No hace tanto tiempo, la llegada de la vendimia era el momento más importante de la campaña. Concentraba buena parte de las expectativas del sector vitivinícola. Las existencias que permanecían en bodega, las previsiones de cosecha, la evolución de los precios y la calidad de la uva eran las referencias con las que viticultores y bodegas trataban de anticipar el desarrollo de un nuevo ejercicio vitivinícola. Las tablillas situadas a la entrada de las bodegas simbolizaban aquel momento de encuentro (y, en ocasiones, de tensión) entre la oferta y la demanda. Más tarde llegaron los contratos, la regulación y una mayor formalización de las relaciones comerciales. Pero la incertidumbre, lejos de desaparecer, ha cambiado de naturaleza.
Durante décadas, el volumen estimado de la cosecha fue uno de los principales factores de referencia. La previsión de una producción abundante presionaba los precios; una vendimia corta, en cambio, abría expectativas de recuperación. El equilibrio, con todos sus defectos, respondía a una lógica relativamente reconocible. Hoy, sin embargo, esa relación parece haber perdido buena parte de su capacidad explicativa.
El problema ya no es únicamente cuánto vino habrá disponible. El verdadero interrogante es cuánto vino será capaz de absorber el mercado. Cuando el consumo mundial muestra signos de debilidad y las exportaciones, fundamentales para el modelo vitivinícola español, se enfrentan a una mayor competencia y a una demanda más incierta, cualquier volumen de cosecha puede ser percibido como excesivo. Poniendo en jaque un modelo basado en la exportación y bajo valor añadido que se hace cada vez más insostenible.
Esta es, probablemente, una de las grandes paradojas del momento actual. El sector ha dedicado décadas a mejorar la información disponible, a conocer con mayor precisión las estimaciones de producción y las existencias, y a dotarse de instrumentos que permitan planificar mejor cada campaña. Sin embargo, disponer de más datos no garantiza disponer de soluciones cuando el problema se encuentra al otro lado de la cadena: en el consumo.
A ello se suma la creciente complejidad de producir uva. El cambio climático ha convertido la gestión del agua, la elección del momento de vendimia y el seguimiento de la maduración en decisiones cada vez más determinantes. Cada parcela responde de manera distinta según el suelo, la edad de las cepas, el material vegetal y el manejo agronómico. La viticultura ha tenido que aprender a trabajar con una realidad mucho menos uniforme.
Como si esto fuera poco, los viticultores afrontan costes crecientes y una mayor incertidumbre, mientras las bodegas deben ajustar sus compras, sus elaboraciones y su presencia en unos mercados en transformación.
Por eso, la vendimia de 2026 debería servir para algo más que volver a discutir sobre millones de hectolitros. La cuestión de fondo es qué modelo de sector se quiere construir para los próximos años. Producir mejor seguirá siendo necesario, pero ya no será suficiente. Será preciso vender mejor, conocer mejor al consumidor y encontrar nuevas formas de aportar valor a una producción que no puede competir indefinidamente solo en volumen o en precio.
Las vendimias se escriben en plural, pero el desafío del mercado es común. Y cuanto antes se asuma que el futuro del vino dependerá tanto de la capacidad para conquistar consumidores como de la capacidad para producir buenas uvas, antes empezará el sector a responder a la verdadera pregunta que plantea esta nueva vendimia.


