No nos hagamos trampas al solitario

Hay una costumbre bastante española que consiste en buscar el dato que permita terminar una mala noticia con una sonrisa. En el vino también lo hacemos. Caen las exportaciones, pero sube el precio medio. Se venden menos litros, pero alguna categoría aguanta. Unas comunidades pierden mucho, mientras otras resisten mejor. Y así, entre una cifra y su contraria, conseguimos que el diagnóstico nunca parezca demasiado preocupante.

Pero quizá ha llegado el momento de dejar de buscar consuelos estadísticos y empezar a hacernos las preguntas incómodas.

Porque la campaña 2025/2026 no ha sido buena para las exportaciones españolas. Hemos vendido un 13% menos de vino y productos vitivinícolas y hemos facturado un 7,2% menos. Son 23,7 millones de hectolitros y 3.274 millones de euros. El precio medio ha subido hasta 1,38 euros por litro, sí. Pero convendría no confundir vender más caro con haber conseguido vender mejor.

El mercado está cambiando. Y lo está haciendo muy deprisa. Excesivamente rápido para un sector que no se caracteriza por la agilidad en sus decisiones.

Lo demuestra la situación de nuestros principales compradores. Italia ha reducido drásticamente sus necesidades de vino y mosto español. Francia y Alemania tampoco están precisamente para salir de compras. En Estados Unidos aparecen nuevos aranceles. El consumo mundial se resiente y, además, no todos los vinos están sufriendo por igual. Los tintos tradicionales encuentran más dificultades, mientras blancos, determinadas gamas de mayor valor y otras categorías encuentran oportunidades diferentes.

Esto no es una tormenta que vaya a pasar sin dejar huella. Y aunque ya hayamos asumido colectivamente que es un cambio de escenario, seguimos sin saber “qué queremos ser de mayores”.

Y aquí aparece una cuestión que deberíamos discutir con mucha más franqueza: ¿qué parte de nuestras dificultades procede del mercado y qué parte procede de nuestro propio modelo sectorial?

No se trata de demonizar el granel. Sería absurdo. Es una parte fundamental de nuestra realidad productiva. Y, básicamente un modo de transporte, el problema aparece cuando quienes lo comercializan son otros.

Pero sería un error pensar que el problema afecta únicamente al granel. Los vinos envasados tampoco están a salvo. Como tampoco lo están las Denominaciones de Origen, menciones tradicionales o tipos de vino.

Del mismo modo que las cotizaciones de las uvas por kilogrado van dando paso a las de kilogramo. O los de hectogrado por hectolitros. Quizá nos sobre la tentación de medir el éxito en litros y nos falte medirlo en valor. Quizá sigamos pensando demasiado en colocar cosechas y demasiado poco en construir demanda. Quizá todavía confiemos excesivamente en que el mercado o las administraciones terminarán haciendo por nosotros el trabajo que corresponde a la estrategia comercial.

Mucho me temo que el mundo del vino que viene no será el mismo que el que dejamos atrás.

No podemos estar construyendo una buena excusa para cada mal dato.

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