Hay algo que no aparece en las estadísticas, pero que puede terminar siendo tan determinante como cualquier cifra de consumo, exportación o producción: el estado de ánimo del sector. Y el del vino empieza a mostrar síntomas de agotamiento.
No es difícil entender por qué. El viticultor afronta una campaña a la que llega con demasiadas incertidumbres económicas y en la que se manejan menores precios por una producción similar y en buen estado sanitario. Contradicción especialmente peligrosa porque golpea directamente a la confianza.
Y cuando se pierde la confianza, las consecuencias van mucho más allá de una mala campaña.
El sector lleva tiempo enfrentándose a una demanda debilitada. El consumo nacional ha descendido un 8,1%, mientras las exportaciones españolas también retroceden. Al mismo tiempo, algunas categorías tradicionales pierden fuerza y otras, con menor valor añadido y calidad, al menos percibida, encuentran mejores respuestas. Tirando de los precios de la uva hacia abajo.
Cuando quienes sostienen el viñedo perciben que cada ajuste acaba recayendo sobre ellos, el riesgo de que el desánimo termine convirtiéndose en abandono se hace muy peligroso. Que los jóvenes no encuentren razones para incorporarse al sector y se acelere el arranque de viñedos sin una verdadera estrategia de futuro sólo responde a la falta de rentabilidad.
A ver si acabamos de entender que un viñedo que se abandona difícilmente se recupera cuando el mercado vuelve a ofrecer oportunidades.
Por eso, las respuestas no pueden limitarse a gestionar los excedentes cuando estos ya están encima de la mesa. El sector necesita recuperar capacidad de anticipación. Hay que ajustar la oferta a la demanda, pero también generar valor, buscar nuevos consumidores y comprender qué productos y formatos tienen posibilidades reales de crecimiento. Pero especialmente entender (y asumir) qué modelo vitivinícola queremos y preguntarnos si nuestras condiciones se adaptan a esas circunstancias.
Todo apunta a una mayor polarización. Por un lado, productos capaces de defender valor y diferenciación. Por otro, un mercado de precio donde España lleva demasiado tiempo compitiendo por volumen.
La pregunta sería si, con los cambios que está experimentando el consumo y los efectos que está teniendo el cambio climático en nuestras cosechas, eso es posible.
Si no recuperamos ese ánimo, las consecuencias terminarán siendo visibles en las viñas, en las bodegas y en nuestros pueblos. Y entonces quizá descubramos demasiado tarde que el primer excedente que debíamos haber evitado no era el de vino, sino el de desánimo.
