejecutado 2001-2016 y que ascendió a 375.093 ha, de las que Castilla-La Mancha participó con 183.614 (48,89%). Aunque no sea la que ha tenido que modificar un mayor porcentaje de su superficie, tan solo el 38,79% mientras que otras regiones como Extremadura, Aragón o Cataluña lo han debido hacer en un sesenta y cuatro, cincuenta y seis y cincuenta y dos por ciento, respectivamente. Siendo Galicia, Madrid y Cantabria, 14,35%, 11,39% y 7,37% respectivamente, las que menos lo han hecho.

Y sin ánimo de restar ni un solo ápice de importancia de la que tiene esta región en el ámbito nacional vitivinícola, algo no debemos estar haciendo muy bien en el resto de regiones cuando Castilla-La Mancha ha sido la autonomía a la que mayor superficie se ha concedido de nuevas plantaciones, con 1.910 solicitantes, sobre un total de 4.408 y 2.428 hectáreas de las 4.989 concedidas para 2017. Lo que nos podría llevar a pensar que si el noventa y tres por ciento de esas superficies ha sido concedida a viticultores ya activos, encuadrados en el grupo 2 “Buen comportamiento, sin viñedo abandonado y/o ilegal”, el porvenir del sector y la rentabilidad de mismo es bastante buena y existe futuro.

¿Cambiando variedades o producciones? Pues sí, hay futuro. El problema lo tendrán aquellos otros que no habiendo hecho nada por adaptarse a estas nuevas condiciones que impone el mercado, bien porque no han sabido verlo; bien porque no han podido ya que sus disponibilidades de agua (el riego se impone como imprescindible) o económicas, (la ayuda solo cubre una parte de la inversión necesaria) no se lo han permitido; y que tendrán que competir con los que sí lo han hecho.

De momento, esto se palía bastante con la elevada edad de muchos de estos viticultores, pero llegará un momento en el que deberán ser sustituidos, e incluso es posible que ese momento coincida con una liberalización de plantación. Y cuando ese momento llegase ¿qué estamos haciendo para evitar que una buena parte de esa cubierta vegetal desaparezca, con el consiguiente problema medioambiental y de población que generaría?

El vino se populariza

Sabemos que el comercio online está llamado a ser uno de los grandes revulsivos de este sector en las próximas décadas, y así lo hemos expuesto en numerosas ocasiones. Lo que no sabíamos es a la velocidad a lo que lo haría y su cuota de penetración. Hoy, podemos asegurar que ya es una realidad y que, acorde a la evolución de los acontecimientos cuando hablamos de temas online, su progresión va a ser explosiva.

Las razones las podemos encontrar en dos aspectos bien diferentes. Uno sería las grandes necesidades que tienen las bodegas por llegar a los consumidores de la manera más directa posible. Esto, que hasta hace muy pocos años solo estaba al alcance de unas pocas bodegas que manejaban impresionantes capítulos presupuestarios en marketing y campañas comerciales; con la llegada de las redes sociales y el comercio electrónico está al alcance de la más pequeña y humilde de las bodegas, ya que la inversión que requiere está al alcance de cualquiera. El otro sería la necesidad de las bodegas por vender, y aunque las hay que apuestan por estrategias más tradicionales, como podría ser el comercio de proximidad, la inmensa mayoría del comercio se rige por normas donde la globalización se impone.

Pero para el desarrollo de este mercado eran necesarias superar algunas barreras legislativas relacionadas con el tratamiento fiscal que mantienen algunos países potencialmente muy interesantes, y otras vinculadas con aspectos logísticos centrados, principalmente, en el transporte y almacenamiento del producto.

Estas dos cuestiones, y otras no menos baladís, como la comunicación y concentración de la oferta, han encontrado excelentes aliados en las grandes plataformas de comercio electrónico (e-commerce) mundiales, que han visto en el vino un producto altamente atractivo con el que desarrollar su negocio y atraerse un perfil de cliente que hasta ahora se ha mostrado reacio a su utilización. Amazon, que no solo ha decidido apostar por desarrollar el comercio de la alimentación, en la que incluye el vino, sino que ha ido un paso más allá elaborando sus propias referencias enológicas. Alibaba, el gigante asiático junto con JD, también ha puesto la mirada en el sector vinícola desarrollando una línea de comercio específica. Y como si esto no fuera suficiente Lidl consigue situar su espumoso de marca propia como uno de los mejores del mundo gracias a la repercusión que ha tenido en los medios de comunicación la medalla conseguida en un reputado concurso mundial.

La globalización y el e-commerce han popularizado el consumo, los grandes distribuidores mundiales, lo han favorecido. Y ahora, el vino, busca subirse con entidad propia a esta nueva línea de comercio donde tiene excelentes posibilidades de progresar y dar un vuelco radical al concepto mismo de consumo.

Una copa de vino para satisfacer el alma

Aunque el incremento de la superficie regada de viñedo de transformación apenas ha sido de un diecisiete por ciento con respecto a la que existía en 2006, es de destacar que según los últimos datos publicados por el Mapama en su análisis de los regadíos españoles en 2016, algo más de un tercio (el 36,7%) del viñedo español de transformación cuenta con algún sistema de riego que permita controlar mejor el desarrollo de la planta, aportándole en cada momento los recursos hídricos necesarios. De hecho, el noventa y siete por ciento del regadío emplea el riego localizado, permitiendo, además sistemas de fertirrigación.

Si bien ello no evita las heladas, a pesar de que puede minimizar considerablemente sus efectos, ni la aparición de enfermedades criptogámicas; su existencia supone un importante avance en el control del viñedo y la estabilidad de la producción en un país como el nuestro donde el agua se ha convertido en uno de los bienes más preciados.

Hasta ahora, cuando escuchamos hablar del cambio climático y sus posibles efectos sobre la producción vitícola tendemos todavía a relacionarlo con las temperaturas, especialmente las olas de calor, obviando o pasando muy de puntillas sobre una cuestión como es la sequía. De hecho, aunque todavía son pocas las bodegas españolas que identifican sus vinos con la emisión de dióxido de carbono (CO2) y las que han implementado sistemas de control para su medición. Son muchísimas más de las que lo han hecho sobre el control del agua y su identificación mediante la llamada huella hídrica. Ya sea porque su control resulta mucho más complicado, o porque en dos tercios de la superficie no existe posibilidad alguna de actuar sobre ella al encontrarse en secano, o porque la inclusión de un nuevo imagotipo en la etiqueta no haría más que aumentar el desasosiego de un consumidor que ya comienza a comparar la etiqueta de un vino con la de un prospecto de un producto farmacéutico. El caso es que no es tema que parezca preocupar mucho a la industria vitivinícola. Y debería hacerlo.

Quién sabe si tanto la huella hídrica como la de carbono pudieran ser una ayuda en ese camino que nos acabe conduciendo al 2025 exitosamente. Momento para el que el Observatorio Español del Mercado del Vino considera que España se acercaría a la primera posición del mundo a nivel exportador, no ya solo en volumen (que ya lo somos), sino también en valor, alcanzado cifras de 32 millones de hectolitros y 4.700 millones de euros.

Cifras que fueron presentadas recientemente en su jornada de internacionalización y complementadas perfectamente por el análisis efectuado por la MW Sarah Janes Evans en el que ponía de relieve dos de los grandes problemas que tiene nuestro sector para mejorar su posicionamiento internacional de los vinos finos: pocas referencias y volúmenes insuficientes para garantizar los suministros.

Vender la mitad de referencias en este tipo de vinos súper icónicos que Australia o diez veces menos que Italia, es un importante problema al desarrollo de esa vía con la que tanto soñamos desde el sector de mejorar el precio medio de nuestras exportaciones. Pues aunque cuando hablemos de exportaciones nos estemos refiriendo a volúmenes y esto sea en sí mismo una contradicción con la misma definición de este tipo de vinos “finos”, la percepción de valor que pueda existir en el mercado de origen está muy relacionada con el número y variedad que acabe ofertándose de estos vinos emblemáticos.

Y aunque las estrategias por las que desarrollarlos y comunicarlos nada tienen que ver con las que puedan ser convenientes para recuperar el consumo interno, no estaría de más que nos preguntáramos si lo que se busca al consumir una copa de vino es saciar la sed o satisfacer el alma.

El mercado huele las vendimias

Llegan los meses estivales por antonomasia y parece como si a los operadores les entraran todos los temores y debieran comenzar a planificar una vendimia sobre la que todavía restan muchos acontecimientos que pueden marcar profundamente sus resultados.

Y no será porque no tenemos ejemplos bien recientes, el del año pasado sin irnos más lejos, en los que hemos tenido la oportunidad de comprobar cómo las previsiones que se manejaban en estas fechas, cambiaban radicalmente en agosto y septiembre, para moderarse sustancialmente con los datos ya reales de octubre y noviembre. Pero nada de todo eso cuenta. La memoria es frágil y el dinero que está en juego mucho como para pasar por alto previsiones de cosecha y estimaciones de cotizaciones.

De hecho, en el mercado de vinos, al que las heladas en el tercio norte (fundamentalmente) del mes de mayo le provocaron una primera reacción al alza, especialmente en tintos; en estos momentos, lejos de relajarse las tensiones, no han hecho sino trasladarse también a las cotizaciones de los blancos.

Concretar si el paso de las semanas en julio destensará el mercado o por el contrario hará más complicado encontrar quién esté dispuesto a ceder su producción es complicado y demasiado arriesgado como para plantearnos siquiera cualquiera de los escenarios posibles.

Lo que sí podemos decir, porque está perfectamente demostrado, es que las cotizaciones de los vinos de estas semanas previas a las vendimias marcan el precio de las uvas. Y aunque es previsible que sigan existiendo grandes diferencias entre zonas, todo parece indicar que serán superiores a las del año pasado. ¿Cuánto? No lo sabemos, porque aquí entran en juego otros aspectos más relacionados con estrategias comerciales de las bodegas, algunas de ellas con peso suficiente como para orientar el mercado, y lo sucedido el año pasado pudiera llevarles a mantener una postura mucho más conservadora. O, quién sabe, acabar rompiéndolo con precios agresivos. No lo sabemos.

El caso es que los operadores, a más de un mes de las primeras tareas de recolección y con unos datos de exportación que han supuesto un freno a las grandes alegrías que surgieron en los primeros meses de este año, comienzan a analizar los diferentes escenarios posibles y a darle la importancia que a su juicio cada uno merece.

Un círculo vicioso

Cualquiera al que se le pregunte sobre el mayor problema al que se enfrenta el sector del Vino español dirá que es su bajo consumo. Ya después, como coletilla, cada uno podrá aportar su granito de arena al intentar explicar las razones por las que se ha llegado a esta situación y las diferentes maneras de salir de ella.

Tema que comprenderán que no es sencillo. Si lo fuera, no habría ninguna razón para las importantes cantidades de dinero que desde diferentes organizaciones se pagan a consultoras por analizar este problema. Y cuyos resultados están todavía por traducirse en una recuperación o, cuando menos, una sensación de que se está llegando al consumidor con un mensaje y lenguaje (también existe un lenguaje no verbal) diferente al que tradicionalmente se ha utilizado.

No esperen, por lo tanto, encontrar en estas palabras una solución rápida y sencilla al problema. Y confórmense con reflexionar sobre algunas cuestiones muy concretas de las que cada uno deberá sacar sus propias conclusiones. En lo que a la resolución de la parte colectiva del problema respecta no debiera haber muchas diferencias, dicho sea de paso; pero en lo referente a lo que cada uno de nosotros debiera hacer las conclusiones tendrán bien poco que ver unas con otras.

Y es aquí donde podríamos encontrar la primera de las cuestiones a plantear. ¿Es un problema que debemos solucionar desde el propio sector o esperar a que la Unión Europea o el Mapama, lo haga? En este caso, la respuesta parece bastante y es que, ¡al fin!, el sector ha tomado conciencia de que sus problemas los debe resolver él y no esperar que otros los solucionen en su lugar. Y aunque también se ha convencido de que se trata de una cuestión interdisciplinar, donde cuestiones del ámbito social, económico o demográfico (por citar tan solo algunas) son parte directa del problema, sigue simplificando mucho el asunto y atajándolo con una visión parcial muy pobre de cuáles han sido las razones que nos han traído hasta esta situación y las posibles soluciones.

Cuando se analiza el problema desde una visión de la edad del consumidor, se llega rápidamente a la conclusión de que tenemos toda una generación, los millennials, perdida. Pero difícilmente se va más allá en las conclusiones y se pronostica si se trata de un grupo de gente (el 15,66% de la población española, cosa que tampoco se concreta normalmente) que debemos dar por perdida irremediablemente; o lo que ha sucedido es que su incorporación al mundo del vino se produce más tarde de lo que lo hicieron generaciones pasadas y de manera diferente. ¿Y con la Generación Z (15 a 20 años) qué está pasando?

Otro de los argumentos más frecuentemente empleado para explicar lo que ha sucedido con el consumo en nuestro país es el vocabulario empleado y la constante referencia a términos y conceptos que la mayoría de los consumidores no conocen. Lo que ha generado rechazo y antipatía hacia lo que debiera ser motivo de placer. Porque el vino se consume por placer, ¿no? ¿O qué es lo que espera recibir un consumidor cuando se debe una copa de vino? Volviendo a la cuestión anterior del vocabulario, ¿qué es lo que están haciendo los cerveceros, esos grandes “enemigos” (yo no estoy de acuerdo con esta catalogación)? ¿Enriquecer el mundo de la cerveza con nuevas variedades, tipologías y vocabulario, o ningunear al consumidor?

Y para acabar con mis reflexiones, quisiera referirme al maltraído precio. Magnitud como ninguna empleada para explicar una cosa y la contraria. Vendemos barato, tanto que no somos capaces de pagar la uva a un precio digno; pero tenemos un grave problema cuando hablamos de lo que deben pagar los consumidores por disfrutar de una copa de vino.

Como verán, muchas cuestiones para un pequeño trozo de papel escrito por alguien mucho menos cualificado que esas grandes consultoras.

Campañas basadas en discursos trasnochados

Si queremos recuperar el consumo de vino y potenciar la cultura vinícola, tendremos que hacer mucho más que campañas basadas en discursos trasnochados.

De una forma u otra estoy seguro que en los próximos años vamos a llevarnos grandes sorpresas en este sector. Unas relacionadas con nuestras exportaciones, donde destinamos casi dos veces y media lo que consumimos en el mercado interior, y que suponen la piedra angular en la que se sustenta nuestro sector. Otra en el propio consumo interno, que mostrará una clara recuperación. Y la última, y no menos importante, en la misma estructura sectorial, donde bodegas, pero también viticultores y asociaciones, deberán ajustarse a unas nuevas reglas de mercado donde todo no es producir bien y barato, sino también, o especialmente, darlo a conocer.

Y no es que tenga dotes adivinatorios (qué más me gustaría), sino porque está bien claro que la misma sociedad está cambiando. Como bien demuestran los resultados de los referéndum y elecciones que se convocan y que ponen de manifiesto que la sociedad (conjunto de personas que la componen) ni tienen las mismas necesidades que hace apenas veinte o treinta años, ni la misma manera de reaccionar ante los acontecimientos.

Últimamente se habla mucho de los “millennial” señalándoles como responsables de los grandes cambios generacionales que estamos viviendo. Y aunque no todos los autores se ponen de acuerdo en su rango de edad, podríamos decir que se trata de los nacidos entre 1984 y 2000 y cuyas principales características son una personalidad más crítica, pensamiento estratégico, más sociales, donde la democratización de la información y los procesos de tomas de decisiones se han visto afectados fuertemente por la llegada de internet. En definitiva, gente que lo cuestiona todo, que lucha por ser independiente y que tiene en las redes sociales un excelente medio de comunicación en el que expresarse.

En el sector nos empeñamos por traer al consumo de vino a estos jóvenes y justificamos nuestro fracaso alegando que nos hemos olvidado de ellos.

Muy posiblemente sea cierto y nos hayamos olvidado de ellos, pero yo me pregunto ¿qué tienen en común estos consumidores con los de la generación silenciosa (1920-45), los del baby boom (1946-64) o incluso la Generación X (1965-83)? ¿Acaso les interesa lo mismo, utilizan los mismos medios para comunicarse, el mismo lenguaje, tiene los mismos gustos?

Condenada al cierre

Quienes me conocen saben de mi afición a hacer partícipes a quienes asisten a mis charlas y conferencias, con preguntas más o menos intencionadas cuyo único objetivo es hacerles reflexionar sobre cuestiones muy concretas y fáciles, pero en las que habitualmente no reparamos o pasamos por encima de ellas sin prestarles toda la atención que merecen. Hacer esto a través de un medio escrito, por más que existan las plataformas digitales, en las que se vuelca una pequeña parte de estos comentarios, y que se favorezca ese intercambio de opiniones que ayuda a enriquecer un tema; resulta complicado. Pero aun así, lo voy a intentar.

Muy posiblemente, si les preguntara si hay alguien de los que leen estas páginas que no conoce o no ha utilizado en alguna ocasión Wikipedia, la respuesta sería unánime en sentido negativo. Reafirmando con su respuesta mi creencia sobre el papel preponderante y dominante que tiene en nuestra sociedad del siglo XXI la información y el papel que en esta tarea desempeña la comunicación en su más extenso concepto y que va mucho más allá de la mera descripción o definición, hasta la facilidad de acceso y el precio que estamos dispuestos a pagar por ella.

Todos ustedes, en alguna ocasión, han accedido a Wikipedia en busca de alguna definición. Muchos más, seguro, de los que lo han hecho a un diccionario enciclopédico cualquiera, incluso en formato digital. Y en cambio, yo me pregunto ¿cuántos han hecho un donativo para evitar su desaparición? Incluso sabiendo que su supervivencia dependa de él, ya que se encuentra en serio peligro y corremos un alto riesgo de que esa plataforma deba ser cerrada. Como, por otra parte, ya han hecho revistas y medios físicos de gran calidad dedicados al sector vitivinícola.

Sabemos de la necesidad de la información y la importancia de una solvencia y acceso rápido a ella. Pero no estamos dispuestos a pagar por ella. El valor más preciado de esta sociedad debe ser sustentado por ¿¿??, porque no estamos dispuestos a pagar por ella.

¿Es sostenible este modelo de información?

Lo que en un primer momento parecía que solo afectaba a los medios tradicionales, que exigían el pago de una pequeña cantidad por acceder a su información. Y que señalaban con insistencia a los medios digitales de ser los causantes de su situación. Ha acabado afectándoles también a ellos. Lo que nos debería llevar a reflexionar sobre el “valor de la información” y el precio que debemos pagar por ella.

Podrán imaginar que el sector vitivinícola no es una isla en este océano de cambios sociales, no en vano (aquí aprovecho para meter una cuñita) una buena parte de los problemas que tenemos en los países tradicionalmente productores con el consumo interno de vino es debido, precisamente, a la incapacidad de adaptación que han tenido productores, prescriptores, medios de comunicación, distribuidores, administraciones… Situación que, por más evidente que me resulte, ha sido, y todavía hoy es, poco percibida por todas las partes implicadas. Cruzándose reproches y buscando soluciones de manera individual que pongan un parche a una pequeña parte de ese problema, pero muy alejados de una respuesta colectiva y eficaz a la resolución del problema colectivo.

Seguro que un debate sobre cuáles han sido las razones que nos han traído hasta aquí resultaría muy enriquecedor. Pero dadas las limitaciones para poder hacerlo aquí y ahora, me conformaré con que cada uno de ustedes reflexione sobre la situación de Wikipedia, lo que es y el papel que desempeña. Luego, los que todavía se encuentren con ganas, que vayan un poco más allá y lo trasladen al sector vitivinícola.

Y para los que aun con todo, todavía tengan ganas de compartirlo podrán hacerlo a través de las redes sociales, blog o web.

Ustedes deciden

Muy posiblemente acaben teniendo razón y comunicados como los emitidos en días pasados por Cooperativas agro-alimentarias sobre “un fin de campaña equilibrado y una posible disminución de la próxima vendimia”, o de la organización sindical agraria Unión de Uniones manteniendo que “se dan las condiciones para precios al alza en la próxima vendimia”; resulten premonitorios, teniéndome que tragar todas estas palabras.

Pero me cuesta mucho entender cómo es posible que, después de lo sucedido la pasada campaña, sea posible que todavía nos atrevamos en el mes de mayo a hablar sobre la próxima vendimia. Máxime cuando todavía están por cuantificar exactamente los efectos que acaben teniendo las heladas sufridas en buena parte del tercio norte peninsular, las consecuencias que puedan acabar teniendo los episodios de granizo, las posibles plagas de mildiu, olas de calor,… y muchas más inclemencias que pueden afectar de manera significativa a la próxima cosecha.

Eso por no hablar del gran desconocimiento del que, todos, hemos hecho gala cuando hemos tenido ocasión, sobre el verdadero potencial de producción actual de nuestro país. Muy distante del que teníamos hace apenas cinco años y que, hasta el momento, nadie ha acertado en cuantificar correctamente.

Sabemos perfectamente que nuestras cotizaciones se encuentran directamente afectadas por lo que suceda en los países de nuestro entorno, Francia e Italia especialmente, puesto que las exportaciones vienen a representar dos veces y media lo que vendemos en el mercado interior. Gracias al Infovi y la información mensual que facilita tenemos datos concretos sobre las existencias disponibles, y podemos asegurar que la evolución del mercado es buena (poco más, pues no disponemos de histórico con el que comparar). Pero poco más.

Y en cambio ni de estas dos organizaciones, ni de las otras existentes aunque no hayan hecho público ningún comunicado al respecto, he encontrado demanda alguna sobre la necesidad de conocer nuestro potencial de producción, coordinar la producción, establecer políticas comerciales (que no fijar precios) conjuntas, etc. Seguramente será porque consideren que no les corresponde a ellos hacerlo y derivan la responsabilidad sobre otros. No lo sé.

Pero si queremos un sector con futuro, necesitamos una renta digna para nuestros viticultores y eso pasa necesariamente por subir sus ingresos. Lo que solo es posible subiendo el precio de la uva o aumentando los rendimientos. Ustedes deciden.

El consumidor nos habla ¿lo escuchamos?

Los que me conocen saben que siempre que me pongo delante de esta página lo hago con una doble intención: informar y despertar conciencias. No en vano, es relativamente frecuente que me hagan partícipe de sus problemas y me animen a denunciarlos en busca de una solución.

Somos un sector extraordinariamente atomizado, donde una información de calidad y fluida no es precisamente una de nuestras características y en el que los recursos que las bodegas, cooperativas y organizaciones agrarias disponen para la promoción y desarrollo de campañas colectivas, no son una de sus cualidades.

Necesitamos una organización que nos haga fuertes y que luche contra estas dos grandes carencias y al menos con esta finalidad fue creada la Interprofesional del Vino. Pero no es de la OIVE de la que les quiero hablar hoy, sino de la gran diferencia que nos separa a los que nos dedicamos al sector vitivinícola viviéndolo desde dentro, de los que están al otro lado del lineal, la carta de vino o la pantalla del móvil: los consumidores.

Vivimos dos realidades que distan mucho de parecerse y hablamos idiomas que, en la inmensa mayoría de los casos resultan incomprensibles para la otra parte. Y aprovecho esta referencia para una observación que en mi opinión resulta fundamental. Quienes consideren que la información va en una sola dirección producción-consumidor es que no entiende nada de comunicación y viven en otro planeta. Hoy, los consumidores nos hablan constantemente, nos gritan y nos piden ayuda.

Y es precisamente de eso de lo que les quería hablar. La pasada semana comentaba el peligro que corríamos con la proliferación de concursos de vino que está habiendo. No ya tanto por lo que de saturación en los consumidores pudiera ocasionar, que también, sino por la confusión que las diferencias entre los reglamentos de unos y otros genera.

Mi participación en algunos de ellos me permite decir, con rotunda contundencia, que todos persiguen un único objetivo: ayudar a vender más a las bodegas. Loable fin. La cuestión está en si lo consiguen, pues se antoja bastante complicado pensar que un consumidor que apenas conoce tres variedades, cinco denominaciones de origen y tiene entre sus marcas de cabecera seis o siete referencias; esté interesado en acceder a las bases (reglamento) de los concursos para conocer sus baremos de puntuación, número de medallas, tipos, número y cualificación de los catadores, etc.

Que son una herramienta que el consumidor valora y agradece, no hay duda teniendo en cuenta la gran influencia que algunos de ellos tienen entre los compradores de las grandes cadenas de distribución mundiales. Que sepa exactamente lo que hay detrás de esa pequeña etiqueta que identifica el premio obtenido por ese vino, una cuestión mucho más dudosa.

Cuando se crearon las denominaciones de origen, uno de sus principales objetivos era garantizar al consumidor la procedencia de ese vino y el cumplimiento de unas normas que aseguraran ciertas características de calidad intrínsecas a la zona y sus tradiciones. La proliferación de estas complicó su conocimiento e hizo que ese criterio perdiera efectividad.

¿Puede llegar a pasar que en un lineal (por mencionar algo muy visual) un alto porcentaje de los vinos allí expuestos tengan un sticker de algún concurso? ¿Qué efectividad tendrá entonces en el consumidor? ¿Las grandes cadenas pondrán condiciones a la hora de que se etiqueten los vinos con estos distintivos? ¿Dónde estará entonces el negocio?

Es mi opinión es un tema muy complejo que convendría no perderlo de vista.

Los concursos de vino

Si les dijera que actualmente nos encontramos, literalmente, desbordados por los palmareses de los diferentes concursos que se celebran en el mundo, y en los que los vinos españoles tienen una considerable relevancia, seguro que algunos de ustedes pensará que exageramos, que no será para tanto. Lo es. Para eso y mucho más.

Pero el motivo de sacar a colación el tema de los concursos, podrán imaginarse que no es lamentarme de si tenemos que trabajar de esta o aquella manera. O encontrar la forma de que todas las bodegas españolas que han conseguido sus objetivos, que en un concurso no es otro que alcanzar notoriedad con una medalla, no vean frustradas sus aspiraciones.

Me detengo esta semana en los concursos de vino porque corremos el peligro que dar al traste con algo que, hasta la fecha, ha funcionado bastante bien para determinados mercados y tipo de vinos, y que ahora la proliferación discriminada de los mismos puede llegar a ocasionar una grave crisis.

Soy perfectamente consciente de que regular este asunto es, en sí mismo una entelequia. Pues si bien hay organizaciones internacionales que viendo el problema llevan muchos años intentándolo, con estrictas condiciones para su celebración. Su cumplimiento no es obligatorio más que para aquellos que voluntariamente se adhieren, sin que el mensaje que llega al consumidor sea capaz de ir más allá del nombre del concurso y la categoría de la medalla. Todo lo demás, lo que verdaderamente le da valor a ese “sticker” que los consumidores encuentran en la botella, es totalmente ignorado por el noventa y nueve por ciento de los que los compran.

Es totalmente incuestionable que la mayoría de los consumidores de vino del mundo necesitan alguna herramienta que les permita discernir entre los vinos ante los que vale la pena detenerse y probar y aquellos otros que directamente se pueden ignorar. Y que al igual que lo son las opiniones de los críticos, las revistas especializadas, guías, etc., los concursos juegan un papel preponderante en esta decisión de compra.

Podemos entrar en discutir cuál es el más prestigioso, atendiendo al número de muestras recibidas, al impacto que según las grandes cadenas de distribución mundiales provoca en las cifras de venta, en la especialización en un tipo de vino o una variedad; incluso en los que se celebran dentro de una misma indicación de origen protegida. Y para todos ellos encontraríamos algún argumento a favor y en contra, sin que el que les habla, a pesar de participar en un buen número de ellos fuera capaz de elaborar un ránking, ni tan siquiera de señalar aquellos dignos de ser tenidos en cuenta y los que no.

En mayor o menor medida todos tienen su público y, consecuentemente, cubren las pretensiones de las bodegas que se gastan su dinero en ellos. Pero nada de todo ello es óbice para que recapacitemos sobre la saturación que podemos estar generando en unos consumidores que, al menos en su inmensa mayoría, desconocen, ni tan siquiera, que cada concurso tiene su propio reglamento y que no necesariamente son homogéneos.