Resistir no es suficiente

Las exportaciones de vino y productos vitivinícolas cayeron un 13% en volumen y un 7,2% en valor, hasta los 23,7 millones de hectolitros y los 3.274 millones de euros en la campaña 2025/26. Que el precio medio haya aumentado un 6,6%, hasta los 1,38 euros por litro, no debe ocultar la dimensión del problema. En buena medida, ese incremento responde a una menor disponibilidad de producto, no necesariamente a una mejora estructural del posicionamiento comercial de nuestros vinos.

La situación de Castilla-La Mancha resulta especialmente reveladora. La pérdida de 2,1 millones de hectolitros en un solo año evidencia los riesgos de un modelo excesivamente dependiente de los graneles y de un número reducido de compradores. Cuando Italia, Francia o Alemania reducen sus necesidades, el impacto sobre nuestras ventas es inmediato. No cabe atribuirlo todo a circunstancias externas: la concentración comercial también tiene consecuencias y exige respuestas.

Se requiere una mayor diversificación de productos y mercados, junto con una política comercial activa, Y, en cambio, esta estrategia no está lo suficientemente extendida.

Tampoco los vinos de mayor valor añadido pueden confiarse a la inercia. Las dificultades de los tintos tradicionales, los ajustes de precios y las tensiones comerciales, incluidos los aranceles estadounidenses, demuestran que disponer de calidad reconocida no garantiza mantener las ventas. La evolución de los consumidores obliga a revisar planteamientos, ampliar mercados y explicar mejor el valor de cada producto.

Mientras tanto, el sector continúa enfrentándose a cambios profundos en los hábitos de consumo, los costes y las exigencias de competitividad. No basta con esperar una recuperación de la demanda, ni con celebrar que algunas bodegas mejoren sus resultados económicos.

Disponemos de recursos, diversidad y conocimiento para competir. Pero esas fortalezas no se traducirán automáticamente en mejores resultados. Hace falta estrategia, cooperación y una apuesta comercial sostenida, desde la producción hasta el consumidor.

La campaña deja una advertencia inequívoca: resistir no es suficiente. El futuro del vino español dependerá de su capacidad para abandonar dependencias, anticiparse al mercado y convertir su potencial en rentabilidad. Y esa tarea no puede aplazarse otra campaña más. Ya son muchas.

El sector vitivinícola español atraviesa una etapa de profundas transformaciones, pero también de oportunidades. Los resultados de la campaña exportadora 2025/2026, pese a reflejar un retroceso en volumen y facturación, ofrecen una lectura que va más allá de las cifras y permiten identificar fortalezas sobre las que construir el futuro.

También hay motivos para el optimismo en la evolución económica de las bodegas. En 2024, su cifra de negocio alcanzó los 8.567 millones de euros, el máximo de la serie histórica, mientras que el resultado bruto de explotación creció un 29,5%. Son indicadores que evidencian la capacidad de adaptación de una industria que, aun sometida a presiones, mantiene su peso económico y su proyección internacional.

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