El peligro de confundir tamaño con fortaleza

Los datos de exportación del vino español durante el primer semestre del año deberían obligarnos a algo más que a constatar una nueva caída. España ha vendido menos vino, bastante menos en volumen y aunque el precio medio haya aumentado un 9%, hasta 1,58 euros por litro, ese incremento no consigue compensar la pérdida de facturación. Son 118,2 millones de euros y 157,1 millones de litros que han desaparecido respecto al mismo periodo de 2025.

No estamos, por tanto, ante un simple ajuste estadístico. La perspectiva interanual confirma que el problema tiene recorrido: las exportaciones se sitúan en 1.750,5 millones de litros, un 8,7% menos, quedando por debajo de los 1.800 millones por tercer mes consecutivo. Hay que remontarse hasta 2013 para encontrar una cifra tan baja.

Lo más preocupante es que el retroceso afecta precisamente a categorías y mercados que deberían actuar como pilares de nuestra oferta exterior. Los vinos con D.O.P. envasados pierden un 9,4% en valor y un 13% en volumen, mientras Estados Unidos reduce con fuerza sus compras y Reino Unido, pese a convertirse en el principal mercado en valor para los vinos envasados españoles, también registra descensos.

Y, sin embargo, aparecen algunas señales que convendría mirar con mucha más atención. Los varietales crecen en valor y volumen y el Bag-in-box avanza igualmente incluso en un escenario internacional adverso. No son excepciones anecdóticas: son indicios de hacia dónde puede estar desplazándose una parte de la demanda.

La cuestión, entonces, no debería limitarse a cuánto vino somos capaces de producir, sino a cuánto somos capaces de vender, a qué precio y bajo qué formatos. Porque, mientras las exportaciones españolas retroceden, la Unión Europea mantiene un superávit comercial vitivinícola de 7.173 millones de euros. El mercado existe; lo que está cambiando es la forma de competir en él.

La nueva vendimia llega, además, con un mercado tensionado y con productores que reclaman medidas de ajuste como la destilación de crisis y el arranque de viñedos. Francia y Alemania ya han obtenido apoyo comunitario para afrontar situaciones similares.

Quizá haya llegado el momento de asumir que producir más para vender menos no es una estrategia. Es simplemente aplazar el problema.

No se puede reclamar al viticultor que asuma exclusivamente una estructura productiva que el mercado ya no absorbe. Tampoco basta con celebrar que sube el precio medio cuando la facturación cae y el volumen se desploma.

El vino español necesita menos autocomplacencia y más estrategia. Menos obsesión por producir y más obsesión por vender. Menos discursos sobre liderazgo y más decisiones sobre rentabilidad.

Porque si seguimos confundiendo tamaño con fortaleza, llegará un momento en que descubriremos, demasiado tarde, que ser el mayor viñedo de Europa no sirve de mucho si cada vez hay menos compradores dispuestos a pagar por nuestros vinos.