Tradicionalmente, llegadas estas fechas, el sector del vino ha vivido pendiente de una pregunta: ¿cómo será la próxima vendimia? La respuesta condicionaba precios, estrategias comerciales y expectativas; incluso antes de que fueran cortados los primeros racimos. Sin embargo, algo parece haber cambiado. Este año, la incertidumbre ya no reside únicamente en el volumen de uva que llegará a las bodegas, sino en la capacidad del mercado para absorber esta nueva cosecha.
Nadie parece dispuesto a comprar antes de tiempo cuando la oferta es abundante y la presión sobre los precios continúa aumentando. Trasladar los costes de almacenaje y el riesgo de excedentes se ha convertido en la tónica habitual para todas aquellas producciones que no reúnan unas características que las hagan especiales.
Paradójicamente, el clima introduce un elemento de incertidumbre que, en otras circunstancias, habría tensionado los mercados. Las olas de calor, la sequía o el riesgo de incendios dificultan anticipar la producción final en España, Francia o Italia. Incluso algunas organizaciones han preferido renunciar a publicar estimaciones de cosecha, ante la imposibilidad de ofrecer cifras con un mínimo grado de fiabilidad. O esa es la excusa perfecta, porque mucho me temo que, detrás de esta falta de estimación, lo que se esconde es la voluntad de no querer influir sobre un mercado que ya está lo suficientemente debilitado como para barajar posibles cosechas que resultarían excedentarias.
La caída de las exportaciones durante el mes de mayo, últimos datos publicados, con un 18,5% menos de vino en volumen y un 8,9% menos en valor, resulta preocupante. No obstante, no es este descenso el que más inquieta. Su comportamiento responde, en buena medida, a la naturaleza de un mercado extremadamente sensible a la coyuntura y a los precios. La verdadera señal de alarma se encuentra en la categoría de los vinos con denominación de origen; los que redujeron un 13% su volumen y un 9,2% el valor.
Y es que, durante los últimos lustros, el sector vitivinícola español asumió que el camino para escapar de la guerra de precios pasaba por vender menos litros y de más valor. La apuesta por los vinos con denominación de origen, como referentes de diferenciación y calidad; los convertía en valores sobre los que debía sustentarse el sector. Sin embargo, los últimos datos de exportación, porque aquí disponemos de datos sobre valor, cosa que no tenemos en el mercado interior, nos obligan a preguntarnos si esa estrategia está empezando a mostrar síntomas de agotamiento.
En el mercado interior la reducción del consumo alcanza tanto a la alimentación como a la hostelería y se intensifica en ese denominado “tercer canal”, cada vez más relevante y, al mismo tiempo, menos conocido. Pero sobre el que parecíamos depositar gran parte de nuestras esperanzas de transitar hacia esos cambios en los hábitos de consumo marcados por la conceptualización del vino como elemento hedonista.
El vino ha demostrado históricamente una enorme capacidad para reinventarse. Pero esa adaptación exige aceptar que algunos indicadores que durante años marcaron el pulso del negocio han dejado de explicar, por sí solos, la realidad. Hoy, más que la cosecha, lo que determinará el futuro del sector será su capacidad para comprender un mercado distinto y actuar en consecuencia.

